Capítulo 10:
Solamente una vez
Emiliano observaba con inusual interés cómo Rosario y los demás músicos se preparaban en la tarima para tocar. Aunque no tuviera su atuendo de mariachi como en aquel póster, el Lucero de México igualmente era el centro indiscutible de ese escenario, captando la atención con tan solo estar ahí parada sujetando el micrófono en su mano.
«Qué mujer tan… interesante», pensó, aunque no estaba conforme con esa palabra para describir a su salvadora, pero de momento no se le ocurría una que fuera lo suficientemente adecuada.
Mientras él observaba la tarima, Katia se sentó en la barra a su lado y comenzó a husmear en el botiquín que había traído con ella. Emiliano notó primero el suave perfume que llevaba, floral y dulce, que contrastaba con el fuerte olor a tequila y madera que reinaba ahí en la barra.
—Esto le va a arder un poquitico —comentó la barista, teniendo en su mano ya un algodón mojado en alcohol.
Emiliano no se intimidó y, sin dudarlo mucho, se giró para darle la espalda y dejarle hacer lo que tuviera que hacer. Katia se inclinó hacia él, le retiró con los dedos el cabello y comenzó a pasar el algodón por el área afectada. Le ardió, en efecto. Pero fuera de un pequeño y apenas apreciable respingo, Emiliano se mantuvo bastante calmado.
—Veo que es un chico fuerte —comentó Katia con tono divertido.
—Bueno, para bien o para mal, de joven tuve algunas peleas peores —le respondió Emiliano—. Pero es la primera vez que me asaltan en la calle.
—Y justo tenía que pasarle aquí en Colombia —murmuró Katia con pesar—. Pero dígame una cosa, ¿usted sí es mexicano? ¿Mexicano de México?
—Pues sí —murmuró Emiliano, sonriendo divertido—. ¿De dónde más podría ser mexicano?
—Uy, pues para que se entere, aquí en este bar se podría decir que somos puros mexicanos de nombre, y nada más.
—¿Cómo? —susurró Emiliano, confundido, y por reflejo se giró a mirarla sobre su hombro—. ¿Quiere decir que nadie aquí es mexicano? ¿En un bar mexicano?
—Fíjese nomás, como ir a un restaurante chino y que nadie sea chino, ¿cierto? —bromeó Katia, soltando una encantadora risilla—. Pero don Carlos, el dueño del bar, por lo que sé, fue mariachi toda su vida, y él sí que adora su país.
—Eso veo —replicó Emiliano, al tiempo que echaba otro vistazo a todo el colorido a su alrededor—. Toda esta decoración, los afiches… Hasta tienen uno de Pancho Villa —exclamó con efusividad, extendiendo una mano hacia un póster del revolucionario mexicano, con su reconocible sombrero, bigote y los cinturones con balas cruzándole el torso—. No creí que alguien supiera de él fuera de México.
—¿Pancho Villa? —repitió Katia, notablemente divertida—. ¿A poco en México le dicen “Pancho” a los Francisco?
—Sí, ¿por qué?
—Nada, solo es curioso. Aquí en Colombia, a los Francisco les decimos “Pacho”, sin la “n”.
—¿En serio? Eso sí es curioso —rio Emiliano. Era interesante cómo ambos países eran tan diferentes y tan parecidos a la vez—. Pero le tengo otro dato más interesante. ¿Sí sabía que en realidad Pancho Villa no se llamaba…?
Su dato interesante se vio interrumpido cuando el sonido de las trompetas y las guitarras llenó todo el bar entero de pronto, seguidos por los violines, y solo unos segundos después por una voz; la voz más hermosa, suave y potente que Emiliano hubiera escuchado en su vida, incluso teniendo en cuenta a su abuela. Aquello hizo que se girara por reflejo hacia el escenario, sin importarle si Katia seguía limpiándole la herida o no.
Los músicos tocaban sus instrumentos detrás. Y al frente, como el centro de aquel espectáculo, y por esos minutos el centro mismo del mundo para Emiliano, estaba Rosario. De pie con paso firme en el centro del escenario, con el micrófono en su mano, la luz de los reflectores alumbrándola como si bajara del cielo, mientras entonaba aquella hermosa melodía: “Solamente una vez”.
Solamente una vez
amé en la vida.
Solamente una vez,
y nada más.
Una vez, nada más, en mi huerto
brilló la esperanza.
La esperanza que alumbra el camino
de mi soledad.
El mundo entero se detuvo por completo para Emiliano, y por esos instantes no hubo golpes ni heridas, ni siquiera recordó su huida o que estaba en otro país. Toda su mente se inundó con aquel canto, de una canción que estaba seguro había escuchado algunas veces antes, pero nunca así. Era como si cada palabra entonada por aquel hermoso ángel tuviera el poder de transmitirle de forma directa el sentimiento justo que debía tener, y nada más.
Y era como si se la cantara justo y únicamente a él. Y en verdad llegó a pensarlo así, pues le pareció en más de una ocasión ver cómo desde el escenario los ojos de Rosario se posaban en él mientras pronunciaba aquellas palabas.
Aquello le arrebató el aliento por completo.
Una vez, nada más
se entrega el alma,
con la dulce y total
renunciación.
Y cuando ese milagro realiza
el prodigio de amarse,
hay campanas de fiesta que cantan
en el corazón.
Y cuando ese milagro realiza
el prodigio de amarse,
hay campanas de fiesta que cantan
en el corazón.