La Hija del Mariachi: Promesa de Amor

Capítulo 12: Te llevo en el corazón

Capítulo 12:
Te llevo en el corazón

Aquel aviso de Katia captó por completo los pensamientos de Emiliano, y lo hizo poner mucha más atención al escenario, intentando vislumbrar entre aquellos sombreros, trajes negros e instrumentos a su salvadora. No tuvo mucho problema, pues, en cuanto la cantante puso un pie en el escenario, de nuevo fue como si el mundo entero comenzara a girar justo a su alrededor como si fuera el sol mismo. Ella se paró al frente, con una amplia y reluciente sonrisa en sus labios rosados, mientras miraba a todo el público con gratitud y amabilidad.

Su atuendo y apariencia en general habían cambiado casi por completo, pero resultaba imposible no reconocer que era ella. Usaba un atuendo negro al estilo charro tradicional mexicano, al juego con el de sus compañeros, pero claramente adaptado para una mujer. Chaqueta, chaleco y una larga falda hasta los tobillos, las tres prendas de tela negra, adornadas con intrincados bordados plateados en las solapas y puños que simulaban patrones florales. Al frente, a la altura de su cuello, portaba una resaltante pajarita de un vibrante color naranja, y a la altura de la cintura un fajín del mismo color que caía elegante sobre la falda. El cabello lo llevaba ahora recogido en una coleta alta, atado con un pañuelo también anaranjado.

El atuendo era sobrio, un poco sencillo incluso. Aun así, estaba preciosa, como Emiliano nunca había visto a una mujer lucir antes. Una figura etérea, casi irreal. Como estar viendo no a una cantante o artista cualquiera, sino a una reina o una diosa, alguien a quien uno debía estar rebosante de alegría con tan solo tener el honor de poder posar sus ojos en ella.

Emiliano se quedó ensimismado admirando a aquella hermosa aparición, y solo reaccionó cuando la voz del Coloso resonó con fuerza en los altavoces hablando por el micrófono. Emiliano ni cuenta se había dado de que él estaba de hecho ahí también, de pie al lado de Rosario.

—Muy buenas noches a toda nuestra distinguida clientela —pronunció con elocuencia y bastante soltura, y su potente voz retumbó en el bar entero. Los aplausos callaron de golpe—. Bienvenidos a este su bar, La Plaza Garibaldi, ¡el mejor bar de mariachis de toda Colombia!

Aquello último lo pronunció con tanta fuerza y energía que se le contagió de inmediato al público, que gritó de emoción y aplaudió con fuerza. Emiliano debía admitir que hasta a él le habían dado ganas de hacer lo mismo.

El Coloso esperó a que todos guardaran silencio de nuevo antes de continuar.

—Como cada noche, hoy les tenemos un gran espectáculo a la altura de nuestros mejores clientes. Y para comenzar con esta fiesta, les quiero presentar a la voz que ilumina este establecimiento. La luz que calienta nuestros corazones. Con ustedes, Rosario Guerrero, ¡el Lucero de México!

El público estalló en aplausos, y ahora sí que Emiliano no dudó ni un poco en hacer lo mismo. Para cuando logró darse cuenta de lo que hacía, estaba de hecho aplaudiendo con, quizás, un entusiasmo desmedido. Aquello le apenó un poco, en especial al notar la mirada inquisitiva y la sonrisita astuta en Katia. Se forzó entonces a recobrar la compostura y volver a sentarse en su taburete.

«No es para tanto», se dijo a sí mismo. «Rosario canta muy bien, pero solo es música ranchera, después de todo».

Eso es lo que muy seguramente diría su abuela. De hecho, si supiera que estaba en un bar como ese, aplaudiéndole así a una cantante de rancheras… No sabía qué la mataría más, si que las aplaudiera o que las cantara.

—Buenas noches, gracias por sus amables aplausos —pronunció la voz de Rosario por el micrófono, obligando a Emiliano a poner de nuevo su total atención en el escenario—. Para comenzar esta noche, quiero dedicarle la siguiente canción a… todos aquellos que nos visitan de tierras lejanas.

Emiliano se sobresaltó al escuchar aquello. Y si eso no era suficiente, sintió que su corazón daba un brinco cuando, desde esa distancia, la mirada de Rosario pasó a través de todas esas mesas y personas, para posarse justo y directamente en él. La cantante sonrió, y Emiliano tuvo total seguridad de que esa sonrisa era para él.

—Todos aquellos que se encuentran en un viaje, y quizás extrañan su hogar —añadió Rosario con voz suave—. Esta canción es para todos ustedes. ¡Mis mariachis! —pronunció el alto, girándose hacia sus compañeros en el escenario—. Tóquenme, por favor: “¡El Viajero!”

El público aplaudió con emoción, mientras los mariachis se preparaban para tocar. Emiliano no aplaudió en esa ocasión, pues seguía bastante sorprendido. ¿Le estaba dedicando una canción a él? Lo malo era que no la reconocía por el título, aunque ciertamente describía bien lo que era en esos momentos…

Aunque “El Prófugo” sería más acertado.

Los instrumentos comenzaron a tocar, cubriendo el lugar entero con el resonar de las trompetas, las guitarras y los violines. Rosario se mecía hacia un lado y hacia el otro al ritmo de la música, girando también un poco, envolviéndose en ella como si quisiera que su cuerpo entero la absorbiera.

Cuando fue momento de comenzar a cantar, se paró firme en el centro del escenario con el micrófono en una mano y la otra extendida hacia el público.

Yo soy ese viajero
que va por el camino,
por brechas y veredas,
buscando su destino.



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En el texto hay: mexico, colombia, telenovela

Editado: 21.04.2026

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