࿐⋆.ೃ࿔*:・ׂׂૢ་༘࿐ೢִֶָ.ೃ࿐⋆.ೃ࿔*:・ׂׂૢ་༘࿐
Aurelian no volvió a abrir los ojos durante las horas siguientes, Neferet permaneció sentada en el suelo, junto al sofá, con los dedos apoyados sobre su cuello y la mirada fija en la venda que cubría la herida mientras oraba por la recuperación del desconocido.
Cada pulsación débil se sentía como una pequeña victoria, aunque las líneas azuladas continuaban extendidas bajo la piel de su costado y le recordaban que mantenerlo con vida no significaba haberlo salvado.
La tormenta comenzó a disminuir cuando los primeros rayos del sol atravesaron las nubes, los truenos se alejaron, la lluvia perdió intensidad y el silencio regresó poco a poco al bosque, pero Neferet no consiguió tranquilizarse.
Las marcas azuladas ya no parecían avanzar con la rapidez de la madrugada, pero tampoco retrocedían, el veneno continuaba dentro de él, esperando quizá el momento en que su organismo dejara de resistirse.
Neferet observó el sofá cubierto de toallas, las botellas vacías sobre la mesa y los restos de vidrio que todavía brillaban cerca de la ventana, no podía mantenerlo allí.
El mueble era demasiado estrecho para su cuerpo, la sala conservaba la humedad de la tormenta y cada corriente de aire atravesaba el plástico improvisado con el que había intentado cubrir la abertura.
Su habitación era el único lugar cálido de la casa.
La idea de llevar a un desconocido hasta su cama habría resultado absurda unas horas antes, sin embargo, después de haber pasado la noche con las manos cubiertas de su sangre, ya no parecía la decisión más extraña que había tomado desde que lo encontró en la carretera.
—Voy a trasladarlo —le advirtió, aun sabiendo que no podía escucharla. —Necesito que despierte lo suficiente para ayudarme, porque no tengo ninguna intención de arrastrarlo por toda la casa.
Le dio pequeños golpes en la mejilla y pronunció su nombre varias veces. Los párpados de Aurelian se movieron, aunque tardó en abrir los ojos, cuando finalmente lo hizo, el azul de su mirada estaba empañado por el dolor y la fiebre.
—Neferet… —murmuró.
Ella se quedó inmóvil durante un instante, su nombre en su voz debilitada sonó distinto, más profundo y extrañamente cercano.
—Así es. La humana obstinada que todavía intenta impedir que muera sobre sus muebles. —respondió mientras colocaba un brazo detrás de su espalda. —Necesito llevarlo a una cama.
Aurelian pareció tardar en comprenderla, después intentó incorporarse por sí mismo, pero apenas separó los hombros del sofá antes de que la respiración se le cortara, su rostro perdió color.
—Puedo caminar.
Neferet quiso poner los ojos en blanco, pero se contuvo. —Anoche también aseguró que podía encargarse de los hombres que rodeaban mi casa y terminó desmayado sobre mí.
—Me encargué de ellos.
—Y después se desmayó sobre mí. —repitió Neferet. —No omita la parte más importante.
Él abrió los ojos y la observó con una expresión que habría resultado intimidante si no estuviera luchando por mantenerse consciente. Neferet deslizó uno de sus brazos alrededor de los hombros de Aurelian y le indicó que rodeara su cintura.
—Apóyese en mí.
—No necesito…
—Aurelian, si vuelve a decirme que no necesita ayuda, lo dejaré en el suelo durante cinco minutos para que reflexione sobre su arrogancia.
La sorpresa cruzó por sus facciones, quizá nadie le hablaba de aquel modo. La idea debería haberla llevado a ser más prudente, pero el cansancio había debilitado su instinto de supervivencia.
Aurelian terminó obedeciendo, pasó un brazo alrededor de sus hombros y reunió fuerzas para levantarse. La diferencia de altura obligó a Neferet a inclinarse bajo su peso, y durante unos segundos temió que ambos terminaran en el suelo.
—Más despacio. —pidió mientras lo sujetaba por la cintura. —No tenemos prisa.
Él respiró cerca de su cabello, el calor de su cuerpo atravesó la ropa de Neferet, demasiado intenso para ser normal, y cada paso provocó que sus dedos se aferraran un poco más a ella, noto que Aurelian intentaba no descargar todo su peso sobre sus hombros, pero apenas podía sostenerse.
El trayecto hasta la habitación era corto, aun así, pareció prolongarse cuando él perdió el equilibrio en el pasillo y tuvo que apoyarla contra la pared para no caer.
Neferet quedó atrapada entre la madera y su cuerpo, con una mano sobre su pecho y el rostro demasiado cerca del suyo.
Los ojos de Aurelian se abrieron, durante un instante no hubo fiebre ni dolor en su mirada, sino una intensidad desconcertante que hizo que Neferet olvidara respirar.
Él bajó los ojos hacia la mano apoyada sobre su pecho y después volvió a mirarla.
—¿Puede continuar? —preguntó ella, consciente de que su voz sonaba menos firme que antes y sus mejillas ardían de forma inexplicable.
—Sí.
La respuesta fue apenas un murmullo, Neferet sintió su aliento cerca de la frente antes de que Aurelian se apartara lo suficiente para permitirle avanzar. No comprendía por qué aquel instante había provocado que su corazón se acelerara.