Capítulo 07:
Con el atardecer me iré de aquí
—Miguel, qué bueno que estás aquí, güey —exclamó Emiliano con genuino alivio, al tiempo que se levantaba de su silla—. No entiendo nada de lo que está pasando. Es una locura…
—Tranquilo, Emiliano —pronunció Miguel con asombrosa calma, alzando una mano hacia él—. Arreglaremos esto en un minuto. Tú solo ya no digas nada, ¿de acuerdo?
Emiliano se limitó a solo asentir como respuesta.
El abogado se aproximó a la mesa y colocó su maletín sobre esta. Se paró a un costado del comandante, aún sentado, interponiendo simbólicamente su cuerpo entre él y Emiliano de forma casi protectora.
—Soy el Lic. Miguel Corona, representante legal del Sr. Sánchez Gallardo y de la empresa Autos Premier —se presentó con voz seria y firme—. Usted debe ser el Cmte. Salas, ¿cierto? No habrá estado interrogando a mi cliente sin su abogado presente, ¿o sí?
—Solo estábamos conversando —explicó el comandante con absoluta calma—. Y le indiqué a su cliente desde el inicio que podía guardar silencio hasta que usted llegara, como él bien podrá constatar.
—Bueno, eso ya no importa, pues la conversación se terminó —señaló Miguel, tajante—. Y en este momento solicito la liberación inmediata de mi cliente.
Aquella repentina petición tomó por sorpresa tanto al Cmte. Salas, como al propio Emiliano.
—¿Bajo qué bases, abogado? —preguntó el policía, escéptico.
Una sonrisa confiada y burlona se dibujó en los labios del Lic. Corona. Abrió en ese momento su maletín y sacó de este una serie de documentos.
—Estuve revisando la orden de cateo y los informes de los agentes que la realizaron —comentó con soltura—, y encontré un par de irregularidades que hacen injustificada la aprehensión preventiva del Sr. Sánchez Gallardo.
—¿Irregularidades? —masculló Salas, incrédulo.
—La orden de cateo aplicaba explícitamente para las propiedades de Autos Premier, sus inmuebles, archivos, computadoras y vehículos. Sin embargo, como puede ver en estos papeles de propiedad, firmados esta misma tarde, el vehículo en cuestión en donde supuestamente encontraron esos dólares…
—¿Supuestamente? —inquirió el comandante, pero Miguel ignoró su comentario y siguió con su explicación.
—Ya no era propiedad de la empresa, sino que había sido entregado al Dr. Felipe Romero.
Miguel colocó en la mesa justo frente al comandante el mismo contrato que hace apenas unas horas Felipe y Emiliano habían firmado en su oficina. Este último lo reconoció de inmediato.
—Por consiguiente —continuó Miguel—, ese cateo se realizó al vehículo de un tercero, no a una propiedad de Autos Premier, por lo que no entraba dentro de lo que cubría la orden.
—Oye, pero, ¿qué estás diciendo? —intervino Emiliano en ese momento, un tanto destanteado. Si entendía bien, estaba casi afirmando directamente que esos dólares eran de Felipe.
Miguel se giró hacia él y, con un ademán de su mano y la expresión de su rostro, le indicó que guardara silencio. Emiliano lo hizo, pero no se sintió cómodo con ello.
Salas, de nuevo con sus anteojos puestos, revisó de forma rápida el contrato.
—Puede que se hayan firmado los papeles —musitó tras un rato—. Pero el coche no había sido entregado, como usted dice. Seguía en posesión de la empresa, dentro de sus instalaciones.
—Ahora que menciona las instalaciones —comentó Miguel justo después, de nuevo con esa sonrisa de suficiencia tan propia de él. Sacó entonces de su maletín otro contrato, muy diferente al primero—. El vehículo se encontraba aún en los andenes de carga y descarga en la parte trasera del inmueble. Como puede verificar en este contrato, dicha área se encuentra subcontratada con la empresa de logística que se encarga de la transportación de los coches.
Aquella afirmación tomó visiblemente desprevenido al comandante, y de inmediato tomó el documento que el licenciado le extendía para revisarlo también.
—Así que —prosiguió Miguel—, la afirmación de que el vehículo estaba en las “instalaciones de la empresa” está abierta al debate, a lo menos.
—Abogado, estos son solo meros tecnicismos —argumentó Salas con firmeza—. Usted y yo sabemos que cualquier juez los desechará a los cinco minutos en cuanto se los presente.
—Puede ser —admitió Miguel, encogiéndose de hombros—. Pero hasta que eso pase, y en vista de que su orden era de cateo hacia Autos Premier, y no de aprehensión contra el Sr. Sánchez Gallardo, el retenerlo aquí por más tiempo carece de bases, y es ilegal. Así que solicito de nuevo su pronta liberación, o cada minuto que mi cliente siga dentro de esta delegación será un millón más que sumaremos a la demanda civil que pensamos presentar una vez que todo este asunto se aclare.
Emiliano tuvo ganas de gritarle un “bien hecho” a su abogado, pero se contuvo, aunque la expresión de su rostro no fue tan discreta. Sin embargo, si se detenía a pensar con más cuidado el asunto y sus argumentos, no tardaría en caer en cuenta de que Miguel no estaba alegando que los dólares no fueran suyos, o que todo eso era un error, como él había estado diciendo todo ese tiempo. Solo que no lo podían tener detenido por esos “tecnicismos” con la orden de cateo.