La Hija del Mariachi: Promesa de Amor

Capítulo 08: Lo bonito que sentí cuando te conocí

Capítulo 08:
Lo bonito que sentí cuando te conocí

El sol de la tarde caía sobre el pequeño parque de patinaje del barrio, los árboles secos y las bancas de cemento pintadas de verde que ya empezaban a descascararse. A esa hora estaba lleno principalmente de adolescentes que iban y venían sobre sus patinetas y patines, amenizados por las risas, chiflidos, música que brotaba de pequeños parlantes y el sonido constante de las ruedas contra el cemento.

Toda aquella singular sinfonía de sonidos e imágenes resultaba tan familiar para Lucía Guerrero como la imagen granulada del viejo televisor de su casa.

En aquel momento estaba sentada en una de las bancas con Sarita, su mejor amiga desde la primaria, preparándose para lanzarse a la pista. Las dos niñas de catorce acababan de salir del colegio y aún portaban sus uniformes de suéteres azules y faldas rojas a cuadro, aunque tuvieron la previsión de llevar shorts debajo de estas.

Sarita ya traía los patines puestos y los probaba con impaciencia, haciéndolos rodar hacia atrás y adelante contra el pavimento. Lucía se tardaba siempre un poco más, ya que las correas de los suyos siempre requerían de atención especial para que cerraran de forma correcta. Además de eso, tenían el cuero raspado y oscurecido de tanto uso, y una rueda tenía una deformación leve que la hacía vibrar. Lo bueno era que Lucía conocía bien dicha vibración, y había aprendido bien cómo compensarla para no estamparse de narices al suelo.

A su lado, su amiga miraba su lucha con las correas con una mezcla de curiosidad y algo que Lucía quería pensar que no era lástima, pero que sabía que sí que era muy cercano a ella. Lucía fingía no darse cuenta, pero por supuesto que lo notaba.

—Oye —musitó Sarita dubitativa—. ¿No crees que esos patines ya dieron todo lo que tenían que dar?

Lucía alzó la mirada de sus patines y se giró hacia ella.

—¿Qué quieres decir?

—Que te quedan chicos —insistió Sarita—. Muy chicos. Mira cómo te aprietan el pie. Si los dedos te crecen un centímetro más, ya no te van a entrar ni a empujones.

Lucía respiró profundo por su nariz, y puso su atención de nuevo en sus patines antes de responder. Terminó de ajustar las hebillas con un satisfactorio clic al final.

—Lo sé —admitió casi como un suspiro—. Pero, ¿qué puedo hacer? Son los únicos que tengo. Ya ni caso tiene pedirle a Rosario unos nuevos; nunca tiene plata para eso.

Aquello lo había dicho sin drama o queja en su voz, solo con una naturalidad propia de alguien que ya ha vivido esa realidad por el suficiente tiempo para llegar a estar tristemente acostumbrada a ella.

Escuchó a su amiga suspirar a su lado con resignación.

—Bueno, tal vez para tus quince te regalen unos nuevos —indicó Sarita con repentino optimismo.

Lucía no compartió el sentimiento. Soltó un pequeño resoplido, en ausencia de la risa sarcástica que había tenido como primer impulso de soltar.

—Sí, claro —musitó con amarga ironía.

—¿Qué pasa? —preguntó Sarita, confundida.

Lucía la miró un instante, y dudó si decir lo que pasaba por su mente o no. Bajó su mirada hacia sus patines, gastados y viejos, pero al menos eran suyos; una de las pocas cosas en el mundo de las que podía decir eso. Al final se animó a hablar, pues Sarita era… bueno, Sarita, y con ella los secretos que compartía siempre se quedaban como secretos; una cualidad que la propia Lucía nunca había aprendido bien.

—No creo que haya ninguna fiesta, ni regalos, ni nada parecido —confesó Lucía con voz apagada.

—¿Qué? —exclamó Sarita, confundida—. ¿Cómo que no? Si llevan planeándola desde antes de…

Sarita hizo una pequeña pausa, dudosa de poder decirlo o no. Al final se animó, aunque lo dijo con mucha cautela.

—Bueno, desde antes de lo de tu papá —musitó en voz baja.

Lucía permaneció en silencio, inmutable ante el comentario de su amiga. Era cierto que su padre siempre habló de hacerle una gran celebración para sus quince años; “tirar la casa por la ventana”, como él decía (frase que nunca entendió bien a qué se refería). Y quizás si él siguiera ahí, eso aún pudiera ser una opción… pero ya no.

La niña se inclinó hacia su amiga y bajó la voz, para que sus siguientes palabras fueran únicamente para ella y nadie más.

—He escuchado a Rosario y a mi mamá hablar cuando creen que no puedo oírlas. Pero esa casa es tan pequeña que se escucha todo.

—¿Y qué has escuchado? —preguntó Sarita, curiosa.

—Que tenemos problemas de plata —dijo Lucía sin moderarse ni un poco. La confesión salió más tranquila de lo que esperaba, pero aun así le dolía decirla.

—Bueno, pero esa no es novedad —señaló Sarita, intentando ser lo más delicada que le era posible ser.

Lucía negó con la cabeza.

—No, pero parece que en esta ocasión son mucho peores. Por lo que escuché, Rosario está obrando milagros para pagar todo. La renta, las medicinas de mi mamá, el colegio, la comida… —Se encogió de hombros—. En fin, si al final tiene que escoger entre todo eso o mi fiesta, ya sé qué va a elegir.



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En el texto hay: mexico, colombia, telenovela

Editado: 22.03.2026

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