La hija del sol (relato corto)

La hija del sol

La calefacción de la camioneta trabaja al máximo y, a pesar de eso, tengo los pies y las manos heladas. Afuera, el camino transcurre en una panorámica repetida, cubierto de nieve.La ruta, por suerte, se halla despejada: no ha caído nieve en las últimas horas y las máquinas hacen su trabajo con rapidez. Mirando a lo lejos, delante de mí, se distingue el monte prácticamente oculto por las nubes bajas. Me pregunto si no he hecho un viaje inútil al intentar ascender en estas condiciones, pero ya estoy por llegar y no puedo echarme atrás.

“ESTACIÓN DE SERVICIO Y HOSTERÍA A 1 KM”, anuncia un cartel oxidado. Me vendrá bien un café caliente, y no como el que llevo en el termo.

—¡Buenos días, joven! ¡A pesar de todo hay que decir buenos días! —exclamó el calvo y gordo dueño de la estación.—¡Buenos días! —contesté—. Llene el tanque, por favor. ¿Tiene algo caliente para ofrecerme? —dije, golpeando las palmas.—¡La vieja bruja de mi señora lo va a atender en la hostería! ¡Pida lo que quiera! —respondió el viejo, señalando el acceso.

La hostería es pequeña, pero acogedora. Cinco mesas ocupan el reducido recinto revestido de madera. Un rústico hogar de piedra calefacciona el lugar con leños crepitantes. Me dirijo al mostrador, sobre el cual descansa una vieja caja registradora de los años cincuenta. Una mujer de unos sesenta años, canosa, con gruesos anteojos y bastante obesa, sale a mi encuentro secándose las manos en un delantal floreado.

—Buenos días, hijo. ¿Qué deseas tomar?—Buenos días, señora. ¡Deme el café más caliente que haya servido en su vida y una copita de coñac!

La mujer tomó una taza blanca y gruesa y comenzó a llenarla con la máquina situada justo detrás de ella.

—Has elegido un mal día para viajar a San Sebastián.—He elegido un mal día, pero no voy a San Sebastián, señora —contesté.—Vienes de allá, entonces —dijo, dejando la taza humeante y la copa de coñac a mi lado.—No, no. Voy al Monte Encantado.

La mujer se puso pálida. Colocó la azucarera frente a mí y respondió:

—Que gastes bromas está bien, muchacho, pero no esa clase de bromas.—No es ningún chiste, señora. Voy realmente a ese lugar.

En ese momento entró el viejo.

—Listo, muchacho, tu tanque rebalsa. Te sobrará combustible para llegar a San Sebastián.—Él no va a San Sebastián, Ramiro. Va al Monte Encantado.—¿¡Qué dices, mujer!? —exclamó el viejo, mirándome a los ojos.—Es cierto, don. Voy al monte, y no me digan nada, por favor. Ya he escuchado más de una docena de relatos y fábulas, y no han podido persuadirme para que desista de mi viaje.—Escúchame, muchacho. No sé lo que te han dicho, pero yo vivo aquí desde hace cuarenta años. Muchos jóvenes aventureros como tú he visto pasar, pero muy pocos volver. Lo único cierto es que hay algo extraño ahí arriba que aparece en determinados momentos, y cuando eso sucede, los viajeros se extravían y jamás retornan.—¡Vamos! No creerán toda esa mentira.—Nuestro hijo jamás volvió, jovencito —dijo la señora, y un velo de tristeza cubrió su rostro.

No realicé ningún otro comentario. Pagué y me fui.

Avancé unos cinco kilómetros más hasta llegar a una bifurcación del camino principal. Era una huella angosta de tierra, prácticamente borrada por el tiempo. Me detuve y bajé a inspeccionarla: no estaba para nada en buen estado. Saqué entonces las cadenas y las coloqué en las ruedas.

Avancé muy despacio. El camino ascendía serpenteando, perdiéndose en cada curva y contracurva, penetrando en la abundante forestación del monte. No era un capricho ir a ese paraje: me había propuesto tomar unas fotografías únicas, y qué mejor paisaje que el de un lugar que provocaba tantas habladurías. Era un desafío y, si lograba buenas tomas, ganaría mucho dinero en la exposición que tendría dentro de un par de semanas. Quizás la mejor época hubiera sido el verano, pero estaba hastiado de fotografiar paisajes primaverales.

El camino comenzó un ascenso brusco. La camioneta de doble tracción avanzaba lenta, pero segura, sobre la nieve. Luego de treinta minutos de marcha, el paso se vio interrumpido abruptamente por un gran tronco caído. Eso no lo tenía previsto; en realidad, no tenía previsto nada, pues no sabía con certeza hasta dónde iba a llegar.

Tendría que bajarme. Dudé un instante en abandonar el tibio habitáculo de la camioneta, pero al final me decidí. Tomé la mochila con el equipo resguardado en su interior y seguí la trepada a pie. Piedras, árboles y, sobre todo, el frío conspiraban contra mi avance.

Pasó una hora y un sudor helado bañaba mi cuerpo. Empecé a creer que me sería imposible llegar a la cumbre y que, para colmo de males, pescaría una pulmonía. Sin embargo, al término de una hora y media desde que dejé la camioneta, logré mi objetivo. Descansé un rato, guareciéndome contra un árbol.

Un bosque gris y triste se me ofrecía como un gran cuadro para mis fotos. Tomé un sorbo de coñac para mantener la temperatura corporal y monté el equipo fotográfico. Deambulé unos diez minutos tomando imágenes del hermoso, frío y desolado paisaje, pero de repente me vi envuelto en un denso manto de niebla que no me permitía ver más allá de mi brazo extendido.

La suerte me era esquiva. No podía avanzar ni retroceder; podía perderme, y si esperaba, no sabía cuánto tiempo resistiría antes de perecer congelado. Decidí mantenerme en movimiento, avanzando a tientas, tropezando y chocando continuamente, pero eso al menos me mantendría con vida.

El terreno bajo mis pies comenzó a descender y, de pronto, un paso en falso provocó la caída, haciéndome rodar cuesta abajo. Esperé el golpe contra algún árbol, pero este no llegó. La pendiente se volvió más pronunciada. Mi cabeza golpeó contra algo duro… y no observé más nada.

Desperté con un fuerte dolor de cabeza. Me llevé la mano al parietal derecho: tenía el cabello pegoteado con sangre coagulada. Todo el cuerpo me dolía, pero recién al incorporarme presté atención a mi entorno. Tenía calor y estaba tendido sobre hierba fresca y verde, que se extendía unos doscientos metros delante de mí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.