Gabriel Pizarro tiene veintiocho años. Alto, moreno, de rostro abierto, lleva en los rasgos esa mezcla típicamente hispánica donde asoma un leve rastro de sangre indígena: pómulos marcados, mirada oscura, atenta, casi meditativa. Su voz es serena, medida, pero animada por un fervor discreto que no engaña a quienes lo escuchan durante un rato.
Aquella mañana lo encontramos en un aula de la Universidad de Valparaíso, bañada por una luz pálida filtrada a través de altos ventanales. Las mesas están cubiertas de cuadernos, microscopios portátiles, lupas. En la pizarra, Gabriel ha trazado esquemas sencillos: simbiosis, talos, estructuras filamentosas.
Habla de los líquenes como de organismos poéticos: alianzas frágiles entre algas y hongos, pioneros de la vida sobre la piedra desnuda. Su entusiasmo es contagioso: pasa de una descripción científica rigurosa a una anécdota de campo, evocando rocas azotadas por la bruma marina o muros olvidados colonizados por lo vivo. Los estudiantes escuchan, toman notas; algunos sonríen: se siente que el tema, en su voz, respira.
Cuando la clase termina, las discusiones se prolongan unos minutos más y luego el aula se vacía lentamente. Gabriel guarda sus cosas, desliza un cuaderno en la mochila y baja a pie hacia el puerto. El aire cambia, se vuelve más salino, más áspero. Las calles se estrechan, las fachadas se cubren de colores.
Toma las laderas del Cerro Concepción, allí donde se concentra una de las mayores densidades de murales de la ciudad. Aquí tiene cita con su amigo Benjamín Lagos, inclinado sobre una frescura monumental. En el muro, una joven abre una jaula; un pájaro de plumas multicolores se escapa, las alas desplegadas, como una explosión de pigmentos.
Conversan largo rato.
Benjamín habla de azules de cobalto, de verdes a base de óxidos de cromo, de rojos minerales que protege con aglutinantes resistentes al aire marino.
Gabriel, por su parte, responde como biólogo: menciona la porosidad del muro, la humedad ambiente, los microorganismos invisibles que, con el tiempo, alterarán las capas de pintura. Compara ciertos pigmentos con las estrategias de supervivencia de los líquenes: estabilidad química, resistencia al ultravioleta, erosión lenta. Los dos se entienden de manera instintiva: la misma fascinación por la materia, el tiempo y la huella que queda en la piedra.
A última hora de la tarde, Gabriel deja el trabajo y sube solo hacia un cerro más alto. La pendiente es empinada; las casas de colores se apilan como un collage frágil. Al llegar a la cima, la vista se abre de golpe: la bahía de Valparaíso se extiende ante él, vasta y serena, salpicada de cargueros inmóviles. El sol declina, haciendo vibrar los techos de chapa y los muros pintados.
Se queda allí un momento, inmóvil. Abajo, la ciudad aún murmura. A su alrededor, los muros hablan, lo vivo se aferra, y Gabriel sonríe, como si entre ciencia y frescos urbanos hubiera encontrado su propio equilibrio.
Es en un bar colgado de las alturas de Valparaíso, en algún punto entre dos escaleras abruptas y una fachada cubierta de capas sucesivas de pintura, donde Gabriel mira el Superclásico chileno.
Dentro, las paredes están saturadas de grafitis: rostros estilizados, consignas medio borradas, siluetas de aves y de ciudades imaginarias. Nada está del todo recto. Las mesas cojean, las sillas son desparejadas, pero el lugar vibra.
La pantalla, colgada demasiado alto, transmite el partido —Colo-Colo contra Universidad de Chile— y cada jugada desencadena una mezcla de gritos, risas e insultos. Aquí el fútbol nunca está solo.
Entre dos ataques se habla de política, se arregla el mundo a manotazos, se critica al último alcalde, se menciona una exposición improvisada en un muro del cerro. Alguien defiende la estética cruda de las banderolas populares. El balón circula; las ideas también.
El partido es tenso, vivo, casi excesivo. Un gol, y luego otro. Con cada empate, el bar estalla y después vuelve a caer en un rumor espeso. Cuando el árbitro pita el final con un 2–2, hay un instante de suspensión, y luego una mezcla de entusiasmo frustrado y satisfacción amarga. Nadie ha perdido. Nadie ha ganado de verdad.
Gabo, sin embargo, se levanta antes que los demás. Su sonrisa se ha borrado. Una migraña sorda, agazapada desde la mitad del segundo tiempo, ahora le crece detrás de las sienes. Toma su chaqueta, se disculpa brevemente. Sus amigos lo miran, sorprendidos: no es propio de él irse así.
Al salir, el aire nocturno le parece demasiado vivo. Baja unos escalones y se detiene un momento, la mano en la frente.
Necesita calma. Y aspirina.
Gabo baja despacio, instintivamente, evitando golpes al descender los peldaños. Cada paso retumba en su cráneo como un tambor mal afinado: una onda sorda que se propaga hasta detrás de los ojos. Frunce el ceño.
No entiende.
Nunca tiene migrañas. Nunca. Y solo se ha bebido una cerveza durante el partido.
El partido.
¿El marcador, ya?
No le viene nada.
Un partido apasionante, sí… de eso está seguro. Hubo gritos, tensión, ese empate rabioso al final… ¿o fue una victoria? ¿De qué equipos? La imagen se le escapa en cuanto intenta asirla. La migraña parece devorarle los recuerdos, como una goma lenta pero metódica.
Se detiene en seco.
Entonces, casi al instante, el dolor retrocede. No desaparece —no—, pero se aleja, como una tormenta que se retira hacia el mar, dejando detrás un aire pesado, opaco. La cabeza ya le duele menos. Sin embargo, la mente no se le aclara.
— Solo necesito descanso… —murmura.
Sería lógico. No es de los que se acuestan temprano. Sus noches son demasiado cortas, entrecortadas. Su cuerpo debe estar reclamando lo suyo.
Reanuda la marcha.
¿A la derecha… o a la izquierda?
Duda.
¿Por qué duda?
¿Adónde va, en realidad?
A casa, claro. La evidencia lo tranquiliza una fracción de segundo. Y enseguida surge la siguiente pregunta, brutal, helada: