Natalia cerró la puerta de su casa, intentando tranquilizarse después de un largo día. Pero el aire estaba cargado, pesado, como si alguien la observara desde la oscuridad. Su corazón comenzó a latir con fuerza, y un escalofrío recorrió su espalda.
En las sombras, Raimund ya no era hombre. El lobo había tomado el control por completo. Sus ojos brillaban con un fulgor plateado, sus colmillos relucían bajo la luz de la luna, y su respiración era un rugido contenido. Había seguido el auto de Brandon hasta allí, y ahora, frente a la casa de su mate, el instinto lo dominaba.
Natalia retrocedió un paso al sentir la presencia. El silencio de la noche se rompió con un aullido desgarrador que hizo vibrar las paredes. Ella abrió los ojos con terror, y al girarse lo vio: un lobo enorme, de pelaje oscuro, con la mirada fija en ella.
—No… —susurró, paralizada por el miedo y la extraña atracción que la envolvía.
Raimund avanzó lentamente, cada paso resonando como un trueno. Su rabia ardía al recordar a Brandon, al verla subir a su auto, al sentir que alguien más la protegía. El lobo rugió, reclamando lo que la luna había marcado como suyo.
Natalia, temblando, no pudo moverse. Algo dentro de ella reconocía esa mirada, ese poder, esa furia. Era el mismo hombre que la había rechazado, pero ahora convertido en la bestia que la buscaba.
El destino los había unido bajo la luna, y el choque entre el miedo de ella y el instinto posesivo del alfa estaba a punto de desatarse.