La hija del mercader

El vestido rosa

El peso del silencio era demasiado. No sabía por dónde empezar y sentía a Aboki moviéndose nervioso detrás. Quizá no estuviera lista para contarlo, pero quería hacerlo. Hace solo unos momentos se moría por besarlo, era la segunda vez que se acercaba tanto a un hombre y de pronto, no pudo. El recuerdo estaba ahí, torturándola, amenazándola con siempre perseguirla.

Aboki se acercó a ella, intentando pasar un brazo alrededor de sus hombros, pero dudó. Ella lo prefirió así, al menos no sentiría lo que se estaba jugando. Respiró profundo y se imaginó que estaba sola.

Todo había sido tan ridículo, una mezcla de circunstancias que la hicieron actuar fuera de sí. Esa mañana, Adelia había sufrido otra desilusión cuando un caballero se negó a verla. Se trataba de un hombre viejo y viudo que buscaba más una sirviente que una esposa y, aun así, no la quiso. Su padre había estallado en furia y amenazas, pero nada de eso importaba. Adelia sabía la verdad, nadie jamás la querría.

Esa tarde, ella estaba en el almacén recogiendo el dinero y apilándolo en torres de monedas, jugando más que trabajando. Las campanas de la puerta anunciaron la entrada de un cliente y al alzar la mirada se encontró con Caranthir.

Ella ya lo conocía, era uno de los hombres más guapos de la ciudad, un viejo amigo de su padre. Adelia le gustaba fantasear con alguien como él. Su propio príncipe azul. Ella pensaba que estaba viudo, puesto que conocía a sus hijas, pero jamás había visto a su mujer.

Apenas la vio le sonrió. No necesitaba nada más para enamorarla.

Cuando dijo eso, un gruñido amargo brotó de la garganta de Aboki. Ella casi pudo sentir su enfado.

—¿Solo eso bastó para enamorarte? —preguntó él incrédulo. Ella sonrió tristemente y agachó la cabeza.

—Él era el único…

—Eso dicen todas —replicó Aboki enfadado. Adelia no podía entenderlo, pero quería que él entendiera su punto de vista.

—Si tú hubieras estado ahí, habría pasado lo mismo.

Él se sorprendió y emitió una risilla nerviosa. Adelia podía imaginarlo nervioso. Sintió la punta de sus dedos acariciando sus hombros. Su rostro se acercó a su cuello y su dulce aliento le hizo cosquillas en la oreja.

—¿Te habría enamorado?

Ella quiso acariciar su cabello, pero se contuvo.

—Escúchame, primero. Por favor.

Aboki volvió a tomar asiento y ella retomó su historia.

Caranthir no tardó en entablar una conversación, contaba algo sobre el clima y después sobre una de sus aventuras.

—Y entonces le golpeé en la cara —dijo haciendo una mímica con sus manos.

Adelia se rio y creyó ver un brillo extraño en sus ojos. Uno que solo se había imaginado. Uno que creía jamás le pertenecería a ella.

—Puedo preguntarte algo —dijo Caranthir sentándose frente al mostrador.

Ella ya no tenía la cabeza contra la mesa, sino que estaba erguida con las manos bajo su barbilla. Él se acercó mucho, tanto que pudo oler su perfume. Adelia creyó estar soñando.

—¿Es algo malo? —preguntó.

—Hmm, un poco incómodo.

—En ese caso, pregunta.

Para una mujer como Adelia era fácil perderse en sus imaginaciones, más todavía considerando que el amor de su vida estaba a solo centímetros de distancia.

—¿Por qué estás triste?

Esa sola pregunta la hizo regresar a la realidad. Apartó la mirada y se alejó del mostrador. En su mente estaba grabada la imagen del viudo, esa curva extraña de sus labios, la arruga en su nariz, sus ojos crueles. Él nunca amaría a una abominación. “Soportaría mujeres feas” dijo dejando caer las flores que llevaba “pero, no a monstruos. Eso no es una mujer, es un enano con un vestido”

—Me recordaron quién soy —respondió sin ver a Caranthir.

Él emitió alguna clase de susurro y se puso de pie. Adelia pensó que la dejaría, quizá así hubiera sido mejor, pero en realidad sorteó el mostrador y se arrodilló a su lado.

—¿Qué quieres decir?

¿Cómo podía ella confesar que era un monstruo? ¿cómo? Cuando él le miraba tan amablemente, bajo sus ojos se sentía una princesa y las palabras de un viudo no importaban.

—¿Cómo lo haces? —le preguntó atreviéndose a rozar su cabello —¿Cómo logras obviar mi fealdad?

Caranthir giró ligeramente su cabeza y la miró sin comprender. Ahora era su mano la que le acariciaba, pasando justamente por su marca de nacimiento.

—No eres fea, eres hermosa y ante mis ojos eso nunca cambiará.

Adelia le creyó y atesoró esas palabras. Él era su príncipe azul.

Un suspiro profundo, con tintes de decepción interrumpieron su relato. Aboki se sentía incómodo. Lo peor era que ni siquiera llegaba a lo más vergonzoso. Adelia deseó tener una mejor imaginación y cambiar por siempre la historia, pero eso no sería justo.

Tras una pausa de pocos minutos, decidió continuar. Su mente le gritaba que se detuviera que lo arruinaría todo. Ignorarla fue más difícil que la vez anterior.



#2461 en Fantasía
#477 en Magia

En el texto hay: fantasia épica, enemytolover, romantasy

Editado: 04.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.