LORENZO
—Señor Varela, si usted no viene por su hija en los próximos treinta minutos, tendré que llamar a servicios sociales.
Me quedé quieto con el celular pegado al oído, mirando el contrato que acababa de firmar sobre mi escritorio. Durante unos segundos no dije nada, porque estaba completamente seguro de haber escuchado mal. No podía ser otra cosa.
Mi día iba demasiado bien como para que una mujer desconocida llamara a decirme semejante estupidez. Había cerrado uno de los negocios más importantes de mi vida, mi empresa por fin estaba en el punto más alto, mi agenda estaba llena hasta la noche y lo único que pensaba hacer era terminar la jornada, ir a una cena aburrida con inversionistas y luego regresar a mi penthouse a tomar una copa en silencio. Esa era mi vida, ordenada, exitosa y perfecta.
—Creo que se equivocó de número —dije, dejando la pluma sobre el escritorio—Yo no tengo hijas.
—Su número está registrado como contacto principal de la menor, señor Varela —contestó la mujer, con un tono de voz que empezó a molestarme —La niña lleva más de dos horas esperando. Todos los demás estudiantes ya se fueron.
Suspiré pesado y me pasé una mano por la cara. No estaba para bromas, mucho menos para errores administrativos. Me levanté de la silla y caminé hasta el ventanal de mi oficina, intentando no perder la calma. Abajo, la ciudad seguía igual, llena de luces, autos y gente corriendo de un lado a otro. Todo seguía en orden, todo menos esa maldita llamada.
—Revise bien sus datos —contesté fastidiado —No conozco a ninguna niña.
—Se llama Mía Montclair.
Nada. Ese nombre no me dijo absolutamente nada. Mía. Era un nombre bonito, sí, pero no mío, no de mi vida, no de mi mundo. Estuve a punto de colgar, llamar a Clara y pedirle que arreglara ese asunto antes de que me siguiera dañando la tarde, pero la mujer habló de nuevo.
—La madre tampoco contesta.
—Entonces insista con ella —dije, un poco más seco —No entiendo por qué me llama a mí.
—Porque la madre es Selene Montclair. —Sentí una ligera punzada en el pecho
Selene.
No escuchaba ese nombre desde hacía años, y aun así lo reconocí de inmediato. Era imposible no hacerlo. Selene Montclair no era una mujer que uno olvidara con facilidad, aunque yo había hecho el esfuerzo. Un verano, una playa, demasiadas copas, demasiados besos y una despedida extraña que nunca quise analizar. Eso había sido. Una aventura, nada más.
—Conocí a Selene hace años —dije, apretando la mandíbula —Eso no significa que tenga una hija.
—No soy yo quien lo dice, señor Varela. Es la niña. —Cerré los ojos unos segundos.
—Mire, no sé qué le dijo Selene, pero esto no es mi problema. —El silencio al otro lado de la línea me hizo sentir más incómodo de lo que me estaba poniendo la sola llamada.
—La señora Montclair llegó muy mal esta mañana —dijo la mujer, ahora con la voz más baja —Estaba pálida, parecía enferma. Le pregunté si necesitaba ayuda, pero dijo que no. Desde la hora de salida no hemos podido localizarla, la niña está asustada, señor Varela y si nadie viene por ella, debo reportarlo.
Maldición.
Apreté el celular con fuerza, no quería involucrarme, no tenía por qué hacerlo. Si Selene había tenido una hija y por alguna razón absurda había puesto mi número en una ficha escolar, eso era algo que ella debía explicar, no yo. Yo no era el hombre que iba por niñas perdidas, ni el salvador de nadie, ni mucho menos un padre improvisado.
Entonces escuché una vocecita al fondo.
—¿Ya viene mi papá? —Me quedé helado.
Fue una voz pequeña y dulce, cansada, como de alguien que había preguntado lo mismo demasiadas veces y aun así seguía esperando la misma respuesta. Sentí una molestia rara en el pecho, una presión incómoda que no supe cómo interpretar. Miré mi oficina, mis muebles lujosos, mi contrato firmado, mis premios sobre la repisa, todo lo que había construido con años de trabajo, y por primera vez en mucho tiempo nada de eso me pareció tan importante.
—¿Quién habló? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Mía —contestó la mujer —Su mamá le dijo que, si algún día ella no podía recogerla, usted iría por ella. —Solté una risa sin humor.
—Qué conveniente.
—Tal vez, pero ella es solo una niña. —Eso me cerró la boca com una bofetada.
La puerta de mi oficina se abrió justo en ese momento y Clara entró con una carpeta en la mano, como siempre, sin tocar primero, porque después de cinco años trabajando conmigo parecía creer que mi oficina también era suya. Me miró con el ceño fruncido en cuanto notó mi cara.
—La cena con los inversionistas está confirmada para las ocho —dijo, pero enseguida se detuvo —¿Qué pasó?
La miré sin saber muy bien qué decir. Clara Benítez era eficiente, directa y tenía la horrible costumbre de notar cosas que yo prefería esconder. Podía engañar a un salón lleno de empresarios con una sonrisa fría, pero Clara me veía dos segundos y ya sabía si algo estaba mal.
—Cancela la cena —dije.