Nadie recoge las hojas feas.
Las rotas.
Las que crujen al tocarlas.
Las que ya no pueden sostener escritura limpia.
Se prefiere lo intacto.
Lo blanco.
Lo que aún no muestra señales de uso.
Las hojas dañadas incomodan.
Recuerdan demasiadas cosas.
Así que se barren.
Se pisan.
Se dejan bajo otros papeles hasta que desaparecen de la vista.
El libro, mientras tanto, continuó llenándose.
Pero en el lomo, donde nadie mira,
los fragmentos acumulados comenzaron a tensar la costura.
Pequeños restos.
Fibras atrapadas.
Memorias comprimidas.
No fue inmediato.
Los libros no colapsan por una sola hoja.
Pero cada arrancamiento dejó residuos.
Cada desgarro añadió presión invisible.
Y un día, al cerrarse con la misma fuerza de siempre,
el lomo crujió distinto.
No por la hoja arrancada.
No por compasión.
Por acumulación.
Aun así,
cuando el libro finalmente se agrietó,
nadie pensó en las páginas que habían sido arrancadas.
Solo lamentaron que ya no cerrara bien.
Porque a nadie le importan las hojas feas.
Ni las rotas.
Solo importa el libro
mientras pueda seguir aparentando
que está completo.
…