LORENZO
—Llegaste tarde, papá. —No supe qué hacer con esas palabras.
Me quedé parado frente a ella como un completo idiota, con la foto de Selene aún en la mano y la maestra mirándome como si esperara que yo hiciera algo normal, algo humano, algo que cualquier padre haría en una situación así. Pero ese era el problema, yo no era padre, o al menos no lo había sido hasta cinco minutos antes, cuando una niña con uniforme arrugado, trenza casi desarmada y mochila decidió mirarme como si yo fuera suyo desde siempre.
Abrí la boca para decir algo, pero me detuve.
La frase que tenía en la punta de la lengua era cruel, demasiado cruel para una niña que llevaba horas esperando.
Quise decirle que yo no era su papá, que todo esto era un error, que su madre debía explicarme muchas cosas antes de que alguien me impusiera una paternidad en los hombros. Pero Mía me miraba con esos ojos ilusionados y la mochila apretada contra el pecho, y por primera vez en mucho tiempo me trague las palabras.
—Tu mamá no ha llegado —dije al fin, porque fue lo único decente que se me ocurrió. Ella bajó un poco la mirada.
—Lo sé. —Su voz sonó tan tranquila que me incomodó más.
Apreté la mandíbula y miré a la maestra buscando una salida, una explicación, cualquier cosa que me sacara de esa escena donde todos parecían saber qué papel tenía menos yo.
—Señor Varela —dijo la maestra en voz baja —necesito que firme la salida de Mía. No podemos quedarnos más tiempo con ella y si usted no la recibe, debo reportar la situación.
—Ya me lo dijo por teléfono.
—Y se lo repito porque sigue mirándome como si esperara que yo solucionara la situación. —La miré mal. Ella ni parpadeó. Empezaba a caerme pésimo, pero al menos tenía carácter.
—No puedo llevarme a una niña que no conozco —dije, bajando la voz para que Mía no escuchara, aunque sabía que estaba escuchando todo.
—Entonces llamaré a servicios sociales.
Mía apretó más la mochila. Lo noté de inmediato, sus deditos se cerraron en la tela con miedo, aunque quizá no entendiera del todo lo que significaba. Maldije por dentro. Esto era absurdo, todo era absurdo. Yo había salido de mi oficina para aclarar un error, no para decidir qué hacer con una niña que tal vez era mía, tal vez no, pero que definitivamente no tenía a nadie más en ese momento.
—Deme el papel —pedí.
La maestra asintió y me llevó otra vez a la oficina. Mía caminó detrás de nosotros sin hacer ruido. Eso también me molestó. Los niños debían hacer ruido, ¿no? Gritar, correr, preguntar cosas sin parar. Ella no. Ella caminaba callada, abrazada a su mochila, como si la tuvieran maltratada u obligada a mantenerse en silencio.
Firmé donde la maestra me indicó. Mi nombre quedó escrito debajo de la palabra responsable, y tuve que contener una risa porque nada en esa tarde se sentía menos responsable que yo firmando por una niña desconocida. Entregué mi documento, respondí preguntas básicas y recibí una copia de la ficha de Mía. Todo era demasiado formal para algo que me estaba volviendo la cabeza un desastre.
—¿Tiene una silla para auto? —preguntó la maestra. La miré.
—¿Una qué? —La mujer cerró los ojos un segundo buscando paciencia.
—Una silla infantil para el auto, señor Varela.
—Nunca he transportado niñas de seis años en mi auto, de hecho, nunca me he acercado a un niño. —Mía levantó la mano despacio.
—Yo tengo una en la casa. —La miré. Ella también me miró seria. —Mamá dice que no debo ir en carros sin silla porque es peligroso.
—Tu mamá tiene razón —dijo la maestra, mirándome con acusación.
—Entonces iremos primero a tu casa a buscar a tu madre. —Mía asintió apenas, pero sus ojos se iluminaron un poco al escuchar lo de su madre.
—¿Vamos a buscar a mamá?
—Eso dije.
—¿Y si está dormida?
—Entonces la despertamos.
—Mamá duerme mucho cuando le duele. —La maestra y yo nos miramos. No me gustó nada esa frase.
Salimos de la oficina y Mía intentó cargar su mochila sola. Era grande, pesada, y la tiraba un poco hacia atrás. Me acerqué para tomarla, pero ella retrocedió de inmediato.
—Yo puedo. —Me detuve con la mano en el aire.
—Solo iba a ayudarte.
—Yo puedo —repitió, más bajito. —No insistí. No sabía tratar con niñas, pero hasta yo entendía cuando alguien estaba defendiendo lo poco que podía controlar.
La maestra nos acompañó hasta la entrada, me entregó una hoja con la dirección de Selene y algunos números de emergencia que, según ella, debía tener. Me habló de cosas como horarios, alimentos, alergias y autorizaciones, y yo traté de escuchar, pero la mitad de mi cabeza seguía atorada en la palabra papá.
Papá.
Jamás nadie me había llamado así.
—Cualquier novedad, por favor avíseme —pidió la maestra, inclinándose hacia Mía para besarle la frente —¿Sí, pequeña? —Mía asintió y luego me miró a mí, como si esperara que yo también prometiera algo.