La historia del olvido

La cama

Me pongo de costado, me duele el brazo. Miro al techo, me pica la espalda. Me giro apoyando la cara en la almohada, odio estar boca abajo. Las sábanas se sienten húmedas y asperas, una vuelta, dos… no soporto esto. Mientras busco un nuevo juego de sábanas escucho susurros, ojos burlones me llaman. “Basta”, digo intentando no mirar. Cambio toda incomodidad probando que tan lejos está el cansancio. Las almohadas están calientes, las tiro al piso, realmente necesito una. Las observo, cayeron cerca de la puerta del armario, la deje abierta. Risas escapan de él. Le doy la espalda, el ruido aumenta y la ridiculez me toma impidiendo cualquier empeño por apagar la cabeza. Los susurros se convierten en voces fuertes y claras, “aunque nos hayas ocultado en el rincón más oscuro y frío que encontraste seguimos acá”. Realmente tengo que dormir, por favor. “Solías contemplarnos con tanto amor, velabas por nuestro bienestar, ¿qué te hicimos?”. Basta. “Te ayudabamos a dormir mejor, volvías a esos momentos felices con…”. El cuerpo se mueve por sí solo, camina hasta ese lugar, me acerco y toco solo la tapa. Cada vello del cuerpo se me eriza y tiemblo.

Cierto, olvide sacar la basura. Meto la caja dentro de la bolsa negra y la llevo al contenedor más lejano que esta fría noche me permite.




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