La Huella Invisible

14 - El mundo respira mal.

Léonie Ravel se prepara con rapidez.

Unas pocas prendas. Lo estrictamente necesario. Nada más. Está acostumbrada a las intervenciones breves, a las misiones puntuales, a esos desplazamientos que se supone que duran unos días y que, a veces, se alargan un poco sin llegar nunca a ser otra cosa que un paréntesis.

No imagina que este pueda ser distinto.

Y, sin embargo, la inquietud está ahí.

Primero, por lo que sabe —o, más bien, por lo que solo conoce de manera fragmentaria— del Centro de Vigilancia de las Anomalías. El nombre, por sí solo, siempre tiene algo de fantasioso. Un instituto en la frontera entre lo serio y lo extravagante. Demasiado discreto para ser plenamente oficial. Demasiado bien informado para ser ignorado.

Sabe, por experiencia, que esas estructuras marginales están a veces a la vanguardia de aquello que las instituciones clásicas se niegan a mirar.

Y luego están los medios.

Un avión privado, fletado para hacerla cruzar medio planeta, sin discusión, sin negociación. No necesita calcular con precisión el coste para comprender que es considerable.

Eso basta para volver creíble el asunto.

Y también inquietante.

Pero lo que más la perturba está en otra parte.

Porque ella sabe.

O, más bien, cree saber.

Y, sobre todo, porque ella es... lo que ellos todavía ignoran.

El taxi llega a la hora.

Léonie cierra la puerta de su apartamento sin volverse y se deja llevar hasta el aeropuerto Montréal-Trudeau. Todo se desarrolla con una eficacia impersonal. Ningún contratiempo. Ningún intercambio superfluo.

El viaje es largo.

Hace escala en Roma y luego en Dubái, sin arraigarse nunca en esos lugares. Los aeropuertos se suceden como espacios neutros, fuera del tiempo.

A bordo, una azafata está dedicada exclusivamente a ella. Cortés. Atenta. Casi demasiado. Una cortesía exquisita, medida, que la incomoda.

¿De verdad merece esas atenciones?

Poco después del despegue, la azafata le entrega una tableta.

El expediente es denso, estructurado, preparado con cuidado. Léonie lo recorre metódicamente.

Encuentra en él información detallada sobre el microvariante NCR-Ω13, la estructura de las secuencias no codificantes ultraconservadas, los estados de la cromatina. Se menciona una transición hacia lo que ellos llaman una fase B.

Pero nada sobre los efectos.

Ningún mecanismo claro.

Ninguna consecuencia descrita.

Observa también indicaciones sobre la búsqueda de portadores: correlaciones estadísticas, agrupamientos improbables, coincidencias presentadas como tales.

Esa prudencia la irrita.

Cierra la tableta. La vuelve a abrir. Busca lo que falta. Sabe que lo esencial no está ahí.

Y esa ausencia la vuelve cada vez más segura de que le ocultan algo.

Igual que ella misma.

Centro de Vigilancia de las Anomalías — Darwin

Cuando llega a Darwin, es de día. Una luz blanca, casi cruda, la recibe en la pista. Su cuerpo está ralentizado por las horas de vuelo. Su mente lo está aún más.

La acompaña una insatisfacción difusa.

La están esperando.

La directora, Anita Kern, la recibe en persona. Cálida. Sonriente. Pero con ese escepticismo discreto que tienen los científicos cuando se encuentran con alguien de quien todavía no saben qué pensar.

Léonie balbucea unas palabras corteses. Está impresionada, a su pesar, por aquel lugar de apariencia sobria —casi demasiado sobria— dotado, sin embargo, de su propio aeródromo.

Sigue a Anita hasta su despacho.

Es allí donde conoce a Alex Granville, Nadia Al-Khayrat y Jonah Weiss.

Las presentaciones son breves. Eficaces. Van directamente al asunto.

—¿Ha tomado conocimiento de la información contenida en la tableta? —pregunta Alex.

—Sí.

—¿Tiene preguntas?

—Sí.

Un ligero movimiento recorre la habitación.

—¿Sobre el microvariante? —pregunta alguien.

—No.

La sorpresa es visible.

Léonie permanece inmóvil, casi demasiado erguida, con las manos juntas delante de sí.

Anita retoma la palabra:

—¿Entonces sobre qué?

Léonie vacila y luego, con una vocecita apenas audible:

—El microvariante no es el problema central. ¿Qué es?

Alex sonríe lentamente. No es una sonrisa condescendiente. Es la de alguien que reconoce una inteligencia llegada por otro camino.

Resume.

El flujo de neutrinos.

La zona cósmica de supuesta forma de cinta que el Sistema Solar debe atravesar.

Los casos asociados al microvariante, sus sutiles diferencias.

Y, por último, el agente que ellos llaman Phi, surgido de esa zona, bidireccional, que parece entrar en contacto con los portadores.

Léonie escucha sin hacer una sola pregunta.

El silencio se instala cuando él termina.

Ella mantiene los ojos bajos. Pasan los segundos. Nadie se atreve a apremiarla.

Luego levanta la cabeza.

Su voz es serena. Posada.

Phi no viene del espacio. Está aquí desde siempre. A mi alrededor. A su alrededor.

Nadia desliza suavemente:

—¿Cómo puedes saberlo?

Léonie sostiene su mirada.

Yo llevo el microvariante. Y estoy en contacto con lo que ustedes llaman Phi desde hace unos diez años.

El silencio que sigue ya no tiene nada de un silencio de reflexión.

Es el de un basculamiento.

Diez años antes.

El traslado había sido decidido sin publicidad.

Las dos muestras arqueológicas procedían de lugares que se consideraban seguros, precisamente porque eran antiguos, discretos, y rara vez visitados salvo por especialistas. La primera descansaba desde hacía décadas en las reservas climatizadas de un gran museo de Europa central, conservada en una colección paleoantropológica que ya apenas atraía más que miradas eruditas. La segunda estaba almacenada en un centro universitario del norte de España, asociada a una necrópolis aislada, demasiado modesta como para suscitar algo más que un interés regional.




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