La Hija del Mariachi: Promesa de Amor

Capítulo 01: Si nos dejan

Capítulo 01:
Si nos dejan

La noche había caído sobre la Ciudad de México, aunque la oscuridad nunca era del todo absoluta en aquella movida y poblada metrópolis. Claro, el brillo siempre era diferente, dependiendo de hacia dónde miraras. No era lo mismo posar tu mirada en las zonas más descuidadas, apartadas y escondidas de la vista que ponerla en aquellas en donde se alzaban los enormes caserones, rodeados con la privacidad y el silencio que solo el suficiente dinero podía brindar. Aunque esa noche en particular, el silencio de una de esas casas sería roto. Por suerte, no sería con algo terrible, sino con el armonioso sonido de la música.

La vistosa residencia de los Sánchez Gallardo se elevaba solemne y elegante, como un castillo en la colina desde el que en el pasado algún poderoso monarca podría haber contemplado sus dominios. Faroles perfectamente alineados alumbraban unos jardines impecables, perfectamente cuidados. Altos muros y rejas de hierro negro rodeaban la extensa propiedad, separándola marcadamente del mundo exterior. Pero justo una de sus entradas laterales era en ese momento abierta por un escurridizo grupo de personas que se infiltraba en aquel pequeño señorío sin una invitación explícita, aunque no con perversas intenciones.

El grupo avanzaba con paso cauteloso por los jardines, dirigiéndose hacia la parte frontal de la mansión y esperando no ser descubiertos antes de cumplir su cometido. Hasta atrás en la formación iba un grupo de diez mariachis, todos forrados en sus atuendos negros y dorados, cada uno cargando su respectivo instrumento: guitarras, violines, trompetas… Inmediatamente después de ellos iba Felipe Romero, dentista de profesión, amigo y cómplice de locuras como esa (casi) de tiempo completo. A su lado, andando lo más recto que las muchas copas que traía encima le permitían, iba Martín del Valle, financiero, hijo de una familia bastante poderosa de la política nacional, y próximo a casarse en menos de una semana.

Y guiando todo aquel pintoresco grupo, iba Emiliano Sánchez Gallardo: economista, empresario, millonario, playboy, soltero codiciado, papacito… y muchas otras más expresiones ligadas a su nombre. Y quizás lo más importante por esa noche, hijo mayor de los dueños de la casa a la que se estaban metiendo; por suerte, pues de otra forma eso podría haber terminado en un muy grave malentendido. Aunque considerando lo que tenían pensado hacer, igual la posibilidad de que los lancen a la policía no estaba del todo fuera de la mesa.

—No puedo creer que en serio vayamos a hacer esto —murmuró Emiliano entre risas nerviosas, mientras comenzaban a colocarse justo debajo de un balcón específico de la casa—. Ruego a Dios que mi papá no esté, porque nomás se entera de esto, y les prometo que nos corre a todos a patadas. Y a mí me deshereda, de paso.

—Eres un exagerado, bro —dijo Felipe con dejo divertido, dándole un par de palmadas en su espalda—. Es nomás una simple serenata. ¿A quién podría molestarle algo así? ¿Eh?

A su lado, Martín soltó de pronto una aguda carcajada.

—No, no es una simple serenata —argumentó arrastrando las palabras y tambaleándose un poco. Tenía que apoyarse en el hombro de Felipe para evitar caerse—. ¡Es una serenata de amor! ¡Mi futura esposa se merece esto y más!

—Serenata de amor, claro —masculló Emiliano sarcástico, negando con la cabeza.

Al joven empresario aquella idea le parecía cursi hasta el límite de la dignidad humana. Nunca había entendido qué tenían de atractivo las serenatas, los mariachis bajo un balcón, las declaraciones públicas de amor o ninguna de esas “cosas de enamorados”. Todo eso era básicamente un idioma que Emiliano no hablaba, y eso que era bastante bueno con los idiomas en general.

Pero si había algo que sí entendía perfectamente, eso era la lealtad hacia sus amigos y hacia su familia. Y esa noche, estaba demostrándola por ambos mundos. Martín era su mejor amigo, y Cristina, esa futura esposa que se merecía esto y más, su hermana menor. En cuestión de días unirían sus vidas para siempre. Y de ser necesario, por ellos sí que haría cosas mucho peores que colarse a escondidas en la casa de su familia con un mariachi entero.

—Ya estamos listos, joven —escuchó Emiliano que indicaba el líder de los mariachis, jalando su atención. Aunque el de la serenata era obviamente el enamorado alcoholizado a su lado, captaron rápidamente que quien daba las órdenes era él.

—Terminemos con esto rápido —susurró en voz baja—. Entonces, ¿con cuál quieres empezar, cuñado?

—¿Pues con cuál? —respondió Martín riendo—. ¡Con “Novia Mía”, por supuesto!

—Ya lo oyeron, chicos —replicó Emiliano girándose a los músicos—. Empezamos con “Novia Mía”… cualquiera que sea esa.

Los mariachis atendieron de inmediato la indicación, y sin espera comenzaron a tocar. Apenas sonaron los primeros acordes de la canción, la quietud profunda de la noche se vio interrumpida, remplazándola con un aire sentimental y festivo, muy adecuado estando a días de celebrarse ahí mismo el gran evento.

Esta novia mía
va a ser mi tormento.
De noche y de día,
no sé lo que siento.
Cara tan bonita, cara tan bonita,
va a ser mi tormento.

Novia mía, novia mía,
cascabel de plata y oro,
tienes que ser mi mujer.

No tardó en suscitarse movimiento en el interior de la casa. Las puertas del balcón de Cristina se abrieron de par en par, y la silueta de la emocionada novia se lanzó hacia el exterior, pegándose al barandal. Detrás de ellas vinieron tres de sus amigas cercanas, y después su madre. Cada una de las chicas tenía diferentes grados de emoción reflejados en su rostro, estando en un extremo, por supuesto, Cristina, que reía, se llevaba las manos a la boca y estaba a nada de brincar de emoción.



#395 en Fanfic
#5287 en Novela romántica

En el texto hay: mexico, colombia, telenovela

Editado: 01.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.