La Hija Secreta del Ceo cruel.

04.

Renata se alejó por el pasillo como si no acabara de dejarme con el corazón apretado en una mano. Sus tacones siguieron sonando sobre el piso brillante, firmes, elegantes, seguros, y yo me quedé quieta unos segundos con el vaso vacío entre los dedos, tratando de convencerme de que aquella conversación no había sido tan peligrosa como mi cuerpo insistía en decirme. Pero mi cuerpo sabía. Mi piel sabía. Ese frío que me subió desde la espalda hasta la nuca no era imaginación. Renata no me había mirado como una mujer que intentaba ubicar un rostro conocido. Me había mirado como alguien que acaba de encontrar una ficha perdida de un juego viejo y decide guardarla para usarla en el momento exacto.

Volví al área creativa con pasos cuidadosos, intentando parecer normal. Claro, normal en mi caso significaba caminar derecha mientras por dentro una versión diminuta de mí corría en círculos gritando. Valeria levantó la vista cuando me vio regresar y su sonrisa se apagó un poco al notar mi cara. Marcos, en cambio, estaba inclinado sobre su pantalla, peleando con un diseño y murmurando cosas feas contra una tipografía que, según él, “tenía personalidad de funcionario amargado”.

—¿Todo bien? —preguntó Valeria, bajando la voz cuando me senté.

—Sí —mentí, abriendo de nuevo el archivo de campaña—. Solo necesitaba aire.

Marcos giró la silla hacia mí y me observó con teatral seriedad.

—Primer día y ya tienes cara de haber conocido a la reina oscura del piso ejecutivo.

Lo miré con una sonrisa pequeña, cansada.

—¿Tan rápido se nota?

—En esta empresa hay tres tipos de cara: la de “necesito café”, la de “Gabriel Santoro revisó mi propuesta” y la de “Renata Salvatore me sonrió”. Tú traes una mezcla peligrosa de las tres.

Valeria le lanzó una mirada de advertencia, pero no pude evitar que se me escapara una risa bajita. Me hizo bien, aunque fuera por un segundo. Luego mis ojos regresaron a la pantalla y allí seguía la foto de Gabriel junto a Renata, congelados en una cercanía elegante que me apretó el estómago. Ella sonreía con esa perfección de mujer acostumbrada a ganar incluso cuando no competía, y él estaba serio, distante, pero cómodo a su lado. Había algo en esa imagen que me dolía sin que yo tuviera derecho a admitirlo. No eran celos. No exactamente. Era otra cosa. Era la sensación de que esa mujer había pertenecido a su mundo desde siempre, mientras yo apenas había sido una equivocación con vestido prestado.

Intenté trabajar el resto de la tarde. Lo hice, de hecho. Revisé textos, marqué problemas en la propuesta, mandé comentarios a Claudia y fingí que mi cabeza no estaba partida entre el presente y una noche vieja que empezaba a abrir los ojos. Pero cada vez que veía el nombre de Gabriel en un correo o escuchaba a alguien mencionar a Renata en el pasillo, el recuerdo se movía dentro de mí como una cosa viva. Gabriel era el recuerdo que me dolía. Renata, en cambio, era la amenaza que acababa de despertar.

Cuando por fin terminé mi jornada y salí de Santoro Global, sentí que el aire de la calle era menos elegante, pero más mío. Respiré como si hubiera estado horas bajo el agua. En el camino a casa, miré varias veces el celular. Camila me había escrito un par de mensajes preguntando si seguía viva, si había renunciado, si necesitaba que fuera a rescatarme con una bolsa de pan como arma. No le respondí de inmediato. No porque no quisiera, sino porque todavía no sabía cómo poner en palabras lo que había ocurrido. ¿Cómo se explicaba que no solo había encontrado a Gabriel, sino también a la mujer que quizá recordaba la peor noche de mi vida?

Mía me recibió en la puerta como si yo hubiera vuelto de una guerra y, honestamente, no estaba tan lejos de la verdad.

—¡Mamá! —gritó, corriendo hacia mí con Bruno colgando de una mano—. ¿Tu trabajo tiene cafetería?

La abracé fuerte, enterrando la cara en su cabello. Olía a champú, a galleta y a casa. A todo lo que yo necesitaba proteger.

—Tiene café, muchas pantallas y gente que parece necesitar dormir más.

—¿Y jefes gruñones?

Me quedé quieta un segundo.

Camila, desde la cocina, levantó la cabeza como una detective.

—Eso queremos saber todas.

Me separé de Mía y le acaricié una mejilla.

—Hay jefes serios.

—Eso significa gruñones con ropa bonita.

—Probablemente.

Mía pareció pensar en eso como si fuera información muy importante.

—¿Y ya podemos comprar cereal de chocolate?

—Todavía no cobro, pulguita.

—Pero ya casi.

—Ya casi.

Esa promesa mínima le bastó para sonreír. A mí casi me rompió de ternura. Después de cenar algo sencillo y ayudarla a ordenar sus cosas para el jardín, la dejé dibujando en la sala mientras Camila me arrinconaba en la cocina con una taza de té que no pedí, pero que acepté porque mis manos necesitaban hacer algo.

—Habla —dijo.

—Renata está en Santoro Global.

Camila se quedó inmóvil.

—¿Renata quién?

—Salvatore. Directora de alianzas. Cercana a la familia Santoro. Muy cercana, según Valeria.

Camila dejó la taza sobre la mesa con cuidado.

—¿La misma mujer de la gala?

—No lo sé. No estoy segura. Pero la vi y… —me froté la frente, intentando ordenar la sensación—. Algo en ella me recordó esa noche. Luego se cruzó conmigo en el pasillo. Me dijo que mi rostro le resultaba familiar. Lo dijo como si no estuviera preguntando.

Camila bajó la voz.

—¿Te reconoció?

—No claramente.

—Isa.

—No lo dijo.

—Las mujeres como ella no necesitan decir claramente las cosas para empezar una guerra.

Me quedé callada porque eso era justo lo que yo había sentido. Renata no había disparado. Solo había cargado el arma delante de mí para que yo entendiera que la tenía.

Esa noche, después de acostar a Mía y leerle el mismo cuento de animales que ya se sabía de memoria, me quedé sentada en el sofá con la luz apagada y la ciudad sonando bajito detrás de la ventana. Camila se había quedado un rato más, pero al final se fue porque también tenía vida, aunque a veces yo sospechaba que su misión principal era evitar que la mía se derrumbara. Cuando el apartamento quedó en silencio, el pasado entró sin pedir permiso.




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