Capítulo 15:
A su salud
Lucía Guerrero no se mostraba, ni se sentía, tan alegre y efusiva como era tan habitual en ella. Algo le ocurría, y no fue capaz de disimularlo ni un poco. Desde el momento en que entró por la puerta de su casa arrastrando los pies y su mochila de paso, y saludando con apenas un escueto:
—Hola…
Su madre le había observado fijamente, inquisitiva. No era época de exámenes ni de entrega de boletas, así que al menos podían estar seguras de que lo que fuera no se trataba de calificaciones. Y en efecto, lo que afectaba a la menor de las Guerrero era algo muy, muy ajeno a la escuela. Pero cuando su madre le cuestionó qué le pasaba, Lucía solo le respondió, de una forma un tanto melodramática, que no deseaba hablar de eso. Ella no insistió, al menos no en ese momento.
Sentada en la mesa del comedor, aun con su uniforme de la escuela, Lucía miraba con expresión abatida el plato de papas que su mamá le había servido, y suspiraba con tanto pesar como si cargara el mundo encima. Al parecer, ni siquiera las papas fritas podían animarla.
Demasiada consternación para una jovencita que aún no llegaba a sus dulces quince.
Su madre, sentada en la mesa delante de ella, la había contemplado en silencio por un rato. Pero su impaciencia terminó por ganarle.
—¿Y tú ahora qué traes? —insistió Raquel.
Lucía dejó escapar un largo, casi doloroso suspiro.
—Me siento mal.
—¿Mal? ¿Estás enferma? —cuestionó Raquel, con la preocupación usual de cualquier madre. Estiró su mano hacia ella por encima de la mesa y tocó su frente. No se sentía caliente, o no lo suficiente para despertar preocupación.
—Solo es mal del corazón, mami —dejó escapar Lucía, seguido de otro suspiro lastimero.
Raquel arqueó una ceja, intrigada.
—¿Del corazón? —inquirió, dudosa de siquiera haber oído bien.
Los ojos de Lucía se abrieron grandes, y rápidamente alzó su mirada en dirección a su madre. El entendimiento de lo que acababa de decir le cruzó de golpe la cabeza.
—O… de la panza —se corrigió rápidamente, colocando ambas manos sobre su abdomen y sonriendo con nerviosismo—. Sí, debe ser la panza.
—Ah —musitó Raquel por lo bajo, entrecerrando los ojos y dejando una pequeña acusación implícita en el aire—. Entonces supongo que no te vas a comer tus papas.
Extendió en ese momento su mano para retirarle el plato delante de ella, pero Lucía se apresuró a tomarlo primero y a jalarlo hacia un lado para alejarlo de su madre.
—¡No! —exclamó la jovencita con apuro—. Déjalas aquí; a lo mejor ahorita se me pasa.
Una sonrisita inocente se dibujó en sus labios, y Raquel no pudo evitar reír un poco. Por más mal del corazón o de panza que tuviera, no había forma de que Lucía Guerrero despreciara del todo las papas caseras de su mamá. Solo era cuestión de darle un poco de tiempo a que el apetito le ganara a su malestar.
El sonido de la llave en la cerradura de la puerta, y luego el de esta abriéndose, atrajo la atención de ambas.
—Mami, ya llegué —anunció la voz de Rosario desde la entrada.
—Bienvenida —pronunció en alto Raquel, y se paró en ese momento para ir a recibirla.
La puerta se cerró con su estruendo actual, y Lucía contempló cómo la figura de su hermana mayor se hacía presente en el comedor un poco después. Quizás Rosario no llegó precisamente arrastrando sus pies o su bolso como ella, pero sí que la acompañaba un aire de agotamiento, como una nube oscura sobre su cabeza.
Vestía su atuendo formal oscuro de saco y falda que debía siempre usar en el banco en el que trabajaba, y cargaba sus zapatillas de tacones en su mano, pues apenas puso un pie en su casa, se los retiró de inmediato. Su cabello negro caía suelto y libre sobre sus hombros, aunque ya no tan arreglado y peinado como lo había tenido al salir esa mañana.
—¿Por qué tardaste tanto, cariño? —le preguntó su madre con ligera consternación.
—Estaba la avenida bloqueada —explicó Rosario con ligero dejo de frustración—. El bus tuvo que dar toda la vuelta para rodearla y… En fin, lo importante es que ya estoy aquí.
Dejó de manera casi distraída su bolso en el perchero, dejó caer sus zapatillas en el suelo con la convicción de recogerlas más al rato y se dirigió a la mesa, tomando asiento en su silla habitual a un lado de su hermanita menor. En cuanto se sentó, dejó escapar un largo suspiro de alivio. Muy probablemente le había tocado ir de pie todo ese tramo extendido en el bus.
—Deja te sirvo, ¿sí? —le indicó su mamá, quien de inmediato se dirigió a la cocina. Rosario le respondió con un ligero asentimiento. Pero antes de que su madre se retirara del todo, algo pareció venirle de golpe a la mente, pues de inmediato se sentó derecha, se giró en dirección a su madre y habló alto para llamar su atención.
—Oiga, mamá. ¿No me llamó alguien de casualidad?
Ya casi en el umbral de la cocina, Raquel se detuvo y se giró a mirarla con expresión confusa.
—¿Llamarte? ¿Cómo quién?
Rosario vaciló unos segundos antes de poder responderle, aunque dicha respuesta tampoco fue precisamente del todo aclaratoria.