Capítulo 14:
Ando volando bajo
A la mañana siguiente, Emiliano despertó en su cuarto de hotel con el cuerpo tan adolorido como si le hubieran pasado un camión de carga por encima. Se sentó muy lentamente, consciente en cada movimiento de cada músculo, articulación y moretón. La mandíbula le dolía con tan solo moverla, y un pinchazo en las costillas le recordó el codazo que uno de aquellos maleantes le había metido. Pero lo peor parecía ser la nuca, que casi la sentía pulsar, recordándole también aquel feo golpe que lo había dejado en el suelo.
En cuanto se levantó y comenzó a caminar, el dolor mitigó, aunque solo un poco. Se paró frente al espejo, echándole un vistazo rápido a su cara. La tenía algo inflamada, y un feo moretón se extendía desde su quijada hacia un poco por debajo de su oreja, como una mancha de tinta sobre el papel.
Cuando llegó la noche anterior, por poco y no lo dejaban pasar por la finta que traía consigo. Solo hasta que insistió en quién era y en que estaba hospedado ni más ni menos que en la suite dorada, fue que los empleados cambiaron radicalmente su actitud. No hubieran hecho lo mismo si supieran que, en realidad, no tenía en ese momento el dinero suficiente ni siquiera para pagar una hora en esa suite, no se diga toda la noche que había pasado en ella. Pero esperaba que al menos esa dificultad sí tuviera próximamente una solución.
Se sentó de nuevo en la orilla de la cama y alargó el brazo hacia el teléfono sobre el buró. Marcó el número de recepción, y una voz femenina y amable le respondió tras solo unos cuantos segundos.
—Buenos días, recepción.
—Buenos días, señorita. Hablo de la suite dorada. Quería preguntar si ha llegado algún giro o depósito de México a mi nombre.
La recepcionista le pidió aguardar unos instantes, en lo que verificaba la información. Lo único que alcanzó a oír de fondo fue el sonido de sus dedos deslizándose por el teclado.
—No, Sr. Sánchez Gallardo. No tenemos registrado ningún depósito a su nombre.
Aquello disparó una pequeña alarma en la cabeza de Emiliano.
—¿Está segura? Podría no estar a mi nombre, sino a nombre de la habitación.
—No, señor, lo siento. No hemos recibido ningún giro desde México el día de hoy.
Emiliano suspiró, impaciente. Recorrió una mano por su rostro, tocando de forma indebida su área golpeada, que le recordó de esa forma su presencia.
—Está bien, gracias. Pero en cuanto llegue, por favor, llámeme. Lo estoy esperando con urgencia.
Una vez la recepcionista le confirmó su petición, Emiliano colgó. Fijó su mirada en el reloj digital a un lado de la base del teléfono. Era un poco más de las diez de la mañana, por lo que en Ciudad de México debían ser las nueve. ¿Sería tal vez demasiado temprano? ¿Quizás Miguel aún no había tenido oportunidad de hacer el movimiento que le había prometido el día de ayer?
Debía ser paciente. De seguro le enviaría el dinero en cuanto pudiera. Miguel nunca le había fallado, y no lo haría en esa situación tan complicada. Tenía que confiar en él.
Se arrastró de nuevo fuera de la cama y se dirigió al baño. Se desvistió lo más rápido que sus heridas le permitieron y se metió a la ducha. Bajó la regadera, abrió la llave y dejó que el agua caliente cayera sobre él. La sensación cálida resultó reconfortante en su espalda, hombros y en su nuca adolorida. Se sintió un poco mejor.
Mientras permanecía bajo el agua caliente, intentó pensar en sus siguientes acciones. Sin el dinero de Suiza que le pasaría Miguel, no tenía cómo moverse, comprar un nuevo teléfono ni conseguir otro hospedaje. Así que estaba un poco limitado. Pero quitando eso, ¿había algo más que pudiera hacer?
«Llamar a mi papá», pensó de pronto. «Explicarle yo mismo la situación, que me diga cómo están, y en especial cómo está Cristina».
Eso sería lo más natural del mundo, y lo que más deseaba hacer en esos momentos. Pero, ¿y si las líneas de la casa estaban intervenidas? El Cuerpo Federal no era tonto, y Roberto Sánchez Gallardo, por más político importante que fuera, era el padre del fugitivo más buscado del país. El primer lugar al que esperaban que se comunicara era justo a su casa.
No, lo mejor sería no hacerlo; no de momento, al menos. Cuando tuviera otro teléfono y otro hospedaje, entonces se comunicaría con ellos, ya fuera por teléfono o quizás por correo electrónico.
Así que de momento, solo podía esperar a Miguel antes de comenzar a moverse.
Mientras cerraba las llaves de la ducha, se le ocurrió que había algo más que podía hacer.
Se vistió con la misma ropa del día anterior: la camisa blanca, ahora arrugada y con una mancha tenue de sangre cerca del cuello que no había notado anoche. El pantalón gris, también arrugado, y se colocó encima un saco también gris, que no concordaba exactamente con el pantalón, pero al menos se aproximaba. Podría haber sacado alguna de las otras prendas que traía en su maleta (que no eran muchas), pero, teniendo ya casi un pie afuera del hotel, prefería no deshacerla. Lo que sí es que intentó fajarse y peinarse lo mejor posible, para intentar dar la apariencia más profesional y seria posible; no fuera a ser que de nuevo sospecharan que no se estaba hospedando ahí.
Una vez listo, salió de su cuarto y bajó por el ascensor hacia la planta baja. Ya abajo, se dirigió a la recepción, en donde atendía una mujer de pelo recogido y uniforme azul marino, que Emiliano tuvo el presentimiento de que había sido la misma que lo había atendido por teléfono. En cuanto se paró delante de ella, la mujer alzó su mirada hacia él y le sonrió de una forma que a Emiliano se le antojó un tanto ensayada. Aunque agradecía el esfuerzo que hacía por no quedarse viendo sus golpes.