La humana del alfa de Agua

Capítulo 4: Siga respirando

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El peso del desconocido herido arrastró a Neferet hacia el suelo. Consiguió rodearlo con ambos brazos antes de que su cabeza golpeara las tablas, pero sus rodillas cedieron bajo el esfuerzo y terminó arrodillada con el cuerpo del desconocido apoyado contra el suyo.

La sangre atravesó la venda y se extendió sobre sus manos con una rapidez que le heló el pecho.

—Oiga, míreme —pidió mientras le daba pequeños golpes en la mejilla. El hombre no reaccionó y su respiración apenas rozó el rostro de Neferet cuando ella se inclinó para comprobarla. —No se atreva a morir ahora. No después de destruir mi sala y negarse a responder una sola pregunta.

Afuera, la tormenta continuaba rugiendo, los pasos de los intrusos se habían perdido entre la lluvia, pero Neferet no sabía si se habían marchado o si permanecían ocultos en el bosque esperando otra oportunidad.

La puerta estaba dañada, una ventana había quedado destrozada y su teléfono continuaba sin señal. Debía esconderse, buscar ayuda o correr hacia el automóvil antes de que aquellos hombres regresaran.

Sin embargo, cada vez que intentaba pensar en alejarse, recordaba a El hombre cubriéndola con su cuerpo cuando el cristal estalló y recibiendo sobre el hombro el filo que iba dirigido hacia ella.

—Está bien —murmuró, aunque nada lo estaba. —Usted evitó que me hirieran y yo voy a intentar que no muera. Después podrá explicarme por qué varios hombres armados decidieron derribar mi puerta.

Neferet apoyó la espalda de él contra el sofá y reunió las pocas fuerzas que le quedaban para levantarlo. Él no colaboró esta vez; su cuerpo permaneció completamente inerte mientras ella tiraba de sus hombros y empujaba con las piernas hasta lograr acomodarlo sobre los cojines.

El esfuerzo la dejó sin aliento, permaneció inclinada sobre él durante unos segundos, sintiendo que le temblaban los brazos, pero el brillo húmedo que se extendía en su piel le recordó que no podía detenerse.

La venda estaba empapada y la herida había vuelto a abrirse durante el enfrentamiento.

Neferet tomó las tijeras y cortó la tela ensangrentada, el corte del costado se veía más inflamado que antes y unas líneas azul oscuro se extendían bajo la piel, alejándose de la herida como pequeños afluentes; es decir un pequeño arroyo o río secundario. No parecían hematomas ni venas normales, y aumentaban con cada latido débil de su corazón.

—¿Qué le hicieron? —preguntó, aun sabiendo que él no podía responderle. La visión de aquella coloración hizo que sus manos temblaran, pero se obligó a respirar y buscó una explicación racional. —Puede ser una toxina, una reacción vascular o alguna sustancia adherida a la hoja.

La preparación para emergencias de campo le permitía detener hemorragias, inmovilizar una lesión y mantener estable a una persona hasta que llegara ayuda. No le enseñaba a extraer venenos desconocidos del organismo, mucho menos uno que parecía desplazarse bajo la piel de manera visible.

Retiró la venda con cuidado. El hombre se estremeció y un sonido áspero escapó de su garganta, aunque sus ojos permanecieron cerrados, aunque sus ojos permanecieron cerrados. Neferet se detuvo, esperando alguna reacción, pero la tensión abandonó nuevamente sus facciones y su cabeza cayó hacia un lado.

—Sigo aquí. —le aseguró mientras apoyaba una mano sobre su pecho- —No sé si puede escucharme, pero necesito que continúe respirando. Esa es su única tarea, y considerando lo mucho que le gusta dar órdenes, debería saber seguir una.

La tormenta sacudió las paredes cuando el pecho del desconocido tardó demasiado en elevarse. Neferet buscó su pulso con dedos temblorosos y apenas logró encontrarlo bajo la piel caliente de su cuello.

Era rápido, irregular y mucho más débil que unos minutos antes.

Necesitaba limpiar la herida, pero recordó la manera en que él le había prohibido abrir las llaves. Antes del ataque había creído que se trataba de otra muestra de arrogancia; ahora, después de verlo reaccionar ante la tormenta, no estaba dispuesta a descubrir qué ocurriría si ignoraba su advertencia.

Corrió hacia la cocina y tomó varias botellas de agua. También encontró un recipiente limpio, paños y todas las gasas que guardaba para sus salidas de campo. Cada segundo lejos del sofá la hacía imaginar que regresaría y descubriría que había dejado de respirar.

Seguía vivo cuando volvió, aunque la sangre ya se había extendido sobre la toalla colocada bajo su costado. Neferet se arrodilló nuevamente y vertió parte del agua embotellada en el recipiente antes de comenzar a limpiar alrededor de la lesión.

El contacto de la gasa húmeda hizo que él contrajera el abdomen. Sus dedos se cerraron alrededor del borde del sofá y la tormenta respondió con un trueno que hizo vibrar los cristales restantes.

Neferet levantó la mirada hacia el techo, incapaz de ignorar la relación entre el dolor del hombre y la furia del cielo.

—Ya lo sé, duele —susurró mientras continuaba. —Pero si deja de sangrar, quizá podamos preocuparnos después por la tormenta, los hombres en el bosque y la forma en que casi me dejaron sin hogar.

La sangre arrastró una sustancia oscura al caer dentro del recipiente. Neferet acercó la lámpara portátil y observó cómo el residuo se separaba del agua en finas espirales azuladas. No parecía tierra ni algún fragmento metálico desprendido del arma.




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