la hija del eclipse

EXTRA V — Cuando el Eclipse Aprendió a Dormir

(Epílogo extendido)

El Eclipse ya no rugía.

Eso fue lo primero que Nara notó.

Años atrás, incluso en los momentos de calma, siempre había un murmullo bajo la piel del mundo. Una vibración constante, como un corazón que nunca descansaba del todo.

Ahora no.

Ahora respiraba.

El amanecer caía lento sobre el Valle de las Ruinas, reconstruido no con perfección, sino con intención. Las torres no volvieron a ser lo que fueron. Los templos conservaron grietas visibles. Nadie quiso borrar por completo las cicatrices.

Nara caminaba descalza sobre la piedra tibia, sintiendo el pulso suave del núcleo bajo sus pies. Ya no dolía. Ya no exigía.

Solo estaba.

—Se está estabilizando —dijo Eiden a su espalda.

Su voz seguía siendo grave, pero había perdido el filo constante de la vigilancia. Ya no hablaba como guardián. Tampoco como sombra.

Hablaba como alguien que había sobrevivido.

—No lo estoy conteniendo —respondió Nara sin girarse—. Lo estoy escuchando.

Eiden sonrió apenas.

Ese gesto todavía le parecía un milagro.

Se acercó a ella y observó el horizonte. Donde antes el cielo se rasgaba durante los eclipses, ahora las estrellas reaparecían sin temor. No brillaban más fuerte.

Brillaban tranquilas.

—Los Ancianos no han vuelto a manifestarse —comentó él.

—No lo harán —dijo Nara—. El equilibrio que conocían ya no existe.

No había arrogancia en sus palabras. Solo certeza.

Ella ya no era la chica confundida que despertó el Eclipse sin comprenderlo. Tampoco era un arma. Ni una diosa.

Era algo nuevo.

—¿Te pesa? —preguntó Eiden—. Haber cambiado todo.

Nara tardó en responder.

Apoyó una mano sobre su pecho, justo donde el Eclipse había marcado su existencia desde el inicio.

—A veces —admitió—. Hay noches en las que siento todas las posibilidades que no elegí. Todos los mundos que no existen porque tomé esta decisión.

Se volvió hacia él.

—Pero también siento algo que antes no existía.

—¿Qué cosa?

Ella lo miró como si la respuesta fuera obvia.

—Silencio.

El Eclipse, por primera vez, sabía cuándo callar.

Eiden extendió la mano, dudando un segundo antes de tocar la de ella. Ese gesto, tan simple, había sido imposible durante demasiado tiempo.

—En el futuro que vi… —comenzó, y se detuvo.

Nara entrelazó sus dedos con los de él.

—Lo sé —dijo suavemente—. Ya no importa.

Eiden la observó. Había líneas nuevas en su rostro. No de cansancio, sino de vida. De alguien que había sentido demasiado y había sobrevivido.

—Me quedé —continuó ella—. No cerré el Eclipse. No desaparecí.

—Porque no estabas sola —dijo él.

Nara asintió.

El Eclipse se movió apenas, como si respondiera a sus palabras. No con hambre. No con poder.

Con reconocimiento.

—Dormirá —susurró ella—. No para siempre. Pero lo suficiente.

Eiden apoyó la frente contra la de ella.

—¿Y nosotros?

Nara cerró los ojos.

—Nosotros no somos equilibrio —respondió—. Somos elección.

El sol terminó de elevarse.

Y por primera vez desde que el Eclipse existía, la luz y la sombra no lucharon por el cielo.

Compartieron el mismo espacio.

Sin miedo.

Sin guerra.

Solo coexistiendo.

Y en ese mundo imperfecto pero vivo, Nara y Eiden permanecieron juntos, no como salvadores, ni como leyendas…

sino como dos seres que se eligieron cuando el universo entero esperaba que se destruyeran.

El Eclipse durmió.

Y el mundo, al fin, aprendió a soñar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.