La Hija del Mariachi: Promesa de Amor

Capítulo 13: Hasta luego y en paz

Capítulo 13:
Hasta luego y en paz

Al salir por la puerta principal y encontrarse de frente con la fría noche de Bogotá, Emiliano tuvo un cruel recordatorio de que se había quedado sin chaqueta durante el asalto. Solo la delgada camisa blanca le cubría el cuerpo, y abrazarse a sí mismo no tenía algún efecto particular en amortiguar el malestar.

—¿Ya lo corrieron tan pronto? —escuchó que pronunciaba una voz burlona a su lado, seguida de una risilla desdeñosa.

Emiliano se giró con cuidado, lo suficiente para ver al mismo portero de hace un rato, sentado en un taburete al lado de la puerta, y contemplándolo con una expresión atiba bastante molesta.

—Yo ya sabía que en cuanto don Carlos llegara y lo viera en esas fachas, lo iba a sacar a patadas de su bar —indicó el portero, al que creía recordar Rosario había llamado Lionel.

—Pues felicidades, tenía razón —masculló Emiliano por lo bajo con una sonrisita forzada. No había sido precisamente así, pero como si lo fuera.

Fue muy evidente para él que, entre la repentina llegada de su jefe y la presencia de aquel prepotente hombre trajeado, no le haría ningún bien a Rosario quedarse más tiempo; si acaso, terminaría perjudicándola aún más. Así que lo mejor era que se retirara por las buenas, y ya no causarle más problemas a una persona cuyo único pecado esa noche había sido ayudarle desinteresadamente.

No obstante, no podía sacarse de la cabeza la imagen de aquel sujeto tomándola del brazo de esa forma tan… posesiva, agresiva, prepotente… Ni siquiera sabría qué palabras usar para describirlo. Pero lo que fuera, había disparado en él una reacción inmediata que no fue capaz de controlar. Él no solía reaccionar así; no iba con su carácter. Pero cuando aquel hombre le había cuestionado si acaso pensaba golpearle… ciertamente la idea le había cruzado por la cabeza.

«Este sitio en verdad me está afectando», se dijo a sí mismo al tiempo que se tallaba el rostro, recordando casi al instante sus heridas.

Era mejor que ya no pensara en eso. Aquello no era su problema, y quizás había terminado en realidad perjudicando más a Rosario que ayudándola. Un hombre así podría agarrarla contra ella, y la siguiente vez no estaría para defenderla… o lo que fuera que había intentado hacer allá.

Además, lo mejor era también para él mismo irse de una buena vez, volver a su hotel, lamerse las heridas, como algunos dirían, e intentar que su cabeza no le estallara por todos los problemas que se iban acumulando en su interior. El asalto, la situación en México, su orden de aprehensión, la reciente imposibilidad de poder dejar el país próximamente, provocando que su estadía en Colombia tuviera que prolongarse indefinidamente… Era demasiado. Necesitaba descansar, con urgencia.

Miró a su alrededor, intentando ubicarse, o más bien identificar en qué dirección debería estar su hotel. Recordaba al menos en qué dirección había venido con Rosario, pero no creía que aquella fuera la ruta correcta hacia su destino. Además, ¿qué pretendía? ¿Volver a caminar a solas por las mismas calles oscuras en las que ya lo asaltaron? Ni él podía ser tan descuidado y osado.

Se giró a mirar de reojo al portero Lionel, que se había entretenido, al parecer, leyendo el periódico. Emiliano suspiró con resignación y se dirigió hacia él, forzándose a usar el tono más amable que le era posible emitir en esos momentos.

—Disculpe, ¿sería tan amable de pedirme un taxi?

—¿Un taxi? —exclamó Lionel, casi como si la palabra le resultara desconocida—. ¿Para usted?

—Sí, ¿para quién más? —soltó Emiliano con impaciencia, pero procurando no perder la compostura.

Nah, ¿y usted de qué me vio cara o qué?

—Pues creo que cara de portero, ¿no? ¿No es parte de sus obligaciones hacerles ese favor a los clientes?

—Sí, a los clientes —recalcó Lionel con tosquedad—. Pero yo no creo que usted sea uno. A ver, enséñeme su ticket de consumo.

—¡Con un…! —exclamó Emiliano, a punto de ahora sí perder la poca compostura que le quedaba, pero logró contenerse a último momento. Con un asalto y una casi pelea por esa noche le bastaba—. Bien, entonces dígame dónde cerca de aquí podría tomar uno. Si es tan amable, por supuesto.

Lionel entrecerró los ojos y se le quedó mirando en silencio, como si sinceramente ponderara entre responder su pregunta o no.

—Pues si camina para allá —le respondió agitando la mano en una dirección—, llega a la avenida y puede que tenga suerte —añadió encogiéndose de hombros.

Emiliano miró en la dirección que le señalaba. Había una avenida, sí, pero como a tres o cuatro cuadras. Y para llegar, tendría que pasar por un tramo bastante pobremente iluminado.

Dejó escapar un largo suspiro agotado.

—Gracias por su gentileza —le indicó como despedida al portero con marcado sarcasmo, justo antes de comenzar a caminar.

—No hay por dónde —le respondió Lionel de un modo similar, volviendo al instante a su periódico.

Resignado y humillado, Emiliano comenzó a caminar, listo para adentrarse de nuevo en aquellas calles. Su único consuelo era que, si lo pensaba bien, nadie podía estar tan salado, pero tan salado, como para ser asaltado dos veces en la misma noche… ¿verdad? Y que, aunque ocurriera, ya prácticamente no tenía nada que le quitaran, salvo por esos billetes en su bolsillo que esperaba bastaran para pagar el taxi.



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En el texto hay: mexico, colombia, telenovela

Editado: 04.06.2026

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