La historia del olvido

El patio

—Disculpa, ¿qué? — Ella retoma lo que sea que estaba contando.

Perdón Male me encantaría escucharte, pero detrás suyo veo dos manos que acompañan un relato aparentemente gracioso, el resto ríe fuerte exagerando muecas. Siempre tan ocurrente. Male sigue diciendo cosas e intento una vez más poner atención. “Basta, me duele la panza. No es necesario seguir contando mis vergüenzas”, oigo un cantito risueño y mi intento de estar presente se esfuma. Estás lejos. Te pierdo entre almas danzantes, libres y anhelantes que se buscan, se encuentran y funden en una masa amorfa de alegría. Una luz brillante apunta hacia aquella risilla vergonzosa, la sigo buscando el faro de tan cálido gesto y ahí está. En él se proyectan ciento de escenas: deseo, éxtasis, diversión, vehemencia ¿Por qué?

Entonces vuelvo a aquel día en el que ellos me encandilaron con emociones, me elevaron y soltaron rápido, caía lento e intentaba aferrarme a todas ellas -ya no podía aferrarme a nosotros-, en algún momento desapareciste.

Lo sabía. Aun así lo intente en nombre del amor, en nombre de lo que alguna vez sentimos.

Perdón por aferrarme.

Perdón por retenerte.

Los miro desde esta silla de plástico caliente por el sol, deshidratándome por los poros, entrecerrando los ojos logro verlos elevados. Bajo la vista, la realidad me espera. Malena sigue hablando, él lo hizo otra vez. Hijos, una boda, dependencia emocional, obsesión, imposición familiar.

No puedo estar en este lugar, adios.




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