Mis manos se mueven solas. Esos primeros acordes siempre nos llamaron a la acción. Deslizó un pie, luego el otro; mis manos siguen el ritmo, el violín invisible replica con precisión cada nota. Por un momento, las cuerdas se quedan mudas y la percusión toma el silencio y lo convierte en el lamento más alegre que alguna vez oí. La madera chilla bajo tus pies. Siempre quisimos aprender a zapatear, jamás lo hicimos. Tus pies vuelven la historia triste un absurdo, deberías haber ido a esas clases. La risa se escapa casi sin querer y retumba en las paredes blancas de una casa vacía en la que ya no estás.
La música se detiene y saco la última caja de la casa a la que alguna vez llamamos hogar.
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Editado: 06.02.2026