Capítulo 04:
No es correcto, no es justo
La puerta de la oficina se cerró con un golpe seco y estruendoso detrás de Rosario, haciéndola sobresaltarse en su sitio. Estaba de pie delante del escritorio de madera fina, tiesa como una estatua. No se atrevía siquiera a mirar directamente, pero por el rabillo del ojo notó cómo don Carlos avanzaba con paso impaciente desde la puerta y rodeaba el escritorio. Cuando estuvo delante de ella, le echó encima una mirada encendida que casi le quemaba, y se dejó caer de forma brusca en su silla, sin quitarle los ojos de encima.
Usualmente, Rosario se negaba a agachar la cabeza ante cualquiera, pero esa ocasión lo ameritaba, aunque fuera un poco.
Todavía sentía el ardor en la mejilla de la bofetada que injustificadamente había recibido, y el ardor en su propia mano de la que ella había respondido.
—Siéntese —pronunció don Carlos al fin, con un tono duro que dejaba claro que no era una sugerencia.
Rosario no tuvo más remedio que obedecer, tomando asiento en una de las dos sillas frente al escritorio.
—¿Qué fue eso? —cuestionó el hombre con irritación, y aun así Rosario sabía muy bien que se estaba conteniendo.
—Don Carlos, esa mujer me agredió primero —intentó defenderse—. Usted mismo lo vio…
—¡Me importa un carajo quién hizo qué primero! —le interrumpió él, golpeando el escritorio con la palma abierta. El eco del golpe retumbó en el reducido espacio de la oficina—. Yo le di a usted una orden, que se quedara callada. ¿Sí o no?
Rosario no tuvo claro si esperaba en verdad una respuesta, pero ante la incertidumbre prefirió hacerlo con solo un pequeño asentimiento de la cabeza.
—Y no solo no se quedó callada, ¡sino que además le lanzó un golpe! —añadió don Carlos con exasperación.
«Una bofetada», corrigió Rosario en su cabeza, pero tuvo el buen juicio de no decirlo en voz alta, pues supuso que para el caso no hacía mucha diferencia.
—A la esposa de un cliente —prosiguió don Carlos—, a una mujer que a leguas se ve que es de mucho dinero. Una mujer que, si no tolera que alguien le hable mal, mucho menos que le ponga una mano encima. ¿Tiene idea del gran problemón en el que se acaba de meter si acaso a esa mujer se le ocurre demandarnos?
Rosario volvió a agachar la mirada, sus manos apretadas con fuerza sobre la falda de su atuendo de mariachi.
—En el mismo caso yo podría demandarla a ella —fue lo único que se le ocurrió decir—. Me vino a armar un escándalo a mi lugar de trabajo, a levantarme falsos, y me agredió primero. Tengo a todos como testigos…
—Despierte, Rosario —le cortó don Carlos con brusquedad—. Es su palabra contra la suya. ¿Y a quién piensa usted que le van a creer más? ¿A una mujer de su posición y dinero? ¿O a una cantante de bar con la que su marido se veía a escondidas de ella?
—Las cosas no son así —se apresuró Rosario a explicar, alzando su mirada con la mayor confianza que le era posible—. No hay nada entre ese hombre y yo. Nunca le he dado pie a sus acercamientos. Él es el que sigue viniendo, el que me sigue frecuentando, el que me envía flores. ¿Qué se supone que debía hacer?
—Las cosas así, Rosario, y yo se lo advertí —declaró don Carlos, señalándola de forma acusadora con un dedo—. Cuando vino aquí hace dos años a pedir trabajo, yo le advertí cómo eran las cosas en estos sitios. Que en bares como estos, los clientes se pasan de tragos, se pueden poner pesados e insistentes con las meseras, y aún más con las cantantes. Y que si quería trabajar aquí, tenía que tener el temple suficiente para saber mantenerlos a raya y lidiar con estas situaciones.
—¡Lo hago! —exclamó Rosario en alto—. Lo he hecho cada noche.
—Pues al parecer no muy bien, pues a ese abogado no le ha quedado muy claro. Y estas son las consecuencias. Ahora su esposa vino, hizo un escándalo en mi bar, delante de mis clientes y amigos, y amenaza con cerrarme el lugar. Y todo porque usted no sabe cómo comportarse con sus pretendientes.
—Eso no es justo, don Carlos —musitó Rosario, negando con la cabeza—. Nada de eso es mi culpa. El Coloso se le pasa coqueteando con cuanta mujer entra por esa puerta, y nadie le dice nada. Pero yo intento solo no ser grosera con un cliente, y me acusan de ser una cualquiera.
—Pues porque el Coloro es hombre —espetó don Carlos en alto con irritación—. Las cosas son diferentes; es lo que se espera de él. Si el Coloso coquetea con la mujer de otro…
—El otro hombre puede venir y darle un tiro, ¿no? —soltó Rosario de golpe por mero reflejo. Y aquella sola mención hizo que el aire de la oficina se volviera aún más denso y pesado de lo que ya estaba.
Rosario se arrepintió casi al instante de haberlo dicho. La mirada de don Carlos se endureció aún más, pero ahora al menos no parecía impregnada de rabia, sino de otro sentimiento difícil de descifrar a simple vista. A Rosario, sin embargo, le provocó un amargo sabor a “decepción”.
Ambos sabían a qué hacía referencia tal comentario, y no era agradable que lo sacara de esa forma, y en ese momento.
—Eso es muy bajo, Rosario —musitó don Carlos, señalándola con dureza—. Muy bajo. ¿Cree que necesito que me recuerde que es la hija de Pedrito Guerrero? ¿Qué es la hija de mi amigo muerto? ¿O cree acaso que eso le da algún privilegio de poder hacer lo que se le venga en gana en mi bar?