La Hija Secreta del Ceo cruel.

06.

La voz que no debía escucharse

Desperté con esa sensación horrible de haber dormido y, aun así, no haber descansado nada. El recuerdo del sobre se me había quedado pegado a la piel como un perfume viejo, de esos que una no soporta pero que tampoco logra quitarse del todo. Abrí los ojos antes de que sonara la alarma y me quedé mirando el techo de mi habitación, escuchando los ruidos pequeños del apartamento: una moto pasando en la calle, el zumbido de la nevera, Mía murmurando algo desde su cuarto, probablemente regañando a Bruno en sueños por alguna falta gravísima de oso de peluche. Durante unos segundos quise quedarme allí, escondida bajo la sábana, fingiendo que Santoro Global no existía, que Gabriel seguía siendo un fantasma enterrado, que Renata no me había sonreído en un pasillo como si acabara de encontrar una navaja con mi nombre.

Pero luego recordé el arriendo. La lista de útiles del jardín. Los zapatos de Mía. El cereal de chocolate que se había convertido en símbolo nacional de nuestra supervivencia económica.

Así que me levanté.

En la cocina, Mía estaba sentada en una silla, despeinada, con una media puesta y la otra en la mano, mirando su plato como si el pan tostado le hubiera contado una noticia decepcionante.

—¿Tu jefe gruñe mucho? —preguntó apenas me vio entrar.

Me detuve en la puerta, todavía medio dormida, y la miré.

—Buenos días a ti también, criatura curiosa.

—Buenos días. ¿Gruñe?

—No lo suficiente para que me paguen extra por soportarlo.

Mía abrió los ojos con indignación.

—Deberías cobrarle.

—Eso pensé.

—Dile: “Señor jefe, cada gruñido vale mil pesos”.

Me reí mientras le acomodaba la media que tenía en la mano.

—Si hago eso, probablemente me despide antes del almuerzo.

—Entonces dile bonito.

—Ah, claro. Los impuestos del gruñido, pero con ternura.

Mía asintió muy seria, como si acabáramos de diseñar un plan financiero impecable. La miré allí, con su uniforme arrugado, su cara de sueño y esa confianza absoluta en que yo podía resolverlo todo, y sentí otra vez la fuerza feroz que me empujaba a seguir. Gabriel no podía saberlo. Renata no podía acercarse. Santoro Global tenía que ser solo un trabajo. Nada más. Una puerta que cruzaba por necesidad y cerraba detrás de mí cada tarde antes de volver al único mundo que realmente importaba.

Camila llegó diez minutos después para llevar a Mía al jardín. Traía gafas oscuras y un vaso de café enorme.

—Vengo como niñera, escolta emocional y testigo por si decides renunciar dramáticamente en la entrada del edificio —anunció.

—Hoy no tengo tiempo para dramas.

—Eso dijiste ayer y terminaste encontrando a Renata Salvatore en modo víbora ejecutiva.

Mía levantó la cabeza.

—¿Qué es víbora ejecutiva?

Camila y yo nos miramos.

—Una señora que trabaja mucho y sonríe raro —respondí rápido.

—Ah. Como la mamá de Samuel.

—Exactamente como la mamá de Samuel —dijo Camila, sin culpa alguna.

Me despedí de Mía con un beso largo y me marché antes de que el miedo me convenciera de quedarme. Al llegar a Santoro Global, el edificio ya no me pareció simplemente elegante. Me pareció lleno de trampas. Cada pared de vidrio podía devolverme el reflejo de Gabriel. Cada pasillo podía esconder a Renata. Cada ascensor podía llevarme hacia una pregunta que no quería contestar. Aun así, subí al piso veintiséis con la espalda recta, repitiéndome que yo no estaba allí para resolver el pasado. Estaba allí para trabajar.

En el área creativa, Marcos me recibió levantando su taza como si brindara.

—Segundo día y aún no has renunciado. Eso ya te pone por encima del promedio emocional del departamento.

—Buenos días, Marcos.

—¿Ves? Hasta saludas. Prometedora.

Valeria apareció con una carpeta y una sonrisa amable.

—Tus observaciones de ayer gustaron mucho.

—¿Eso es bueno o malo?

—En esta empresa, ambas. Gustaron porque eran buenas. Incomodaron porque eran ciertas.

—Maravilloso. Mi especialidad: incomodar con fundamento.

Marcos chasqueó los dedos.

—Pon eso en una tarjeta de presentación.

Intenté sonreír, pero la tranquilidad duró poco. A media mañana llegó un correo de Renata con copia a Claudia, a Gabriel y a medio mundo importante. El asunto era tan inocente como falso: Comentarios sobre enfoque emocional de campaña. Lo abrí con una sensación de mal presentimiento clavada en el estómago.

Renata cuestionaba mi propuesta con palabras elegantes y veneno bien peinado. Decía que el enfoque sugerido por “la nueva integrante del equipo” podía romantizar en exceso la marca, diluir su fuerza corporativa y convertir una campaña de posicionamiento en una pieza sentimental sin estructura. Todo escrito con tanta educación que casi daba risa. Casi.

Sentí las mejillas calientes. No era solo una crítica laboral. Era una advertencia. Renata estaba diciéndome que podía atacarme sin tocar mi pasado, que podía hacerme tambalear desde mi trabajo, que podía ponerme bajo la lupa de Gabriel y de Claudia cuando quisiera.

Valeria se acercó al notar mi expresión.

—¿Renata?

Asentí.

—Quiere decir que mi enfoque es demasiado emocional.

Marcos apareció detrás de mi silla.

—Traducción: le molesta que tu idea tenga pulso y no use perfume de funeral corporativo.

Agradecí la broma, pero mis manos ya estaban sobre el teclado. No iba a responder desde la rabia. Renata quería verme temblar. No le daría ese gusto.

Escribí con cuidado. Agradecí sus observaciones. Defendí que una marca corporativa podía sostener autoridad sin renunciar a la cercanía. Expliqué que la confianza no se construía solo desde cifras, sino desde experiencias reconocibles, y que humanizar la campaña no significaba debilitarla, sino darle memoria emocional. Leí el correo tres veces antes de enviarlo. Cuando lo hice, sentí que acababa de lanzar una piedra pequeña contra una ventana muy cara.




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