La Hija del Mariachi: Promesa de Amor

Capítulo 11: Con mi alma rota

Capítulo 11:
Con mi alma rota

Emiliano permaneció más de la cuenta en su sitio, observando cómo Rosario se alejaba hasta desaparecer por completo de su vista en la parte trasera del escenario. Y el dejar de verla de esa forma tan repentina resultó más doloroso de lo que el mexicano podría haber previsto.

No entendía qué le pasaba. Rosario era una mujer atractiva; muy atractiva, en realidad. Pero no era la primera mujer atractiva con la que se cruzaba, ni de cerca. Y sin embargo, se sentía confundido e indefenso ante su presencia, sin saber qué decir o temeroso de hacer algo que le fuera a molestar. Y la idea de causarle cualquier sentimiento negativo, el que fuera, le resultaba impensable.

¿Desde cuándo se comportaba de esa forma con cualquier persona, hombre o mujer? Él, que siempre se mostraba tan seguro de sí mismo todo el tiempo. Debía ser algún efecto secundario de la golpiza que le dieron, la impresión de haber sido atracado, o sus emociones seguían muy sensibles por su abrupto escape y estar solo en un país desconocido.

Sí, tenía que ser eso. De otra forma, ¿por qué Emiliano Sánchez Gallardo reaccionaría de esa forma tan poco propia de él?

«Emiliano Sánchez Gallardo», repitió su propio nombre en su cabeza, y le resultó incluso gracioso. Echó un vistazo rápido al afiche de Pancho Villa en la pared, el mismo del que hablaba con la barista hace un momento, y que le dio la inspiración para dar aquel nombre: Francisco Lara.

Ya era suficiente con que todos en su hotel lo conocieran por nombre y apellido, como para que ahí también dejar constancia de su paso por Bogotá. No le agradaba tener que mentirle a Rosario de esa forma, en especial después de todo lo que había hecho por él esa noche. Pero en parte tenía que convencerse de que también era por el bien de ella. No le convenía en estos momentos a nadie relacionarse con él, al menos hasta que todo esté aclarado. E igual, lo más seguro es que luego de esa noche nunca más la volvería a ver, ni a nadie de ese bar.

Así que debía de agradecerle al caudillo de la Revolución por la ayuda indirecta que le había dado. Y de paso también a Agustín Lara por haber compuesto “Solo una vez” y haber servido también a la causa.

—Pero qué pena con usted, Sr. Lara —escuchó de pronto que pronunciaba con voz dolida la mujer a su lado. «Virginia, ¿cierto?».

Emiliano se giró hacia ella y la miró como si apenas hubiera reparado en su presencia. Y casi era así, pues en esos segundos se había sumido tanto en sus pensamientos que se había olvidado casi por completo de que seguía ahí.

—¿Perdón? —le preguntó un tanto aturdido.

La mujer (Virginia) se giró hacia él, y su rostro reflejaba una profunda y aplastante angustia. Sin embargo, Emiliano no la percibió del todo sincera, como si tuviera que esforzarse demasiado para exteriorizarla como ella quería.

—La conducta de Rosario a veces es simplemente bochornosa —soltó de pronto, mirando al techo con exasperación.

Emiliano arqueó una ceja, claramente confundido por el repentino comentario que, desde su perspectiva, salía de ningún lado.

—Lo siento, pero no creo comprender a qué se refiere.

Virginia suspiró, se cruzó de brazos y miró al suelo con pesar (de nuevo, bastante exagerado).

—Yo no debería hablar de esto… pero la verdad me da mucha pena con usted. No es que entre cualquier hombre por esa puerta, y Rosario se pone de encimosa y coqueta con él. Esa mujer no tiene límites.

—¿Rosario? —inquirió Emiliano, convencido de que quizás se estaban confundiendo de persona. Pero no; al parecer Virginia estaba muy segura de lo que decía.

—Sí, hace unos días incluso tuvimos un escándalo aquí mismo con la esposa de un cliente, que le vino a reclamar por estarse metiendo con su marido y todo. Puede preguntarle a quien guste, todos lo vimos. Fue tan vergonzoso. Y le aseguro que ese hombre no es el único con el que Rosario se ve. Ni siquiera el único casado.

Emiliano guardó silencio. No entendía bien por qué le estaba diciendo de pronto esas cosas, siendo un extraño que poco o nada tenía que ver con el asunto que describía. No pudo evitar pensar que muy seguramente había una doble intención en aquello.

Aun así, inevitablemente su mirada se giró en la dirección en la que Rosario se había ido, y su mente se puso a cuestionarse si, quizás, había malinterpretado a la Srta. Guerrero. Pero se forzó a desterrar eso a un lado. Después de todo, nada de eso era de su incumbencia. Nadie en ese bar le debía ningún tipo de explicación, ni siquiera Rosario. Él era solo un extraño que había ido a pedir un teléfono. Así que lo que la cantante de ese bar hiciera o no hiciera… no debía ser de su interés.

—Sobre la llamada… —masculló tras un rato con tono amable, intentando rencaminar esa conversación.

—Sí, claro —pronunció Virginia con una sonrisa amistosa—. Por aquí, siga.

La joven mujer de rizos dorados lo guio por el bar hacia la parte trasera del establecimiento, en donde se encontraban las oficinas. Pasaron por un comedor, en donde divisó fugazmente a alguno de los músicos, la mayoría ya con sus trajes, comiendo o tomando algo, seguramente mientras esperaban a que fuera hora de salir al escenario de nuevo. Ellos apenas repararon en él, aunque el que claramente más se fijó en su presencia fue ese tal Coloso. Desde uno de los sillones, le compartió una de sus miradas poco amistosas, que le cuestionaba en silencio por qué seguía ahí en “su” bar.



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En el texto hay: mexico, colombia, telenovela

Editado: 01.04.2026

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