La Hija del Mariachi: Promesa de Amor

Prólogo: Adiós, para siempre adiós

Prólogo:
Adiós, para siempre adiós

Esa tarde, el cielo de Bogotá no terminaba de decidirse entre dejar caer su furia o no. Las nubes se habían pintado de un triste y apagado gris desde muy temprano en la mañana, y no habían accedido a dar siquiera un minuto al sol. El aire era frío, seco, doloroso al contacto con la piel.

El escenario ideal para un funeral.

La procesión mortuoria avanzaba con paso lento y cuidadoso entre las lápidas roídas y polvorientas del viejo cementerio. Más de veinte dolientes, todos andando detrás del fieltro que era escoltado por al menos otros diez mariachis, enfundados en sus trajes de gala y sus sombreros bien puestos. El llanto de sus trompetas, guitarras y violines marcaba el paso de la marcha, impregnando el aire con cada triste nota.

En el ataúd yacían los restos de Pedro Guerrero, un nombre que se había ganado su fama entre los bares y serenatas callejeras de los sitios adecuados de la capital. Para algunos había sido un gran amigo, un padre ejemplar y un extraordinario músico. Para otros, un buscapleitos, un bebedor y un terrible esposo. Pero en las caras tristes y apagadas de cada uno de los que acompañaban su ataúd, la tristeza y el dolor eran innegables.

Una de las más hermosas voces que Bogotá haya escuchado había sido callada para siempre, llevándose consigo un pedacito del corazón de todo aquel que había llegado a escucharlo. Pero para su familia, su esposa y sus dos hijas, Pedro se había llevado bastante más que eso.

Raquel Guerrero, su pálida y silenciosa viuda, caminaba justo detrás del ataúd con paso lento, su rostro hecho una piedra, sus ojos apagados, carentes de cualquier emoción entendible. No lloraba, no en ese momento; Dios sabía que Pedro la había hecho llorar tanto en vida que no le dejó ninguna lágrima para su muerte. Iba abrazada con fuerza de Lucía, su hija menor, una niña de apenas doce años que aún no terminaba de entender del todo que su padre hubiera muerto, y en especial de esa forma. Para la pequeña aquello debía ser solo un mal sueño del que despertaría tarde o temprano.

Pero no lo era; aquello era bastante real. Y eso Rosario Guerrero, la hija mayor de Pedro, lo tenía bastante más claro. La joven mujer, de veintidós años en aquel entonces, iba al lado de su madre y hermana, con la espalda recta, el rostro en alto y firme, y sus ojos oscuros fijos al frente. Siempre digna, siempre segura, sin doblegarse, como le habían enseñado que debía ser para sobrevivir en esa dura vida que nunca les daba tregua.

Su padre había muerto como había vivido gran parte de su vida: cantando y buscándose problemas. Un disparo traicionero lo había tomado por sorpresa en plena canción, durante una serenata de amor, para una mujer... que no era su esposa.

Un secreto a voces entre sus allegados que terminó siendo horriblemente confirmado hace dos noches.

En el rostro de su madre, Rosario podía percibir esa mezcla de amargura, dolor, y también esa pizca de amor que se negaba a desaparecer pese a todo lo ocurrido. Ella no podía culparla en lo absoluto por sentirse así; Rosario misma compartía parte de eso. Pero a pesar de todo, aquel hombre en ese ataúd, aquel que estaban a punto de entregar a la tierra... era su padre. Y eso nada lo cambiaría, aunque la confusión de la traición se mezclara en su corazón con el gran amor que le tenía.

Ese día Rosario vestía por primera vez en varios años su traje de mariachi, negro con botones y detalles plateados, y llevaba su largo cabello oscuro en una cola sujeta con un moño anaranjado, similar al que adornaba su pecho. Aquel atuendo era especial: se lo había mandado a hacer su padre, y ella lo usaba solo y para él, para cantar juntos como tanto les gustaba. Pero hacía ya tiempo que lo había guardado y casi olvidado en un viejo baúl; hasta ese día, en el que se lo había puesto una vez más con el único fin de despedir a su padre justo como él habría querido: cantando.

Cuando la procesión llegó al que sería el sitio de descanso final de Pedro, y su ataúd fue depositado en la tierra, Rosario dio un paso al frente. Los mariachis, compañeros, amigos y hermanos de su padre, se acomodaron a su alrededor alistando sus instrumentos y comenzaron a tocar para acompañarla en ese último adiós.

Rosario respiró hondo, cerró los ojos y dejó que todos los sentimientos que le apretaban el pecho salieran de ella en forma de una dolorosa canción. Su versión de "La Barca de Oro" se elevó entre las tumbas y los árboles que la rodeaban en dirección al gris cielo sobre ella.

Yo ya me voy al puerto donde se haya
la barca de oro que debe conducirme.
Yo ya me voy, solo vengo a despedirme.
Adiós, papá, adiós, para siempre adiós.

Su voz era firme, sin quebrarse en ni un solo momento. Los mariachis la acompañaron con esmero, y los demás dolientes agacharon la cabeza, escuchándola respetuosamente. Cada verso parecía ocultar detrás un reclamo, una despedida y un perdón que ninguno sabía si sería posible conceder.

No volverán mis ojos a mirarte,
ni mis oídos escucharán tu canto.
Voy a aumentar los mares con mi llanto.
Adiós, papá, adiós, para siempre adiós.

No volverán mis ojos a mirarte,
ni mis oídos escucharán tu canto.
Voy a aumentar los mares con mi llanto.
Adiós, papá, adiós, para siempre... adiós.



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En el texto hay: mexico, colombia, telenovela

Editado: 01.03.2026

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