Natalia se revolvía en su cama, incapaz de conciliar el sueño. Cada vez que cerraba los ojos, veía un bosque oscuro iluminado por la luna, y en medio de las sombras, unos ojos grises que la observaban con una intensidad que la hacía temblar. Sentía que alguien la llamaba, que algo dentro de ella respondía, aunque no entendía por qué.
—¿Qué me pasa…? —susurró, llevándose la mano al pecho, donde el corazón latía con fuerza descontrolada.
Al otro lado de la ciudad, Raimund se encontraba en su oficina, con los ojos brillando de furia. Su lobo rugía dentro de él, golpeando contra las barreras que el alfa intentaba imponer.
—¡Cállate! —gruñó, golpeando la pared con tal fuerza que dejó una grieta—. No la buscarás. ¡No lo permitiré!
Pero el lobo no obedecía. Cada vez que Natalia respiraba, cada vez que su corazón se aceleraba, Raimund lo sentía como si fuera suyo. El vínculo era más fuerte que su orgullo, más fuerte que su rechazo.
Marcus entró de golpe, alarmado por el estruendo.
—Raimund, tu lobo está perdiendo el control. Si sigues negando a tu mate, terminarás destruyéndote.
El alfa lo miró con los ojos encendidos, la respiración agitada.
—Prefiero destruirme antes que aceptar a una humana.
En ese instante, un aullido resonó en su interior, tan fuerte que lo obligó a arrodillarse. El lobo estaba reclamando lo que le pertenecía, y Raimund comprendió que la batalla apenas comenzaba.
Mientras tanto, Natalia se levantó de la cama, con lágrimas en los ojos. No sabía por qué, pero sentía que alguien la estaba llamando desde la oscuridad. Y aunque intentaba ignorarlo, su alma ya estaba marcada.