--Muñoz --oigo la voz de mi jefa luego del satisfactorio chasquido de la cámara --Mire esto. Es importante.
Me aproximo a Emily con mi artefacto en la mano, lista para realizar la siguiente fotografía. El resplandor de la cámara capta el gran bolso negro sobre el piano del espacio. El cuerpo de un joven no mayor de treinta años yace bajo el escenario, roto bajo su peso.
--Ha caído desde las gradas interiores del escenario --dice el detective junto a mi jefa. Julian Soares. Cómo no, su hermano --. Alguien debió empujarlo.
--Creo que fue un suicidio --añade Emily, conforme los demás forenses vacían la bolsa del fallecido. Yo sigo con mi trabajo; un chasquido tras otro --. Si lo hubieran empujado, estaría boca abajo, y no lo está.
--Interesante lugar para suicidarse --comenta su hermano
--Además --continúa ella, ignorando las palabras de Julian --, no creo que tenga enemigos, mira la cara de chulo que tiene --dice, con voz fingida.
Me aproximo para tomarle foto al cadáver, rodeado de tablones despedazados y astillas por doquier.
--Se vería más chulo si no tuviera el cráneo reventado --digo. El resplandor de la cámara ilumina el rostro del pobre muchacho --. Ya he terminado.
--¿Le tomó foto a sus pertenencias? --Inquiere mi jefa.
--Sí. Una llave, un reloj de bolsillo y unas notas. Mañana las llevaré a la oficina.
--De acuerdo, Muñoz. Puede retirarse
Me despido con la mano y suelto un bostezo apenas me giro hacia la salida. Recibí la llamada de Emily a las tres de la madrugada porque un hombre del vecindario oyó un estrepitoso sonido dentro del teatro. Apuesto a que no se imagina la razón.
Por suerte, vivo a tan solo dos cuadras del teatro; aunque --para sorpresa de nadie-- en este pueblo todo está a solo dos cuadras.
Arrastro los pies por la sucia vereda hasta llegar a la puerta de mi casa, con la cámara colgando de mi cuello como un accesorio más.
Meto las manos en los bolsillos de mi saco para tomar las llaves. Encuentro un encendedor en su lugar. Qué ridiculez. Ni siquiera fumo o algo por el estilo. Tampoco recuerdo haberlo guardado aquí; aunque últimamente mi memoria no es muy fiable. Lo meto, restándole importancia, y esta vez tomo mis llaves, pero se traban al engancharse con un objeto igual, pero más pequeño.
Dios Santo, solo quiero entrar a mi casa.
Retiro con gran empeño la pequeña llave estancada y abro la puerta de mi casa con la herramienta correcta.
Meto el pendrive en la cámara para descargar las fotografías del crimen. Dejo la desconocida llave en el cajón de mi escritorio y paso a la cocina para hacer lo mismo con el encendedor. De algo me va a servir. Y con respecto a la diminuta pieza, bueno...ya veré qué hago con ella.
Regreso a mi escritorio vestida con mi cómodo pijama y pantuflas. Retiro el pendrive y lo conecto a mi ordenador.
«Duración de la descarga: 12 minutos y 36 segundos» Y contando. Iré a por helado. Si voy a quedarme despierta toda la madrugada espero tener algo frío en la boca para no caer dormida sobre el teclado.
Me deslizo a la cocina con las pantuflas de cerdito bajo mis pies. Un día de estos me caeré de cara por patinar hacia el congelador. Saco el helado de chocolate de dudosa marca y tomo mi cuchara favorita. Tiene mis iniciales «GM». Greta Muñoz. Por supuesto --como la suerte siempre me acompaña--, el utensilio se dobla por la dureza del postre.
Tomo otra cuchara y dejo mi preferida sobre la mesada. Después la reparo.
Cuando regreso a mi escritorio, la descarga se ha reducido a la mitad. Luego de un par de chocolatosos bocados, las imágenes están en mi ordenador. Abro el archivo y me encuentro cara a cara con el joven fallecido. Por Dios, tiene la cabeza hecha un bollo. Además de fracturas en su muñeca derecha y su codo y rodilla izquierdos. Seguramente sus tobillos estén igual de rotos, pero las maderas del escenario me impiden verlos con claridad.
Paso las imágenes como si estuviera viendo posteos de gatitos: con demasiada naturalidad. Luego de siete años tomando fotografías de cuerpos quemados, fracturados, atravesados por treinta balas, y muchos --muchos-- casos más, lo último que siento son náuseas. Aunque siempre me pregunto que hubiera sido de la vida de aquellas innumerables víctimas en caso de haber sobrevivido. Supongo que para eso está la imaginación.
Junto a las fotos del cuerpo me encuentro con las pertenencias de su bolso. Como le dije a Emily, no son muchas. Un reloj de bolsillo sin funcionar, marcando las 2:53 a.m. --Julian apresuró a decir que sería la hora de muerte. Qué mal me cae--, un bloc de notas y...espera. Una llave. Una muy pequeña.
Abro el cajón de mi escritorio con prisa y allí la veo: la diminuta pieza. Exactamente igual a la de la foto. No pude haberme llevado material de la escena, ¿no?
O peor, ¿qué haría Emily si se entera?