KATYA
Cuando abre los ojos, el mundo parece estar en su sitio.
Las paredes están inmóviles. El aire es claro. Ninguna línea de color vibra a su alrededor. Nada insiste. Nada desborda.
Y, sin embargo, Katya permanece tendida, sin moverse, tratando de poner orden en lo que ha vivido. Las franjas de color en su habitación. Y las otras, todavía más intensas, surgidas cuando tocó en aquel estado segundo, una manera de tocar excepcional, casi perfecta... y profundamente inquietante.
Pero lo que más la perturba no es eso.
Es ese sueño.
Demasiado preciso. Demasiado coherente. Aquella mujer desconocida, y sobre todo sus pensamientos, pensamientos que no eran los suyos. Como si hubiera atravesado una mente ajena. Como si, durante unos instantes, hubiera sido otra.
El regreso al hotel le vuelve a la memoria como un desplazamiento en la niebla. Luego aquella angustia brutal, sin causa identificable, que la había anegado. Sigue sin comprender. No ha perdido nada y, sin embargo, todo en ella hablaba de pérdida.
Por fin se incorpora, se levanta, da unos pasos por la habitación. El suelo es estable bajo sus pies. Eso la tranquiliza. Pide una comida ligera al servicio de habitaciones. Su cuerpo responde mejor. Su mente sigue siendo frágil, pero menos invadida. No lo suficiente, sin embargo, para contemplar el concierto de la noche. Demasiado cansancio nervioso. Demasiadas preguntas sin respuesta.
Se instala en un sillón y se obliga a pensar en lo que viene después. En los próximos conciertos. En las obras que interpretará.
Un método voluntarista, casi escolar, pero que siempre ha funcionado. Volver a la música como se vuelve a una estructura familiar. Alejar los demonios mediante la disciplina.
No se da cuenta de que se queda adormecida.
Se ve ante su piano, tocando Ondine, de Maurice Ravel, una de sus obras preferidas. Una pieza de una virtuosidad temible, pero nunca ostentosa. En ella todo es movimiento, reflejo, inestabilidad dominada. Las manos se deslizan sin aferrarse jamás a una forma fija. Los acordes no se repiten: se transforman, se deforman, se recomponen sin cesar. Nada se ancla, todo fluye. Una música que rechaza la inmovilidad, que no acepta ninguna certeza duradera. Una poesía hecha de destellos, reflejos, metamorfosis continuas.
En ese semisueño, una presencia la observa al otro lado del piano. Una silueta borrosa al principio. Casi una impresión. Luego, muy brevemente, el rostro se precisa.
Es el de la mujer de la cascada.
Sonríe.
Katya cree oír una voz, muy cerca, como un aliento posado en su nuca:
—Así. Siempre.
Se despierta suavemente. La frase sigue resonando en ella, intacta, insistente. Ya sabe que no la olvidará nunca.
Y que, en adelante, elegirá siempre obras semejantes.
Obras sin acordes fijos.
Músicas que aceptan el cambio como una ley.
Y cada vez que toque sus primeras notas, un aliento extraño le rozará los dedos.
Apenas una sensación. Una caricia fugitiva, casi imaginaria.
Como un agradecimiento.
Un aliento mágico.
SEO
El regreso de Seo a su apartamento se realiza en una soledad menos grande de lo habitual y, sin embargo, cargada de una inquietud nueva, una inquietud que sabe ya compartida. Camina despacio, atenta a sus gestos, a sus pensamientos. Está viviendo, con toda probabilidad, una experiencia de desdoblamiento de personalidad, pero este se manifiesta en el mundo, se deja ver. No es, pues, a sus ojos, un trastorno psiquiátrico ordinario. Hay algo más en juego.
Tal vez no esté sola. Tal vez existan otras personas afectadas por el mismo mal, o por la misma mutación. La idea la atraviesa sin asustarla del todo. Pero otra pregunta se impone enseguida: ¿qué hacer ahora? ¿A quién dirigirse? No hay ninguna respuesta inmediata, y el día toca a su fin.
No tiene hambre. No tiene ganas de pensar más. Al contrario, siente la necesidad urgente de sustraerse, aunque solo sea por un instante, a ese nudo de pensamientos. Crear. Escribir. Recuperar un gesto antiguo, casi ritual.
Se instala sobre su lecho, con las piernas cruzadas, en su posición habitual. El cuaderno abierto ante ella. Esta vez, la inspiración llega sin resistencia, casi con autoridad. Escribe impulsada por una pulsión interior, exigente, como si las palabras no fueran una invención, sino una restitución.
En coreano, primero:
단순함을 나는 원한다숨 쉬듯 가벼운 삶을그러나 나는 안다단순함은 홀로 설 수 없다는 것을
그림자가 없으면빛은 깊이를 잃고굴곡이 없다면평온은 의미를 잃는다
복잡함은 적이 아니다그것은 단순함을태어나게 하는보이지 않는 뿌리다
Luego, casi de inmediato, escribe su versión occidental, no como una traducción escolar, sino como una fidelidad de aliento:
Deseo la simplicidaduna vida ligera como la respiraciónpero séque la simplicidad no puede sostenerse sola
sin sombrala luz pierde su profundidadsin asperezala paz pierde su sentido
la complejidad no es la enemigaes la raíz invisibleque permiteque la simplicidad exista
Cuando deja el bolígrafo, un apaciguamiento lento se difunde en ella.
Una comprensión repentina inunda su espíritu, clara, casi luminosa. Eso es. No tiene que combatir aquello que la atraviesa, ni reducirlo al silencio. Debe vivir dejando que su propia complejidad se despliegue, sin buscar alisarla, sin intentar volverla compatible con una existencia demasiado estrecha.
Vender joyas, piedras preciosas, día tras día, acabaría por volverse demasiado uniforme. Demasiado previsible. Demasiado... simple. No la simplicidad fecunda que acababa de evocar en su poema, sino una simplicidad empobrecedora, repetitiva, que anestesia lentamente aquello que desborda.
Engañar sus hábitos. Desplazarlos. Agrietarlos.
Eso es lo que hace falta.
Comprende entonces que esa extrañeza que está viviendo no es quizá una amenaza, sino una conminación. Un llamado a ampliar su trayectoria, a introducir voluntariamente un desequilibrio allí donde todo se ha vuelto demasiado estable. Para no padecer la complejidad, sino habitarla.