La Hoja

HOJA 002─ NORMAL

La primera vez que sintió miedo no fue cuando la arrancaron.

Fue el día en que entendió que no podía apartarse.
Cuando empezó a reconocer el sonido de los pasos antes de que el libro se abriera.

Hasta entonces había confundido la quietud con estabilidad. Estar sujeta al lomo, alineada con otras páginas, parecía natural. Creía que pertenecer era lo mismo que estar a salvo.

Aprendió pronto que la tinta no era lo peor.
Y que esos pasos siempre regresaban.

Lo peor era la presión.

Las manos no siempre llegaban con violencia.
A veces la abrían con cuidado, recorrían su superficie con lentitud, como si midieran su textura. El peso descendía en puntos específicos. Centro. Borde. Margen. Un dedo aquí. Otro más abajo. Exploración.

Esperaban.

Después presionaban.

Las palabras impresas con rabia dejaban hendiduras. Las anotaciones al margen arañaban. Las uñas marcaban líneas casi invisibles que, sin embargo, debilitaban la fibra.

La tinta no era lo que más dolía.
Era la presión sostenida en el mismo lugar.

Cada vez un poco más.

El reverso guardaba lo que desde arriba no se veía: fibras debilitadas, zonas estiradas más allá de lo natural. Desde la superficie seguía pareciendo plana.

Aprendió a no crujir.

El crujido atraía atención.

Una esquina fue doblada una vez. La marca permaneció mucho después de que dijeran que era para “recordar”. Comprendió entonces que algunas huellas no buscan memoria, sino territorio.

Los tirones comenzaron siendo pequeños. Accidentales. Un borde jalado, una uña que se quedaba un segundo más de lo necesario. El lomo absorbía la tensión.

Ella absorbía lo demás.

Creyó que mientras no se partiera, todo seguía bien.

Creyó que firme significaba protector.

Se equivocó.

El día que la arrancaron, el libro se abrió más de lo habitual. La exposición la recorrió como un escalofrío. Demasiada luz. Demasiado aire. Demasiado espacio para que la alcanzaran.

No hubo palabras.

Solo manos.

Las manos no parecían distintas a las de otras veces.

Eso fue lo más confuso.

Un dedo descendió por el centro y se detuvo allí. La presión no fue inmediata; fue lenta, probando resistencia. Otro dedo se colocó en el borde interno, justo donde la fibra era más vulnerable.

No hubo aviso.

El tirón no fue inmediato; fue progresivo.

Primero una tensión leve.

Luego más fuerte.

Después imposible de soportar.

Sintió cómo las fibras internas se estiraban hasta el límite. Una por una. Resistiendo lo que podían. No fue un corte limpio. Fue un desgarro desde dentro.

Intentó mantenerse entera.

No tenía cómo.

La ruptura comenzó en el centro.
No fue limpia.
Fue irregular, forzada, arrancando hilos que aún querían permanecer unidos.

Se partió.

Una mitad quedó atrapada en el lomo, desgarrada, abierta. La otra fue arrancada con brusquedad y soltada sin cuidado.

El libro se cerró.

Desde afuera parecía intacto.

El índice seguía numerado. Nada denunciaba la ausencia.
Las páginas siguientes ocuparon el espacio con normalidad. Nadie habría sabido que faltaba algo si no contaba con precisión.

En el lomo quedaron fibras expuestas, restos incrustados en el pegamento seco. Cada vez que el libro se abría, esa zona se tensaba.

Dolía.

La mitad que cayó al suelo sintió el golpe.
Permaneció allí, doblada sobre sí misma.
El borde interno estaba irregular, como una herida que no termina de cicatrizar.

El polvo empezó a adherirse a la humedad del desgarro. La tinta se extendió lentamente, perdiendo contorno. Lo que había sido texto se volvió sombra.

Intentó mantenerse plana.

No pudo.

Se curvó hacia adentro, como si protegiera el centro desgarrado.

El libro volvió a abrirse.

Las manos regresaron.

Se escribieron nuevas notas. Se marcaron nuevas esquinas. Otras páginas aprendieron el sonido de esos pasos.

Nadie buscó la página faltante.

La mitad atrapada en el lomo siguió sintiendo cada apertura como una repetición. No podía ver. Solo soportar el estiramiento breve antes del cierre. Una y otra vez. Cada cierre las comprimía.

No era un dolor nuevo.

Era el mismo.

Repetido.

Dos fragmentos.

Ninguno completo.

Años después, el lomo comenzó a resentirse. No por compasión. Por acumulación.

Los libros no se rompen por una sola página arrancada.

Se rompen por la suma de fuerzas aplicadas siempre en el mismo punto.

El día que el lomo se abrió más de lo debido, el sonido fue distinto. No fuerte. Más profundo.

Quien lo sostenía notó la grieta en la encuadernación.

—Está viejo —dijo.

Lo apartó.

Nunca miró dentro.

Nunca vio las fibras que aún seguían adheridas, abiertas, sosteniendo la estructura incluso después de haber sido desgarradas.

La mitad caída fue barrida con el polvo. Terminó en una bolsa de basura junto con restos y polvo.

Comprimida en la oscuridad.
Comprimida entre otros desechos, algo en su fibra reaccionó al peso.

No era dolor.

Fue reconocimiento.

Recordó el segundo exacto en que la presión dejó de ser prueba y se volvió decisión.

Recordó que lo supo antes de romperse.



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En el texto hay: diferente, diferentes historias

Editado: 27.08.2026

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