La humana del alfa de Agua

Capítulo 2: El desconocido en su casa

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Neferet mantuvo los ojos en la carretera, aunque su atención permanecía atrapada en el hombre tendido sobre el asiento trasero, le resultaba imposible ignorar su respiración irregular.

La lluvia continuaba moviéndose con el automóvil, no era una tormenta que avanzaba sobre el bosque; Neferet comenzaba a comprender que se trataba de un círculo cerrado que los mantenía atrapados en su interior o que lo mantenía atrapado a él.

—¿Cómo puede una tormenta venir con usted?

Neferet lo observó a través del espejo retrovisor, parte de ella temía escuchar la respuesta, otra necesitaba comprender en qué clase de problema acababa de involucrarse.

—Le hice una pregunta.

—Y yo necesito que cierre la boca y mire el camino —respondió él. La voz le salió ronca y debilitada por el dolor, pero la orden conservó una autoridad que habría resultado irritante incluso en una situación menos peligrosa.

Neferet apretó los dedos alrededor del volante, Había detenido su automóvil, lo había arrastrado fuera del barro y ahora intentaba mantenerlo con vida, pero aquel hombre se comportaba como si ella fuese una molestia en lugar de la única razón por la que no continuaba abandonado en la carretera.

—Estoy mirando el camino, malagradecido.

Un relámpago cayó frente al automóvil. Neferet gritó al ver el destello tan cerca y giró el volante con brusquedad, las ruedas alcanzaron el borde de la cuneta antes de recuperar el pavimento, mientras el maletín de muestras resbalaba sobre el asiento trasero y chocaba contra la puerta.

—Reduzca la velocidad —ordenó el desconocido, incorporándose apenas lo suficiente para mirar hacia el parabrisas. La maniobra había tensado la herida y una nueva mancha de sangre apareció entre sus dedos, aunque él no emitió ninguna queja.

—Hace cinco minutos quería que condujera más rápido.

—Hace cinco minutos no estaba intentando matarnos.

Neferet apretó la mandíbula. ¡Qué descarado! ¿Acaso se creía un rey para darle órdenes como si ella fuera una de sus lacayas? Ni siquiera parecía consciente de que se encontraba dentro del automóvil de la mujer que acababa de salvarle la vida.

—¿Acaso olvidó que lo rescaté del pavimento? —preguntó, incapaz de ocultar su irritación. El desconocido levantó los párpados y el azul profundo de sus ojos encontró la mirada de ella a través del espejo retrovisor.

—No vuelva a detenerse.

Neferet miró hacia atrás y, durante un instante, creyó distinguir una silueta moviéndose entre los árboles, justo detrás, no alcanzó a reconocer su forma antes de que un relámpago iluminara el bosque y la oscuridad volviera a devorarlo todo.

—Puede estar tranquilo. Recoger a desconocidos maleducados no forma parte de mis costumbres —aseguró, negándose a demostrar que la advertencia la había asustado. —Aunque comienzo a arrepentirme de haber hecho una excepción.

El hombre no respondió, su rostro había perdido color y la sangre continuaba extendiéndose sobre la tapicería. Neferet quiso preguntarle quién lo había herido y qué se movía detrás de ellos, pero la forma en que presionaba el costado le indicó que no obtendría respuestas.

Neferet giró hacia el camino de tierra que conducía a su casa. —¿Falta mucho? —El esfuerzo que realizaba para mantenerse despierto comenzaba a notarse en su respiración, cada vez más lenta y pesada, aunque su voz continuaba cargada de aquella irritante seguridad.

—Dos minutos —respondió Neferet, sin apartar la mirada del camino.

—Son demasiados —murmuró él, y su respiración se volvió más pesada.

Neferet volvió a mirar el espejo, apenas podía abrir los ojos, pero aun así hablaba como si pudiera decidir cuánto debía tardar la carretera. La preocupación que sentía por él se mezcló con un impulso casi irresistible de dejarlo allí mismo y continuar sola.

—Entonces haga el esfuerzo de no morir antes de llegar.

El desconocido abrió los ojos y la observó a través del espejo, pese al dolor que endurecía sus facciones, una chispa diferente atravesó su mirada durante un segundo y consiguió modificar por completo la expresión severa de su rostro.

—No moriré.

—Sí, ya lo escuché. Su sangre parece tener una opinión distinta.

Los faros iluminaron finalmente su pequeña casa, Neferet sintió que parte de la presión abandonaba su pecho, aunque el alivio desapareció cuando vio la tormenta extenderse sobre el techo antes incluso de que el automóvil se detuviera frente al porche.

La lluvia había llegado primero.

Neferet apagó el motor y miró hacia el asiento trasero. —Llegamos —anunció mientras se quitaba el cinturón. Él no reaccionó. —Oiga, despierte. —Dijo tocándolo.

—Debe dejar de hacer eso; de tocarme sin avisar.

—Estaba inconsciente dentro de mi automóvil. No pensé que necesitara una invitación para comprobar que seguía respirando. —replicó. Él ignoró la respuesta, observó primero la casa y después el bosque que rodeaba la propiedad.

—¿Vive sola?




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