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A las tres y doce de la madrugada, Neferet seguía arrodillada junto al río, aunque no debía estar allí.
Su permiso de muestreo había expirado a medianoche, la batería de la linterna parpadeaba cada pocos segundos y el teléfono llevaba más de una hora sin señal. Aun así, sostuvo el último frasco frente al haz de luz y observó el agua transparente contenida en su interior.
Un remolino diminuto volvió a girar en sentido contrario dentro del recipiente, Neferet apretó los labios, colocó el frasco sobre una piedra plana y repitió la medición.
Esperó hasta que los números se estabilizaron en la pantalla portátil: el mismo resultado.
La temperatura había descendido demasiado rápido y la velocidad del cauce no coincidía con la registrada apenas unos metros río arriba. No había llovido, ninguna compuerta se había abierto y el viento era demasiado débil para provocar aquella variación.
Guardó el instrumento dentro del maletín, podía analizarlo por la mañana. Con luz, señal telefónica y la compañía de alguien que pudiera recordarle que internarse sola en un bosque a esa hora era una idea estúpida.
Al ponerse de pie, el río rozó la punta de su bota. Neferet bajó la linterna, un espiral estrecho de agua había abandonado el cauce y avanzado entre las piedras hasta alcanzarla, permaneció allí durante un instante, inmóvil alrededor de su calzado, antes de retroceder con suavidad.
Ella no se movió, el bosque estaba demasiado silencioso, no se escuchaba, ningún insecto, ni aves nocturnas, solo el murmullo del agua y su respiración.
—Ya entendí —susurró mientras cerraba el maletín. —Es hora de irme.
Subió por el sendero con más rapidez de la necesaria, las ramas húmedas rozaron su chaqueta, no miró hacia atrás hasta alcanzar el pequeño claro donde había dejado el automóvil.
El reloj del tablero marcaba las tres y diecisiete cuando encendió el motor. Neferet aseguró el maletín en el asiento trasero, conectó el teléfono al cargador y comprobó nuevamente la cobertura.
Nada.
La carretera hasta el pueblo tardaría unos treinta minutos si no encontraba barro sobre el pavimento. Después enviaría los resultados preliminares a su directora, inventaría una explicación medianamente aceptable para justificar la hora y dormiría hasta el mediodía.
Colocó el vehículo en marcha.
Los primeros minutos transcurrieron sin más compañía que los faros deslizándose sobre los troncos. La luna aparecía entre las ramas y el cielo se mantenía despejado, aunque la oscuridad parecía más compacta en aquel sector del bosque.
Una gota golpeó el parabrisas, Neferet levantó la mirada y otra cayó cerca del espejo retrovisor, después una tercera descendió lentamente por el cristal.
Activó el limpiaparabrisas y la lluvia se desplomó sobre el automóvil.
No comenzó con una llovizna ni con el golpe gradual del viento, era como una cortina de agua cayendo sobre la carretera de un instante a otro, reduciendo la visibilidad a unos pocos metros.
Neferet soltó el acelerador. —¿De dónde saliste? —Preguntó como si la tormenta repentina le fuese a responder.
Los limpiaparabrisas se movían a máxima velocidad, pero apenas conseguían abrir un espacio antes de que el cristal volviera a cubrirse. Un relámpago iluminó el bosque y el trueno sacudió la carrocería casi al mismo tiempo.
El agua golpeaba el vehículo desde todos los ángulos, no tenía sentido, y un segundo relámpago atravesó el cielo, los faros encontraron una figura tendida al costado de la carretera.
Neferet pisó el freno.
Las ruedas derraparon sobre el pavimento mojado, el automóvil giró ligeramente hacia la cuneta y el cinturón se clavó contra su pecho. Soltó el freno, corrigió el volante y consiguió detenerse en medio del carril.
Durante varios segundos no pudo moverse, solo escuchó la lluvia, después volvió la mirada hacia el borde del bosque.
Había alguien allí, la figura permanecía boca arriba, con una pierna extendida cerca de la carretera y el resto del cuerpo hundido en el barro. La luz de emergencia parpadeaba sobre una mano inmóvil.
Neferet tomó el teléfono, pero seguía sin señal, podía continuar hasta el pueblo y llamar a emergencias, era lo lógico y más seguro. Nadie sabía que se encontraba allí y no tenía forma de saber si aquel hombre había sufrido un accidente o si alguien lo había colocado en medio del camino para obligarla a detenerse.
La mano se movió, Neferet cerró los ojos y dejó escapar el aire lentamente. —Solo comprobaré que respira. —Odiaba su empatía.
Tomó la linterna y el botiquín de campo. El viento empujó la puerta en cuanto la abrió, obligándola a sostenerla con ambas manos antes de conseguir bajar, la lluvia la empapó en segundos.
El agua era demasiado fría, al punto que atravesó la chaqueta y se deslizó por su espalda mientras avanzaba con cuidado hacia el hombre.
Cuanto más se acercaba, más grande parecía, vestía pantalones oscuros y una camisa negra rasgada a la altura del costado. El barro cubría parte de su rostro y la sangre se extendía bajo su cuerpo, arrastrada por pequeños hilos de agua.