La Historia Entre Los Dos

Capítulo Extra ⌘ Orgullo y Prejuicio Parte 3

Tai se detuvo frente a la puerta del gran salón donde Kai le había dicho que estarían los Grant, sus padres, y muy probablemente el Príncipe.

Kai era el indicado para abrir la puerta, dando pie a la gran entrada que Tai debería hacer para su futura familia.

Pero verlo de pie a su lado, sin mover un músculo, con los brazos tras la espalda, era algo que estaba comenzando a impacientarla.

—¿Sucede algo?

Kai no respondió, y Tai estaba a punto de abrir la boca para volver a preguntar en dado caso que su hermano no la hubiera escuchado la primera vez, cuando alguien más se colocó al otro costado de ella, acomodándose el saco y la corbata en un movimiento eficaz.

—Lo lamento —la voz ronca de Serge, la mano derecha de Kai, los saludó.

—Tardaste bastante —refutó Kai, fulminando a su amigo por encima de la cabeza de Tai.

—No es mi culpa que exista una debutante cada tres pasos que doy —Serge ni siquiera despegó los ojos de la puerta frente a ellos—. Y al parecer, muchas de ellas no saben tomar un “no” por respuesta.

Tai parpadeó, como si no entendiera lo que estaba hablando Serge, hasta que vio al grandote posar sus ojos en ella, sonriendo con cariño en su dirección.

—Lady Nazarova.

—¿Por qué entrarás de chaperón conmigo también?

—Porque al parecer, tu hermano tiene la loca idea de cargarte sobre su hombro y sacarte de aquí si creyera que tu próximo esposo no es digno de tí. Que, si me permites decirlo —Serge miró a Kai rápidamente antes de volver con Tai—, es muy factible que suceda. Así que estoy aquí para impedirlo.

—Entonces, qué bueno que llegaste a tiempo —sonrió Tai.

Tarde —insistió Kai, inclinándose para tomar el pomo de la puerta—. Aún estás a tiempo. El rubio sigue en el salón de baile.

—Ya basta, Kai —Tai hizo un puchero—. Abre la puerta.

—Como tú quieras —suspiró Kai, haciendo exactamente lo que le ordenaron.

El salón principal no era otro que el salón de lectura de los DiMarco. Siempre era el favorito de Tai, y el que Mia más odiaba. Aún así, Tai recordaba pasar algunas tardes metida entre esas cuatro paredes leyendo con sus amigas sobre cualquier mundo fantástico que había escrito en las páginas de los libros cuando eran niñas.

Y justo en ese momento, la historia de amor que se iba a desarrollar estaba por escribirse.

Respirando profundo, Tai cerró los ojos, poniendo la imagen de Alek sonriendo en el salón de baile en el fondo de su mente, concentrándose en lo que tenía que hacer. Volviendo a abrir los ojos, Tai puso su mejor cara y se dirigió seguida de Kai y Serge hacia donde estaban sus padres hablando con otro matrimonio.

Ambos eran personas altas, incluso la mujer era más alta que el hombre. Usaba el clásico vestido de categoría que una Condesa podía tener, con un peinado extravagante que contrastaba con la piel morena, adornando los rizos oscuros con un tocado de plumas y un pequeño broche de zafiros.

Tai sonrió involuntariamente, su mente viajando hacia el dueño de un par que tenía por ojos.

El Conde vestía igual que el resto de los caballeros de su clase, sonriendo al ver a las tres personas que caminaban en su dirección, cosa contraria a lo que hizo la Condesa, que miró a Tai de arriba abajo con el mentón alzado.

Con cortesía, tanto Serge como Kai inclinaron un poco la cabeza, primero saludando al Conde y luego a la Condesa. Los Condes correspondieron, centrando su atención en Tai cuando Kai elevó su mano.

—Señores, mi hermana, la hija del Duque de Sacramento, Lady Tailime Nazarova.

Tai hizo una pequeña reverencia, tomando un extremo del vestido con la mano libre para que no tocara el suelo, en señal de respeto. Cuando se levantó, solo el Conde había correspondido su saludo, dejando a la Condesa Grant tan inerte como un pilar en medio de la biblioteca.

No supo que hacer, esperando unas palabras de bienvenida, o un veredicto, sobre todo por la manera en la que Tai se sintió juzgada por los ojos turquesos.

Y supo que si estaba siendo juzgada cuando los ojos de la Condesa terminaron en su rostro, frunciendo el ceño en desagrado.

—Pensé que nos tenían más estima como para cuidar su apariencia en este encuentro tan importante.

Kai miró de inmediato a su hermana, arrugando la nariz molesto ante el comentario. Tai ya se miraba a sí misma, pasando sus ojos por todo su vestido rosa pálido y lleno de olanes en búsqueda de algo que estuviera fuera de lugar. Pero seguía igual de linda que como habían salido de casa, incluso un poco más sonrojada desde que Tai había estado bailando con el tal Alek.

Pero nada parecía estar fuera de lugar, y mucho menos justificaba la actitud grosera de la mujer.

—Mira ese cabello —la Condesa se burló, sus ojos clavados en el tocado de Tai—, parece que alguien no tuvo suficiente cuidado al peinarse.

Tai se llevó en automático una mano al lugar en específico donde la Condesa se refería.

—La simetría es una virtud, un requerimiento en la vida para encontrar el balance perfecto hasta en el más mínimo detalle diario.

—Tai, cariño —Adele fue la que se acercó hasta la melliza, sus ojos puestos en la mano que Tai mantenía en el cabello, justo donde faltaba una flor de su tocado—. ¿Qué sucedió?

El rostro de Tai palideció, y Kai tuvo que girar los ojos de lo obvia y culpable que lucía su hermana. Ese era el lugar donde antes había estado la flor que Tai había dejado en la mano del rubio. Algo así como un recuerdo de guerra. Ridículo y cursi, como solía ser Tai.

Por eso Kai intervino antes de que su hermana sufriera un colapso por no saber qué decir.

—Emma Miller tuvo un percance con su peinado hace un momento. Tailime y Lady DiMarco la ayudaron a reponerse, y Tailime donó una de sus flores para reponer las que perdió en el incidente.

—Oh, cielos, pobrecilla —Adele se llevó una mano a los labios, consternada—. ¿Todo bien con Emma?




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