Capítulo 09:
Ves aquel lucero que brilla en el cielo
—¿Puede oírme? —repitió Rosario, inclinándose un poco más hacia el hombre en el suelo. Este parpadeó lentamente dos veces, y su par de ojos claros se asomaron desde detrás de la confusión y se enfocaron en ella.
—Sí… —susurró de forma débil, pero entendible.
Rosario exhaló con alivio. Al menos estaba consciente.
Ya con la preocupación y la adrenalina un poco mitigadas, comenzó a procesar un poco mejor lo que acababa de hacer. Al bajar del bus se encaminaba hacia la Plaza Garibaldi como de costumbre, cuando escuchó aquel ajetreo y gritos que venían desde la otra calle. No necesitó ni siquiera echar un vistazo directo para adivinar lo que esos sonidos significaban. Y cuando se apresuró y se asomó por la esquina, lo pudo confirmar: estaban atacando a alguien. Tres hombres golpeando y pateando a un cuarto en el suelo.
No podría asegurar con total confianza que no sintió miedo o el impulso de salir corriendo, pero ninguno de los dos se sobrepuso a lo que supo en el momento que era su deber. Ni siquiera lo pensó mucho, solo reaccionó comenzando a gritar para llamar la atención de los atracadores y asustarlos con la amenaza de que había llamado a la policía, pese a que ni celular tenía en realidad. Aquello solo tenía la mitad de las probabilidades de surtir efecto, pero al parecer tuvo suerte, pues aquellos tres maleantes prefirieron salir corriendo antes de verificar si lo que gritaba era cierto o no.
Al estar ya despejado, Rosario se aproximó al hombre caído, y ciertamente le impactó en una primera instancia ver todos los golpes que tenía en la cara y cómo gemía y respiraba con dificultad. Esos malditos lo habían maltratado bastante. Aun así, pese a la impresión, se quedó a su lado, sentada sobre los talones, sin apartarse.
Cuando el hombre se logró girar y recostar sobre su espalda, Rosario pudo examinarlo con más cuidado. Estaba golpeado y desalineado luego de la horrible experiencia que acababa de tener, pero por debajo de todo eso era… bastante atractivo, en realidad. En especial por esos ojos…
Agitó su cabeza, intentando apartar eso de su mente. No era ni el momento ni el lugar.
—Dígame, ¿qué le duele? —le preguntó con apuro.
—Todo —masculló él con cierto humor en su voz. Incluso a Rosario le pareció ver una pequeña sonrisita asomarse en esos labios delgados.
—Sí, yo… me refería a si le dolía algo más que lo evidente.
—Mi costado… mi cabeza… —musitó el hombre, intentando señalar torpemente con sus manos.
Hizo un intento por incorporarse, pero era evidente que le causaba dificultad, por lo que Rosario se apresuró a tomarlo del brazo para ayudarlo. Él aceptó su ayuda sin dudarlo y entre los dos lograron ponerlo de pie. En un primer momento se balanceó hacia un lado amenazando con caer de nuevo, pero se apoyó contra la pared con una mano para evitarlo. Luego de eso, pareció mucho más estable sobre sus pies.
—No se fuerce demasiado —le advirtió Rosario—. No se me vaya a caer y lastimar más de lo que ya está. Déjeme ver su cabeza.
Rosario se posicionó detrás de él para echarle un vistazo a la herida, y se sorprendió mucho al ver el cuello de su camisa manchado de rojo.
—Esto está grave, hay que curarlo de inmediato —indicó con inquietud—. Tenemos que llamar a una ambulancia y a la policía…
—¿Policía? No —exclamó el hombre de inmediato con bastante fuerza en su tono. Cuando se giró hacia ella, Rosario pareció notar un atisbo de preocupación, que desapareció casi al instante—. Lo siento… Lo que intento decir es que no creo que sea necesario… Me siento bien, de verdad.
—¿Qué se siente bien? Es porque no está viendo el golpe que tiene ahí atrás —insistió Rosario—. ¿Vive por aquí? Permítame al menos llevarlo a su casa.
—No, yo… no vivo aquí —musitó el hombre, intentando explicarse—. Me estoy quedando en un hotel que…
Miró entonces a su alrededor, como si intentara ubicarse, pero sin mucho éxito.
—No estoy seguro de por dónde esté… Vine de por ahí buscando un teléfono público, y creo que me alejé más de lo que me esperaba.
Una inesperada sonrisita despreocupada se dibujó en sus labios, en un intento quizás de impregnar algo de humor a tan grave situación. Sin embargo, Rosario se había distraído unos momentos mientras lo escuchaba hablar. No por sus palabras en sí, sino por cómo las pronunciaba.
—¿Mexicano? —preguntó de pronto con curiosidad.
Aquel hombre se giró a mirarla, visiblemente sorprendido.
—Sí, así es —respondió asintiendo—. ¿Tan evidente es?
—Por el acento —se explicó Rosario—. Y bueno, como dijo que estaba en un hotel…
Cortó de golpe su explicación al caer en cuenta de que no era relevante para el momento.
—¿Cómo se llama su hotel? —le preguntó en su lugar—. Quizás lo conozca y pueda llevarlo.
El hombre abrió la boca para responderle en un primer reflejo, pero de inmediato vaciló. Miró hacia otro lado, como intentando buscar la respuesta entre las esquinas oscuras de aquella calle.
—No me diga que se le olvidó —murmuró Rosario con consternación—. ¿Sí recuerda al menos cómo se llama usted? Yo me llamo Rosario.