Abrir los ojos fue una tarea titánica, sentía que algo peor que un monstruo estaba del otro lado. El mundo estaba un poco borroso por las lágrimas, así que creyó ver una sombra frente a ella. Una figura particularmente conocida.
Necesitó de varios parpadeos para que reconociera a Aboki. ¡Él no se había ido! Continuaba sentado, aunque no la miraba. Entre sus dedos jugueteaba con una cinta rosa. Silbaba una tonadilla conocida que acariciaba el corazón y le ponía los pelos de punta.
—Cara tenía razón —dijo tras un rato. Adelia agachó la cabeza, dispuesta a aceptar el sermón.
—Mi hermano siempre tiene razón —repitió con un tono de voz más burlón y lastimado.
—No te culparía si…
—No hables —interrumpió él, levantando su dedo y sin verla todavía —Yo… sabes siempre he sentido celos por mi hermano. Siempre tan enamorado, tan… perfecto. Yo lo amo, pero no tolero que tú lo ames.
—Aboki… príncipe… yo…
El príncipe regresó a mirarla, sus ojos vidriosos, había cambiado su forma natural y volvía a ser solo un hombre. Era condenadamente guapo y le miraba con tanta rabia. Ella se mordió el labio y contuvo la respiración.
—¿Lo amas?
—No —su respuesta fue rápida, un susurró apenas, pero sin duda —. Nunca lo he amado, solo quería que alguien me ame.
—¿Y a mí?
—No lo sé.
Aboki asintió y se puso de pie. Estiró la tela y la envolvió en su mano.
—Esto es lo que me trajo a ti.
Le mostró la tela, a la luz de la vela brillaba rosa y Adelia no tardó en reconocerla. ¡Era el lazo! Su lazo. Lo tocó con la punta de los dedos y continuaba igual de suave que siempre, solo que ahora no olía a ella, sino a él.
—¿Cómo?
—Mi hermano.
—¿Lo guardó?
—No lo sé. Solo me lo dio como corbatín, pero eso no importa.
Aboki se acercó más a ella, su mirada ya no era de ira, sino de algo diferente. Se arrodilló a su lado y le acarició la mejilla. Deslizó su dedo pulgar por su mejilla arrebatándole la vida a una última lágrima.
—No hay nada que perdonar.
—¿Entonces te vas?
—No, no. ¿Quién soy yo para juzgarte cuando yo mismo te busqué a base de ilusiones? No sabía más que tu nombre y ya dicté tu vida. Los dos somos iguales.
—Tú no arruinaste tu honor, no… no te entregaste.
Aboki se echó a reír y ella no tuvo más remedio que alzar la vista. No estaba fingiendo la risa, era sincera.
—Yo me he humillado demasiadas veces.
—Es diferente.
—¿Por qué? ¿Por qué soy un príncipe?
—Porque eres un hombre.
Los dedos de él le obligaron a alzar el rostro. Él estaba demasiado guapo con sus cabellos pelirrojos.
—Olvida lo que sabes de los hombres, yo no soy como ellos. Yo no pienso como ellos, yo no juzgo como ellos.
Acarició sus labios y Adelia cerró los ojos, sentía su cuerpo invadido por una especie de nerviosismo, algo que le hacía sudar y querer apartarse, pero al mismo tiempo, le invitaba a acercarse. Hubo un respiro, una pausa, donde su dedo se quedó quieto y entonces se apartó. Adelia estaba por abrir los ojos cuando sintió sus labios.
El beso fue demasiado dulce, una caricia que tocaba su piel, ella no quería separarse nunca. Todas esas canciones de amor tuvieron sentido y Adelia se permitió olvidar su recato. Le regresó el beso con ferocidad, le rodeó como pudo el cuello y apretó sus labios con más brusquedad. Él no le decepcionó.
No importaba las desilusiones, las humillaciones, las dudas. En ese momento, él era suyo y ella le pertenecía. Si hubiera sido por ella se habría quedado con él para siempre, pero el beso terminó y ella tuvo que abrir los ojos.
Él le sostenía con sus dos manos la barbilla y mantenía pegada su nariz a la suya. Le sonreía y la miraba como embriagado.
—No sé que es el amor, pero quiero descubrirlo —susurró. Su aliento era caliente y provocaba que sus labios le desearan.
—¿Tú quieres hacerlo?
Adelia no pensaba con claridad, podría decirle que sí a cualquier cosa, pero se quedó pensando sobre la pregunta.
—¿Saber qué?
—Si nos queremos.
—Yo te quiero.
—Lo dices porque te besé.
—¿Eso cambia algo?
—No lo sé.
Adelia no quería más preguntas, quería besarlo y eso fue lo que hizo. ¿Qué importaba ahora el amor? Ahora solo quería sentir y así lo haría.