Capítulo 02:
Con dinero y sin dinero
La casa de Emiliano Sánchez Gallardo no era ni de cerca lo grande que era la de sus padres. Aun así, era una propiedad bastante extensa, de dos pisos, cuatro habitaciones (aunque solo dos de ellas servían como habitación para dormir), sala de juegos, un jardín lo suficientemente grande, terraza, piscina y un amplio garaje. Este último punto había sido el principal factor que lo había convencido de adquirir una casa en cuanto pudo, en lugar de un lujoso departamento, que quizás habría sido más cómodo y apropiado para un hombre soltero como él. Pero en un edificio de departamentos, ¿dónde podría meter sus autos de colección que él mismo armaba y reparaba?
Era justo ahí donde Emiliano se encontraba en aquel momento. El sol del mediodía entraba al garaje por la puerta abierta de este. El aroma a aceite, metal y gasolina llenaba el espacio, junto con la música de Bohemian Rhapsody que sonaba desde su reproductor sobre la mesa de trabajo.
Había tres vehículos perfectamente limpios, restaurados y armados estacionados en un rincón: un Jaguar XKSS plateado de 1957, un Maserati Mistral azul de 1965 y un Lamborghini Miura rojo de 1970. Los tres eran hermosas joyas de colección.
Y esa tarde Emiliano tenía la cabeza metida bajo el cofre de su cuarto y más reciente proyecto: un Mustang Shelby de 1965, desmontado a medias, con su carrocería con manchas de óxido y sin llantas. De momento, de seguro no parecía la gran cosa, pero en cuanto terminara con él, sería una belleza igual o superior a los otros tres. Emiliano ya se imaginaba corriendo ese bebé a 200 por la carretera a Cuernavaca.
Para muchos de sus allegados, era extraño que alguien de su posición tuviera tal afición. No lo de coleccionar autos de lujo clásicos y supercostosos, pues eso era algo que muchos millonarios en cualquier parte del mundo hacían con regularidad. Su padre, por ejemplo, solía hacerlo él mismo cuando tenía más o menos su edad. Lo que quizás era un poco menos común era que a aquellos millonarios les gustara comprar esos autos de lujo en condiciones no tan de “lujo” en realidad, y repararlos ellos mismos con sus propias manos; paso a paso, pieza a pieza, ensuciándose en cada paso del proceso. Era una tarea que muchos que conocía evitarían a cualquier costo, incluidos sus amigos.
Sin embargo, a Emiliano le encantaban los autos, y trabajar en ellos lo calmaba. Siempre lo había hecho, desde niño, cuando su padre le regalaba modelos de autos en piezas para armar desde cero, y había encontrado tal actividad curiosa y fascinante. Ahora había cambiado los autos de juguetes por autos de verdad, y cien veces más costosos.
Incluso ahora se dedicaba a ellos. Hace unos años abrió con sus amigos su propia empresa dedicada exclusivamente a la importación y venta de autos de lujo; desde clásicos como los que tenía en ese garaje hasta los más modernos y de última generación que salían de las marcas de mayor prestigio en el mundo. No llevaban mucho tiempo, pero les había ido extraordinariamente bien hasta entonces.
Aun así, su gusto por comprarlos y repararlos él mismo seguía siendo uno de sus mayores intereses personales. Era el único sitio donde el ruido constante del mundo se apagaba, y solo eran él, el chasis, el motor, bujías, cables y el relajante sonido de su música favorita.
Llevaba cerca de una hora y media concentrado en el Shelby, cuando esa quietud de su mundo privado se vio interrumpida.
—¡Emiliano! —gritó una voz desde el interior de la casa—. ¿Dónde andas?
—¡En el garaje! —respondió él en voz alta.
Poco después, la figura maltrecha de Martín apareció en la puerta que conectaba con la casa. Se tambaleaba ligeramente, traía la camisa desfajada y arrugada, el cabello revuelto y el rostro demacrado. Sus ojos entrecerrados dejaban en evidencia que aún se le dificultaba enfocar bien, en especial con la brillante luz que entraba por la puerta abierta del garaje.
Emiliano alzó la mirada del motor del Shelby hacia su futuro cuñado, y no pudo evitar soltar una desdeñosa y burlona risa al verlo ahí de pie, como una aparición salida de la tumba.
—¿Ya despertó el bello durmiente? —preguntó con ironía.
—Cállate —le gruñó Martín, tallándose los ojos—. La cabeza me está matando.
—No me sorprende. Pero eso te pasa por romántico empedernido. Que te sirva de lección. Lo bueno es que la gente dice que, una vez que te casas, esas cursilerías se reducen al mínimo.
—Ya, ni me lo recuerdes —exclamó Martín, sonando casi como si le doliera. Escondió su rostro tras sus manos, muerto de la vergüenza. Emiliano no necesitó preguntar si recordaba lo de anoche o no—. ¿Cómo pudiste permitir que le llevara serenata a Cristina? ¿Qué no viste lo mal que estaba? Qué oso tan enorme el que me aventé.
—Hey, hey, a mí no me quieras colgar ese muertito —se defendió Emiliano—. Te aseguro que nada de lo que pasó anoche ocurrió porque yo lo permitiera o quisiera.
—Pues me parece recordar que hasta te pusiste a cantar y todo. ¿O me vas a decir que eso lo soñé?
—Pues… no, pero eso tampoco fue por mi propia voluntad, te lo aseguro.
Volvió entonces a meterse debajo del cofre, concentrándose en lo que estaba haciendo hasta hace un momento.
—Si de algo sirve, a Cristina y a sus amigas les encantó el detallazo —añadió Emiliano—. Ahora de seguro serás conocido como el romántico de la canción, el Romeo de las rancheras…