La Historia Entre Los Dos

48 ⌘ Ausente

En retrospectiva, Tai siempre tuvo el presentimiento de que algo no andaba bien.

Como aquella vez que se rompió la rodilla en clase de gimnasia. Había despertado con un terrible dolor de cabeza que no la había dejado pensar en todo el día. Por su puesto que eso había coludido a que perdiera el equilibrio en la barra y aterrizara de lleno en su pierna, para después acabar su día en el hospital.

O cuando había despertado con náuseas justo antes de descubrir que Jayden Rogers había regresado a la escuela después de haber sido suspendido.

En fin. Cuando Tai se sentía mal desde que despertaba, era porque su sentido arácnido estaba alerta a cualquier cosa que pudiera pasar.

En su defensa, el día había iniciado de la manera más aburrida posible. Exceptuando cuando golpeó el dedo pequeño del pie con la base de la cama al levantarse, yéndose de lado cuando maldijo aún medio dormida. Y por si eso no fuera poco, volvió a golpearse el mismo dedo cuando salió del baño.

Así que nadie podía culparla por creer que algo no andaba bien mientras esperaba a que Alek pasara por ellos, parada en la escalinata de la entrada de la mansión, cuando ya tenía más de veinte minutos de retraso. Con el teléfono en un oído y mordiéndose la uña del pulgar, Tai estaba fulminando la reja de acceso, como si eso fuera invocación suficiente para que apareciera el Golf de Alek.

El número marcado se encuentra apagado o no lo contestan, verifique el nú…

Ahora Alek tenía veinticinco minutos de retraso y al menos ocho llamadas perdidas de Tai. 

No era raro que Alek se retrasara. A veces se le hacía un poco tarde por el tráfico, pero eran máximo cinco minutos.

—Se ha de haber quedado dormido —Tai miró hacia atrás, donde Kai se encontraba sentado en las escaleras jugando con su teléfono sin molestarse en mirar a su hermana mientras hablaba—. No sería extraño con la cantidad de ejercicio que está haciendo últimamente.

Kai tenía un punto. Alek había hablado con ella la noche anterior, diciéndole que estaba considerando no correr con Volk y así ganar al menos una hora de sueño por la mañana. Tai se burló de él porque parecía que no podía decir más de cuatro palabras sin incurrir en un bostezo, quitándole seriedad a cualquier tema del que estuvieran hablando.

El sonido del motor los hizo mirar hacia la entrada, pero la reja seguía cerrada, y fue la limusina negra la que se estacionó frente a ellos.

—Vamos —Kai se levantó de las escaleras, guardándose el teléfono en el saco del uniforme para empujar levemente a su hermana—. Podemos pasar a su casa para despertarlo si ese idiota de verdad está en el quinto sueño.

La casa de Alek no estaba tan lejos como para desviarse de la escuela a pesar del considerable retraso que llevaban. El no ver el auto de Alek estacionado en la cochera fue lo que detonó un cosquilleo en los brazos de Tai. Ese mismo sentimiento de que algo andaba mal hizo que su alma pesara en su pecho e hiciera que le costara trabajo respirar.

Una mano en su brazo la hizo mirar hacia un lado. Kai la conocía lo suficiente para saber que estaba comenzando una crisis de nervios en silencio. Tai lo vio morderse los labios en una línea fina para intentar no sonreír ante su nerviosismo.

—Relájate, Anya también usa el auto de vez en cuando.

Tai lo sabía. Pero no explicaba porque Alek no contestaba el teléfono.

Caminaron hacia la entrada de la casa cuando el auto se estacionó. Tai trató de parecer lo más calmada posible a pesar de sentir que estaba apresurando el paso. Lo preocupante de la situación era que todo estaba sumido en un sepulcral silencio. 

Kai fue el que tocó el timbre, pero el silencio siguió presente, y Tai sintió que estaba formando parte de una película de terror por la escena tan siniestra.

Como buen cliché de mellizos, se movieron sincronizados para asomarse por los vidrios de la puerta, tratando de divisar el interior de la casa. Todo parecía en orden, las cosas estaban en su lugar, y si Tai algo había aprendido de las novelas policiacas y series criminales que había visto en la televisión, era que si alguien hubiera entrado a la fuerza, las cosas estarían destrozadas. Solo había un plato y una taza olvidados sobre la mesa, pero ni siquiera el ladrido de Volk se escuchaba a lo lejos.

—Todo parece estar en orden —concluyó Kai, separándose de la puerta para dar media vuelta.

—Pero no hay nadie —le recordó Tai aun tratando de encontrar vida dentro de la casa.

—Eso no significa nada malo.

Kai se encogió de hombros, caminando hacia la limusina. Cuando no escuchó los pasos de su hermana tras de él, se detuvo para observarla, aún con el rostro pegado a la puerta. Suspiró cansado, volviendo a sacar el teléfono del bolsillo del saco del uniforme.

—Tai —no volvió a hablar hasta que su hermana lo miró, mostrándole el aparato—. ¿Te relajarías si le envió un mensaje de texto a Anya? 

Tai lo sopesó por un momento, mirando hacia la puerta. Su mente se enfocó de nuevo en esa taza y plato en medio de la mesa, como si alguien hubiera estado desayunando antes de desaparecer. El escenario era menos tétrico de como Tai lo estaba percibiendo, de eso estaba segura. Aun así, el sentimiento de incomodidad siguió impregnado en su piel como un parásito.




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