La Hija Secreta del Ceo cruel.

03.

Mía celebró mi nuevo trabajo como si yo hubiera ganado una corona, una mansión y un suministro vitalicio de cereal de chocolate. Apenas le dije que debía empezar en Santoro Global esa misma mañana, abrió los ojos como platos y empezó a saltar en la cama con Bruno apretado contra el pecho, todavía en pijama, despeinada y con una felicidad tan limpia que me dio vergüenza sentir miedo. Para ella, aquel empleo significaba cosas sencillas: cereal del bueno, zapatos nuevos, quizá una mochila con brillantina que llevaba semanas mirando en una tienda del barrio. Para mí, en cambio, significaba entrar todos los días al edificio donde trabajaba Gabriel Santoro. Significaba compartir aire con el hombre que no recordaba haberme cambiado la vida. Significaba caminar sobre un piso elegante mientras debajo de mí se abría una grieta enorme llamada pasado.

—Entonces ya eres una señora importante —dijo Mía, bajándose de la cama con una solemnidad preciosa, como si estuviera hablando con una ministra.

Yo estaba frente al espejo, intentando acomodarme el cabello de una forma que dijera “profesional competente” y no “mujer que durmió cuatro horas pensando en el padre secreto de su hija”.

—Todavía no, amor. Apenas soy una señora asustada con contrato.

Mía frunció la nariz.

—Pero con contrato suena importante.

—Con contrato suena a que por fin podré respirar un poquito.

—¿Y comprar cereal de chocolate?

Me giré hacia ella y levanté una ceja.

—Sabía que tu preocupación era profundamente económica.

—Es cereal, mamá. Es serio.

Camila, que estaba sentada en la orilla de la cama comiéndose un pan como si viniera a supervisar una cirugía emocional, levantó una mano.

—La niña tiene razón. Hay temas que sostienen familias enteras. El cereal de chocolate es uno.

Yo solté una risa pequeña, pero la risa se me quedó a medias cuando vi a Camila mirarme con esa expresión suya de amiga que sabía demasiado. Habíamos hablado poco la noche anterior, apenas lo suficiente para que ella entendiera la magnitud del desastre. “El presidente de la empresa es el papá de Mía” no era una frase que necesitara explicación adicional para que se te helara la sangre. Camila quiso convencerme de renunciar antes de empezar. Yo quise hacerle caso. Pero luego miramos la lista de gastos sobre la mesa, las deudas pequeñas acumulándose como hormigas y a Mía dormida en su cuarto con los zapatos gastados junto a la cama. La realidad nos ganó la discusión sin levantar la voz.

—Mía, ve a lavarte los dientes —dijo Camila con dulzura—. Yo ayudo a tu mamá a terminar de parecer una adulta.

—Ya parece —respondió Mía—. Solo triste.

Se me apretó el pecho.

Camila le dio un besito en la frente.

—Entonces ve, que yo le pongo cara de valiente.

Mía salió del cuarto arrastrando los pies y cantándole algo a Bruno. Apenas la escuchamos cerrar la puerta del baño, Camila dejó el pan sobre una servilleta y me miró sin bromas.

—Isa, una cosa es necesitar el trabajo y otra es fingir que ese hombre no puede abrirte una herida con solo mirarte.

Me quedé observando mi reflejo. La blusa estaba bien. El maquillaje también. Desde afuera, parecía una mujer lista para iniciar una oportunidad laboral importante. Desde dentro, era un edificio con demasiadas paredes agrietadas.

—No voy a darle ese poder —respondí.

Camila soltó un suspiro suave.

—Ese poder no se da. A veces se queda pegado donde dolió.

La odié un poquito por tener razón.

—No tengo opción.

—Lo sé. Por eso estoy asustada contigo y no en contra de ti.

Me giré y la abracé. No fue un abrazo largo porque si lo hacía largo iba a llorar, y llorar antes de entrar al primer día de trabajo era de muy mal gusto, incluso para mi vida, que últimamente tenía una afición ridícula por el drama. Cuando salí del apartamento, Mía me dio un beso fuerte y me pidió que no dejara que “los jefes con cara seria” me regañaran. Yo le prometí que intentaría gruñir de vuelta si era necesario. Ella pareció satisfecha.

Al llegar a Santoro Global, la sensación fue distinta a la del día anterior. Ya no entraba como candidata. Entraba como empleada, con un pase nuevo, un correo corporativo recién creado y una responsabilidad que se me sentaba en los hombros con demasiado peso. La recepcionista me reconoció, me entregó las indicaciones para recursos humanos y me deseó bienvenida con una sonrisa educada. Yo respondí igual de educada, aunque por dentro tuve la impresión absurda de que el edificio acababa de tragarme oficialmente.

Mientras subía en el ascensor hacia el piso veintiséis, repetí mis reglas internas como si fueran una oración de emergencia. No iba a buscar a Gabriel. No iba a mirarlo de más. No iba a permitir que su voz me empujara otra vez a una noche que había sobrevivido a golpes. Iba a trabajar, a cobrar, a cuidar de Mía y a salir de allí cada día con el secreto intacto. Sonaba sencillo. Casi bonito. Una mentira bien peinada para empezar la mañana.

Claudia me recibió en el área de comunicaciones con una carpeta en la mano y esa energía serena de las personas que viven apagando incendios sin dejar que se les queme el peinado. Me presentó al equipo creativo, un grupo de escritorios llenos de tazas, papeles, pantallas con diseños abiertos y gente que parecía haber desarrollado una relación íntima con el café.

—Equipo, ella es Isabella Ríos. Se une desde hoy para apoyar estrategia y narrativa de campaña —anunció Claudia—. Isabella, ellos son Valeria, Marcos, Daniela y el resto del equipo base.

Valeria fue la primera en levantarse. Tenía una sonrisa cálida, ojos despiertos y una de esas presencias que hacían que una habitación pareciera menos hostil.

—Bienvenida al caos con aire acondicionado —dijo, estrechándome la mano—. Si necesitas café, contraseñas o terapia verbal, estoy dos escritorios a la derecha.

—Lo tendré en cuenta —respondí, sonriendo.




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