La Hija del Mariachi: Promesa de Amor

Capítulo 03: Mi destino era rodar y rodar

Capítulo 03:
Mi destino era rodar y rodar

Rosario llegó temprano al bar esa noche, esperando poder hablar con don Carlos antes de la primera tanda. Para su mala suerte, él no hizo lo mismo, y le tocó irse a cambiar, con la esperanza de poder hacerlo después.

Pese a la seguridad con la que se había expresado con su madre sobre que ella resolvería todo ese asunto de plata sin importar qué, lo cierto era que desde esa tarde su mente no dejaba de darle mil vueltas. No lograba pasar ni un solo segundo de calma sin que todo aquello volviera a ella. Y le gustaría decir que aquella situación era algo irregular, pero la realidad era que llevaba ya varios meses así: teniendo que contar cada centavo, pagar una cosa dejando pendiente otra, hacer malabares con sus dos sueldos para evitar perder la casa, quedarse sin luz, sin medicinas o comida…

Era una situación estresante, por decirlo de forma simple. Había veces que Rosario sentía que la cabeza le explotaría de toda la presión que tenía acumulada dentro, pero hasta el momento había logrado mantenerse de pie y estable. Pero no sabía qué tanto podría mantenerse igual.

La buena noticia, y lo que le daba un respiro, era que si podía convencer a don Carlos de que le diera el adelanto que necesitaba, podría solucionar todo… de momento. La ausencia de esa misma plata terminaría perjudicándole después, por supuesto. Pero no podía detenerse a pensar en las próximas dos semanas, cuando tenía que resolver problemas en esta.

Una vez estuvo ya ataviada en su traje, peinada y maquillada, Rosario salió de los camerinos y se asomó hacia las mesas del bar. Recién acababan de abrir las puertas, y ya había un par ocupadas, aunque algunas de las meseras seguían limpiando y preparando las otras. Las luces estaban encendidas, y había un poco de música grabada de fondo para amenizar.

La noche apenas comenzaba.

No había rastro aparente de don Carlos. Antes de darse la vuelta por su oficina, se dirigió con paso presuroso hacia la barra. Katia, la bartender, se encontraba en ese momento al otro lado, acomodando las botellas nuevas en los estantes del fondo.

—Katia, ¿ha visto don Carlos? —preguntó con ligero apuro en la voz, apoyada contra la barra del bar.

La mujer se giró a mirarla sobre su hombro con sus ojos azules, con una botella de whisky en cada mano.

—Yo no lo he visto —le respondió negando con la cabeza—. Pero no ha de tardar, porque en aquella mesa hay dos amigos suyos que lo están esperando.

Katia señaló con su mentón hacia una de las mesas, ocupada por dos hombres que ya habían comenzado desde temprano a beber y festejar. A Rosario, en efecto, le parecían conocidos; don Carlos solía sentarse con ellos en ocasiones.

—¿Usted está bien, cariño? —preguntó Katia, notándosele un dejo de preocupación en la voz.

Rosario se giró de nuevo hacia ella. Dedujo que lo preguntaba porque no era capaz de esconder del todo la angustia que la invadía.

—Me urge hablar con él —se explicó en voz baja, mientras tomaba asiento en uno de los banquillos de la barra.

—¿Cómo de qué o qué? —preguntó Katia, curiosa.

—¿Pues de qué más? De plata, como siempre. Necesito que me haga un adelanto.

—Ay, querida. La va a tener difícil; ya sabe que ese hombre es un completo chichipato.

—En cualquier otra situación no se lo pediría, en serio —enfatizó Rosario, como si sintiera la genuina necesidad de que Katia le creyera—. Pero si no lo hago, pierdo el salón para la quince de mi hermanita, y el depósito de paso.

—No, si yo le creo. No tiene que convencerme, y mucho menos avergonzarse. Que así estamos todos, créame. Mire, le doy un poco de valor líquido para que se calme, y para que cuando hable con él lo haga con más confianza, ¿va?

—Va —susurró Rosario, esbozando una escueta sonrisa.

Katia le sirvió entonces un tequila sencillo, y se lo colocó sobre la barra. Rosario tomó el pequeño caballito, y lo alzó en alto en nombre de su padre antes de empinárselo; una costumbre que había desarrollado recientemente, pero que le ayudaba a darle fuerzas. Una vez el alcohol pasó por su garganta, no pudo evitar que una pequeña tos se le escapara, aunque fue más un carraspeo.

—Oiga, ¿usted recuerda cuando recién llegó aquí y se la pasaba tosiendo cada vez que tomaba aunque fuera un trago chiquito? —comentó Katia divertida, apoyando sus codos contra la barra.

—Ya me acostumbré mejor, ¿no? —declaró Rosario con cierto orgullo.

—Pues yo diría que sí. Nomás no se pase, no vaya a ser que en un par de años más de trabajar aquí tengamos que internarla por alcoholismo.

—Ay, no sea exagerada, Katia…

Su conversación se vio interrumpida cuando Leticia se acercó a la barra con su bandeja sujeta a un lado.

—Katy, un whisky en las rocas de la botella del doctor Macías, por favor —le pidió la mesera a la bartender, que de inmediato se puso manos a la obra.

Rosario alzó el rostro, con sus ojos bien abiertos como siervo asustado al escuchar aquello.

—¿Javier Macías está aquí? —preguntó, notándosele un poco vacilante al hacerlo.



#395 en Fanfic
#5287 en Novela romántica

En el texto hay: mexico, colombia, telenovela

Editado: 01.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.