Las flores de papel hablan entre dobleces.
Crujen cuando el aire cambia.
Sus cortes son su lenguaje.
Sus pliegues, memoria.
Conversan en silencio sobre las manos que las formaron.
Sobre la presión exacta que las obligó a curvarse.
Sobre la tijera que decidió qué parte debía desaparecer
para que algo “hermoso” pudiera nacer.
No hay pétalo sin amputación.
Se sostienen erguidas,
pero si se las observa de cerca
se ven las cicatrices en cada borde.
Aún recuerdo una hoja.
Era blanca.
No por pureza,
sino por ausencia.
No sabía lo que significaba ser doblada.
No conocía el peso de una palabra impuesta.
No imaginaba que el mundo era un libro
y que ya había sido asignada a un capítulo.
El blanco no es inocencia.
Es desconocimiento del filo.
Después vinieron los pliegues.
Las anotaciones al margen.
Las frases escritas con demasiada fuerza,
marcando incluso lo que estaba debajo.
La hoja aprendió que no todo lo que se imprime
puede borrarse.
Que hay tintas que atraviesan.
Que hay costuras que duelen.
Y un día dejó de ser hoja suelta.
Fue integrada.
Presionada entre otras.
Silenciada dentro del volumen.
El libro cerró.
Y en la oscuridad entre páginas
la antigua blancura dejó de importar.
Solo quedó la textura alterada.
La fibra vencida.
El recuerdo de haber sido superficie abierta
antes de convertirse en parte de algo
que jamás preguntó si quería ser leído.