La hija del mercader

Condiciones

Había convencido a su prometido, pero se había olvidado de su padre. Adelia estaba haciendo su maleta para partir al Reino de las Sombras cuando su padre irrumpió en su habitación. Con solo verlo, ella supo que estaba en problemas.

—Me alegra verte feliz

—Pero…

—Siempre directa al punto —se lamentó el mercader.

Adelia agachó la cabeza y se sentó al pie de su cama. Su padre hizo lo mismo.

—A veces pienso que ese chico es una mala influencia —dijo William reteniendo las manos de su hija. La joven sonrió. Sabía que ese comentario no tenía la intención de lastimarla o juzgarla, simplemente era la opinión de un padre.

—Yo también temo que lo influyas.

Ambos compartieron unas risas. Era divertido pensar en como el príncipe había cambiado sus vidas.

—Querida —dijo sonriendo después de un rato y besándole el dorso de la mano —No voy a detenerte, pero debo exigirte condiciones.

—¿Condiciones?

—Te vas sin ser una mujer casada.

—¡Papá! —exclamó ella, dándose cuenta por donde marchaba el asunto.

—He sido indulgente y he dejado al príncipe besarte más de lo debido, pero irse los dos solos es algo diferente.

—Padre, te prometo que respetaré…

—Eso no importa —interrumpió William —. Mi deber como padre y hombre de honor es protegerte, debo exigir que Jane y Susan vayan contigo.

Adelia se quedó sin palabras, no lo había pensado. Esto complicaba demasiado las cosas y por undécima vez se preguntó si estaría complicándose la vida. Aboki le permitiría entrar a su reino y descubrir sus secretos, pero no a dos desconocidas. Él tenía que velar por el bien de su pueblo y eso… eso también la asustaba.

—Si te casaras… —ronroneó su padre, aprovechando su duda.

Si se casara se solucionará todo, pero nada.

—¡No lo digas! —declaró ella, apartando su mano y levantándose de golpe. Quería gritar, que saliera las cosas por una única vez bien.

—¿Qué es lo que temes tanto?

Ella no contestó de inmediato y se alejó hacia su pequeña ventana, estaba demasiada alta, solo dejaba entrever la luz de un mundo que por primera vez se abría ante ella. ¿Qué es lo que temía? Preguntaban todos y ella no sabía cómo explicarse. No había respuestas en los libros, ni siquiera en ella misma. Era algo inimaginable que tranquilamente podría tacharse como una locura.

—¿Temes equivocarte? —volvió a cuestionar su padre y Adelia apretó los labios —. Dímelo, pequeña, por favor.

—Yo… temo… —dijo ella dejando escapar las palabras. Sintió como se alejaban y después la rodeaban. Su lengua se trabó y su mente le hizo olvidar el abecedario. No era posible explicarlo, era más bien como sentirlo.

—Yo lo entenderé.

—No, padre. No lo harás. Es…

—Tú madre también tenía dudas —dijo, de pronto.

Jamás mencionaba a su madre. A duras penas Adelia sabía su nombre y solo en una ocasión había visto su retrato. Era una mujer rubia muy hermosa. Era un misterio como había tenido una hija como ella.

Adelia volvió al lado del mercader, sabía que si mencionaba a su madre era por algo importante.

—¿De qué dudaba?

—De tantas cosas —suspiró él. Entre sus dedos enredaba y desenredaba un fino hilo. Adelia no le molestó, sabía lo difícil que era compartir algo íntimo.

—Ella era una mujer muy recatada y nuestro compromiso fue tradicional, sin embargo, yo sabía que tenía dudas. Recuerdo que titubeó cuando aceptó casarse conmigo y que lloró el día del compromiso. “¿Por qué?” le pregunté más tarde.

—¿Qué es lo que te dijo?

—No sabía bien como empezar, pero al final me susurró sus dudas. Me confesó que temía que su vida terminara. “Mi propósito es casarme, pero nadie habla del después. ¿Qué seré yo si ya soy esposa?” me dijo.

—Yo le aseguré que sería madre y señora de mi casa y dama de la sociedad. Recuerdo su sonrisa tierna y la caricia en mi mejilla, ella me dio un tímido beso y me susurró que no lo entendía y que jamás lo haría. Eso veo en ti ahora hija. Veo que temes ser esposa.

Adelia reflexionó sobre esas palabras. A diferencia de su madre ella no había llorado por el compromiso y, de hecho, se imaginaba ya en el altar, había soñado con su vestido y con su príncipe azul, pero jamás había pensado en el futuro. ¿Algo más que ser esposa? Quizá fuera cierto, quizá temía cumplir su único destino.

—Padre, yo… bueno… es que mi esposo es diferente.

—¿Lo dices por qué es un príncipe?

—Algo así.

—¿Crees que no estés a la altura?

—No lo sé. Siento que todo… que todo me sobrepasa. Temo encadenarlo a mí y yo a él. ¿Qué tal si su familia no me acepta? ¿Qué tal si yo no lo soporto? Yo quiero que él sea libre y que ambos avancemos. No podría obligarlo a renunciar a lo que es.

Su padre asintió, se acarició la barba y tras un largo rato, dejó escapar un suspiro.

—Lo entiendo, pero eso no cambia mi decisión. —Jane y Susan irán contigo. Sin discusión.

Esas fueron sus últimas palabras. Después, Adelia se quedó sola, sentada en el pie de su cama, pensando. Preguntándose y respondiéndose a sí misma, pero, sobre todo, imaginando que harían con Jane y Susan. ¿El asesinato sería una buena opción?



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En el texto hay: fantasia épica, enemytolover, romantasy

Editado: 04.01.2026

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