La hija del mercader

Déjame amarte por completo

—No, no y no. —repetía Aboki sin poder terminar de creérselo. Adelia le miraba inocentemente y colocaba un terroncito más de azúcar a su té.

—¿Por qué? —preguntó levantando ligeramente una ceja. Sin terminar de voltearse a mirarlo.

Aboki tenía un montón de razones para decirle que no. Primero, era un viaje muy largo y estaba lleno de peligros. Segundo, la gente de su pueblo era diferente y aunque, Adelia le había aceptado, eso no implicaba que no se sorprendería de los demás. Las cosas en el Reino de las Sombras eran muy diferentes y tercero y más importante, podría verse obligada a renunciar para siempre a su padre, a su pueblo y a su legado, todo quedaría a merced de las sacerdotisas.

Aboki podría haberle explicado los tres argumentos en orden, pero decidió que el primero no le dejaba en un buen lugar. Él era un buen guerrero y podía proteger a su prometida. La segunda le exponía frente al mercader William que sorbía su té calmadamente.

Su suegro lo había aceptado con relativa facilidad, todas las mañanas le dejaba verla y muchas veces se hacía el ciego a sus desviaciones. No era muy común que los pretendientes se besaran tan a menudo, ni que trajeran tan pocas flores. Sin embargo, Aboki le había prometido que iba en serio y así se lo había demostrado.

Hace un par de noches que le había propuesto matrimonio a Adelia, su padre había dado su bendición y solo faltaba una palabra. Una, que el príncipe estaba seguro de que diría. Después de todo, su vínculo se había reforzado. Lo que comenzó como un deseo de amor, se convertía en algo más, en algo… que él ya no sabía nombrar. Sin embargo, Adelia como siempre logró sorprenderlo y le dijo que no.

—No pienso casarme, sin conocer a tu familia —dijo ella bajo la mirada de sorpresa de Aboki y su padre —. Seré princesa y merezco conocer tu reino.

Claro, ella tenía razón, pero sinceramente, su título era más decorativo que otra cosa. Su verdadero poder radicaba en el entrenamiento de exploradores que… bueno, ella no conocía.

—Déjame amarte —le dijo más tarde. Ambos estaban en el salón de té.

—¿No me amas ahora?

—Quiero amarte por completo.

—Pero eso solo pasará si nos casamos.

—No, tú conoces mi vida. Mis gustos, mi humanidad, déjame conocer tu magia.

Y así estaban. En una encrucijada que ella no cedía. Aboki estaba cada día más desesperado porque la quería, quería gritar a los cuatro vientos que la amaba y que era suya. Quería presumirla a quien sea que escuchara, pero ella continuaba terca.

Revolvió su tacita de té y respiró profundo. Sintió la mano amiga de William en su hombro y él le dirigió una triste mirada.

—Mi hija es obstinada —dijo como disculpa. Adelia asintió y giró su rostro enfadada.

—Solo quiero conocer a la familia de mi príncipe

—¿No podrías hacerlo después de la boda? —preguntó William, él era un hombre muy paciente, pero Aboki le notaba cada vez más ansioso.

—¿Temes cometer un error? —preguntó él a su vez —. ¿Sería posible que dejarás de amarme si lo que ves no te gusta?

—Jamás —dijo ella de inmediato —. Te quiero, Aboki.

—Entonces, ¿por qué no te casas? —explotó su padre.

—Porque tengo que prepararme, tengo que saber cómo actuar.

—A ellos no les importará.

—A mí, sí.

Con eso la conversación terminó, de nuevo Aboki se había quedado sin palabras. Golpeteó con los dedos la mesa y entabló un ritmo que solo a él le gustaba. El mercader varias veces se aclaró la garganta para que parara, pero el príncipe estaba muy metido en sus pensamientos.

—¿Por qué no la llevas? —dijo de pronto, agarrándole de la muñeca y fingiendo una sonrisa.

Aboki podía sentir la presión alrededor de su piel y cayó en cuenta que había enfadado a su suegro. Se disculpó rápidamente e intentó cambiar de tema sin mucho éxito.

—¿Por qué? —atacó a su vez Adelia, regalándole una sonrisa que le volvía loco.

—Ya te lo dije, podrías no regresar.

William se quedó boquiabierto y miró a su hija con tristeza.

—Yo… yo podría dejarla ir.

—No —replicó Aboki. Él había sido testigo del amor de su hermano por sus hijos, no podría hacerle eso a un padre —. No, podría separarle de su hija.

—Me he preparado toda la vida…

—No.

—Sé que será feliz contigo.

—Ella también es feliz con usted.

—Ella también está aquí —dijo Adelia frunciendo el entrecejo —. ¿Podría opinar yo?

Tanto William como Aboki agacharon la cabeza, tenían esa mala costumbre de hablar por ella, más su padre, pero al príncipe se le pegaban esas malas costumbres.

—¿Por qué crees que me retuvieran?

—Tú sabes por qué.

Aboki le hizo una pequeña demostración, revelando solo para sus ojos, la verdadera forma de su mano. Adelia asintió y terminaron de desayunar tranquilos. Más tarde el mercader se marchó y dejó a los dos tortolitos, por supuesto, acompañados por la dama de compañía de su hija.



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En el texto hay: fantasia épica, enemytolover, romantasy

Editado: 04.01.2026

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