La Huella Invisible

06 - Y, sin embargo, ella no corre peligro. Es una posthumana. Mejor así... o peor.

KATYA

El agua desciende en velos regulares a lo largo de un apilamiento de rocas redondeadas, pulidas por el tiempo. Las piedras, de tonos ocres y grises, parecen haber sido dispuestas allí con una paciencia infinita. Las cascadas no son violentas ni ruidosas: murmuran. Cada hilo se desprende, se desliza, se rompe en perlas claras antes de reunirse en una cubeta natural de contornos suaves. La superficie del agua apenas tiembla, alterada solo por el impacto continuo de las caídas. Alrededor, la vegetación es densa pero apacible: follajes verdes, inmóviles bajo el calor, algunos reflejos de luz temblando sobre las rocas húmedas. Todo respira lentitud y equilibrio.

Una joven se baña en el río.

Se desliza bajo las cascadas con una risa silenciosa, dejándose envolver por el telón de agua. Su piel desnuda recibe el frescor sin rechazarlo. Su cabello negro, casi rapado, apenas brilla bajo el sol filtrado. Su rostro es sereno, abierto, dominado por grandes ojos almendrados cuyos iris claros atrapan a veces reflejos violetas, como si el agua misma se hubiera depositado en ellos.

Recuerda...

Está allí. El agua está un poco demasiado fría, pero apenas le importa. Se abandona por entero al fluir sobre su piel, a esa presión suave y continua que borra toda tensión. Luego vuelve a la orilla de la cubeta y se tiende con descuido sobre la piedra calentada por el sol. El calor contrasta con la humedad de su cuerpo, y ese simple equilibrio basta para colmarla.

Recuerda...

Sus párpados se cierran. Cabecea. Poco a poco, sus pensamientos se tiñen de matices que había logrado mantener a distancia durante unos minutos: primero una angustia sorda, luego la duda y, al fin, una forma de resignación tranquila, casi dócil. Entonces se incorpora por un esfuerzo de voluntad, como quien se yergue ante una evidencia.

Recuerda...

Recuerda que ha sido elegida.

Que se lo debe.

Por el futuro... suponiendo que aún exista uno. Si no, ya nada tendrá importancia.

Se viste de nuevo sin prisa. Los gestos son lentos, precisos, respetuosos con el instante. Debe aprovechar esas horas entre la naturaleza. Ahora está sola, sin aquel que debía llenar su vida. También lo hará por él. Por la confianza que depositó en ella. Por esa visión del porvenir ahora hundida.

Recuerda...

Sigue el sendero forestal apenas trazado que la devuelve a su refugio provisional.

El bosque está vivo: crujidos, roces, presencias discretas que a veces toleran mal la intrusión. Y, sin embargo, ella no corre peligro. Es una posthumana.

Mejor así... o peor.

Tiene una oportunidad, mientras tantos otros no la tuvieron.

Pero ¿es realmente una oportunidad?

Recuerda...

Todo se borra lentamente.

Regresa la oscuridad.

Katya vuelve a tomar contacto, poco a poco, con cuanto la rodea.

Primero los sonidos —confusos, deformados— y luego las formas. La sala de conciertos reaparece, fragmentada, todavía inestable. Unas siluetas se inclinan sobre ella, algunas inquietas, otras ya tensas por imperativos prácticos. Las voces murmuran, se interrumpen, recomienzan. Le gustaría incorporarse, hacer callar toda aquella agitación, pero el vértigo es más fuerte. Cuando intenta moverse, sus piernas vacilan, como si ya no la reconocieran.

Llega un médico. Se acuclilla a su lado, le hace unas cuantas preguntas sencillas, examina sus pupilas, su pulso, su respiración. Nada alarmante. Ningún signo claro. Ante aquella ausencia de evidencia, se refugia en el diagnóstico más aceptable: agotamiento. Un cansancio profundo, acumulado.

Nadie lo discute de verdad.

Su llegada tardía, su rostro demacrado, esa tensión desacostumbrada, y luego el desmayo producido en el paroxismo de la interpretación... todo parece confirmar esa versión. Ella misma no la rebate. Casi se aferra a ella. Los organizadores intercambian miradas resignadas. Hay que poner buena cara al infortunio. El concierto de la noche queda cancelado.

Con algo de ayuda, Katya termina por ponerse en pie. Aún le da vueltas la cabeza, pero se sostiene. Rechaza que la acompañen. Insiste, con suavidad pero con firmeza, en volver sola en taxi.

El trayecto por las calles de París se asemeja a un sueño despierto. Las luces se deslizan sobre los cristales, las fachadas pasan sin relieve. No logra fijar la atención. Todo parece carecer de consistencia, como si la ciudad no fuera más que un decorado proyectado, demasiado lejano para ser real.

En el hotel atraviesa el vestíbulo con un andar rígido, mecánico. La recepcionista la observa, desconcertada, sigue su avance hasta el ascensor. Algo no va bien, es evidente, pero no se atreve a interpelarla. Las puertas se cierran.

En la habitación, Katya se tumba sobre la cama sin siquiera quitarse los zapatos. Cierra los ojos.

Entonces sube la ola.

Una oleada llegada desde lo más hondo de ella misma —o desde mucho más lejos aún— la sumerge. Un sentimiento de pérdida absoluta, devastador, sin objeto preciso. Como un duelo sin nombre.

Sola, invadida por ese dolor extraño, Katya, con el rostro hundido en la almohada, llora en silencio.

SEO

Seo-yeon se mantiene erguida, casi rígida, inmóvil ante el cristal.

Piso vigésimo cuarto.

El edificio de oficinas domina el centro de Seúl como un promontorio artificial. Abajo, la ciudad se extiende, densa, estratificada. Las calles se cruzan en líneas apretadas, recorridas por flujos continuos de coches cuyos faros trazan ya filamentos de luz. Más lejos, las autopistas dibujan amplias curvas metálicas, suspendidas sobre el suelo, mientras que los edificios vecinos, torres de vidrio y hormigón, se reflejan unos en otros. En el interior mismo de los inmuebles, detrás de otros paramentos de cristal, los empleados siguen afanándose todavía, siluetas apresuradas, carpetas bajo el brazo, pantallas que se apagan una tras otra.




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