La Hija Secreta del Ceo cruel.

02.

—¿Nos conocemos?

La pregunta de Gabriel Santoro se quedó suspendida entre los dos con una calma horrible, como esas cosas pequeñas que parecen inofensivas hasta que una entiende que pueden cambiarlo todo. Yo tenía los papeles apretados contra el pecho, las rodillas todavía un poco débiles por el golpe y el corazón haciendo un escándalo dentro de mí, tan fuerte que por un segundo pensé que él iba a escucharlo y entenderlo todo. Sí, nos conocíamos. Esa era la respuesta verdadera. Nos conocíamos en una terraza iluminada por luces doradas, en una noche que empezó con una copa de agua y terminó con mi dignidad rota sobre una mesa. Nos conocíamos en el silencio de una habitación de hotel, en la marca invisible de una ausencia, en los ojos de una niña que esa misma mañana me había preguntado si su papá sabía que existía.

Pero no podía decirle eso.

No allí.

No con su mirada fija en mi rostro como si estuviera tratando de encontrar una puerta cerrada dentro de su memoria.

Respiré con cuidado y obligué a mi boca a moverse antes de que el silencio me delatara.

—No lo creo —respondí, acomodando los documentos con dedos que apenas me obedecían—. Tal vez vio mi nombre en algún correo de selección o en mi hoja de vida.

Gabriel no apartó los ojos de mí. Ese fue el problema. Otra persona habría asentido, habría seguido su camino, habría dejado que la explicación cayera y muriera ahí. Él no. Él me miró con esa intensidad fría, precisa, como si estuviera acostumbrado a detectar grietas en reuniones, contratos y personas. Como si mi respuesta no le gustara, no porque fuera imposible, sino porque no le alcanzaba.

—Tengo buena memoria para los rostros —dijo.

Sentí una risa amarga subir por mi garganta, pero la contuve. Qué bonito. Buena memoria para los rostros, pero no para las noches que arruinaban vidas. Buena memoria para una cara borrosa en un lobby, pero no para una mujer que despertó sola después de haberle creído una mirada. No dije nada de eso. Me limité a sostenerle la mirada con una calma que me costó muchísimo más de lo que él podía imaginar.

—Entonces quizá mi rostro se parece al de alguien —dije—. Pasa a veces.

—No tanto como cree.

La frase me rozó la piel de una manera incómoda. No fue un halago. No sonó como una de esas frases vacías que algunos hombres lanzaban para incomodar mujeres en pasillos elegantes. Fue más bien una observación, una pieza suelta sobre una mesa. Y eso me asustó más, porque Gabriel no parecía estar jugando. Parecía estar intentando recordar.

El ascensor volvió a abrirse detrás de nosotros y varias personas entraron sin prestarnos demasiada atención. Ese movimiento me salvó de responder. Me hice a un lado de inmediato, como si solo necesitara despejar el paso, cuando en realidad quería salir corriendo del edificio, cruzar la calle, tomar cualquier taxi y volver con Mía antes de que el destino decidiera reírse más de mí. Pero entonces recordé la factura del arriendo, los zapatos gastados de mi hija, el cereal de chocolate prometido, el mensaje pendiente del jardín. Recordé que una madre no siempre podía darse el lujo de huir de los fantasmas. A veces tenía que sentarse frente a ellos y pedir empleo.

Gabriel bajó la mirada a mi pase temporal.

—Área de comunicaciones y estrategia —leyó—. Piso veintiséis.

—Sí. Tengo una entrevista con Claudia Méndez.

—La entrevista final será arriba —dijo, como si aquello no acabara de hundirme un poco más—. Claudia está en una reunión conmigo. Puede subir.

Me quedé quieta.

—¿Arriba?

—Piso treinta y dos.

Claro. Porque el universo no se conformaba con ponerme frente a él en el lobby. También quería encerrarme con Gabriel Santoro en un ascensor, como si tuviera una especie de sentido del humor cruel y carísimo.

—Puedo esperar en recepción —intenté.

—No es necesario.

No sonó como una orden, pero tampoco como una sugerencia. Gabriel se movió hacia el ascensor y yo lo seguí porque mi cuerpo, traidor y educado, decidió comportarse como si no estuviera al borde de una crisis. Entramos juntos. Las puertas se cerraron y el reflejo metálico nos devolvió una imagen que me hizo apretar los dedos alrededor de mis papeles. Él a mi lado, impecable, tranquilo, poderoso. Yo a unos centímetros, fingiendo que su perfume no me estaba abriendo recuerdos que había enterrado con uñas y rabia.

El ascensor empezó a subir.

Durante unos segundos no hablamos. Yo miraba los números cambiar sobre la puerta, concentrada en respirar. Gabriel, en cambio, parecía mirarme a través del reflejo.

—¿Está nerviosa? —preguntó.

Casi me reí.

—Estoy en una entrevista para una empresa enorme —respondí—. Sería raro no estarlo.

—La gente suele fingir seguridad aquí.

—Yo prefiero fingir que no me estoy muriendo por dentro. Es más honesto.

No sé por qué lo dije. Tal vez porque el miedo me aflojaba la lengua de maneras poco convenientes. Tal vez porque una parte de mí, diminuta y furiosa, no quería comportarse como una candidata temblorosa frente al hombre que una vez me había dejado sintiéndome menos que nada. Gabriel giró apenas el rostro hacia mí. No sonrió, pero algo en sus ojos cambió. Una chispa breve, incómoda, como si mi respuesta le hubiera interesado más de lo que esperaba.

—Interesante forma de venderse para una entrevista.

—No estaba vendiéndome. Estaba siendo sincera.

—La sinceridad también puede ser una estrategia.

—Solo cuando uno la usa para manipular. Yo la uso porque todavía no me alcanza el sueldo para pagar una personalidad falsa.

Ahora sí, su boca se movió apenas. No una sonrisa completa. Gabriel Santoro no parecía un hombre que regalara sonrisas así porque sí. Fue apenas una línea mínima en su expresión seria, pero la vi. Y odié verla, porque me recordó que alguna vez ese hombre también había parecido humano.

Las puertas se abrieron en el piso treinta y dos. Salimos a un pasillo amplio, silencioso, con pisos brillantes y paredes de vidrio. Todo allí parecía diseñado para que una se sintiera observada incluso cuando no había nadie mirando. Gabriel caminó con seguridad, y yo lo seguí con el estómago apretado hasta una sala de reuniones donde una mujer de unos cuarenta años, elegante sin exageración, revisaba unos documentos junto a una mesa larga.




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