La noche estaba cargada de tensión. Eran las diez en punto cuando Raimund, incapaz de contener más la furia de su lobo, perdió el control. Sus ojos se tornaron plateados, sus músculos se tensaron y, con un rugido desgarrador, la transformación lo envolvió. El alfa ya no era hombre: era bestia, era lobo.
El bosque no pudo contenerlo. Raimund salió hacia la ciudad, guiado por un instinto que lo quemaba por dentro: encontrar a su mate. El vínculo lo arrastraba como una cadena invisible, y cada paso lo acercaba más a Natalia.
Ella, ajena al peligro, salía del trabajo acompañada de Brandon. El cansancio se reflejaba en su rostro, pero al subir al auto sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Algo la observaba desde la oscuridad.
Raimund, oculto entre las sombras, vio cómo Natalia se acomodaba en el asiento del copiloto. Su rabia aumentó al verla junto a Brandon. El lobo dentro de él rugió con fuerza, reclamando lo que era suyo.
—¡Mía! —gruñó, con los colmillos brillando bajo la luz de la luna.
El auto arrancó, y Raimund lo siguió con una velocidad imposible, deslizándose entre las calles como un cazador. Cada latido de Natalia lo guiaba, cada respiración lo empujaba más cerca.
Finalmente, el vehículo llegó a la casa de ella. Raimund se detuvo frente a la entrada, su pecho agitado, sus ojos encendidos de furia y deseo. El lobo estaba al borde de reclamar lo que la diosa luna había marcado, aunque el hombre aún luchaba por negarlo.
Natalia, al bajar del auto, sintió que el aire se volvía pesado. Una presencia la rodeaba, invisible pero poderosa. Y en lo más profundo de su ser, supo que no estaba sola.
El destino había alcanzado su puerta.