Natalia salió corriendo de su casa, el miedo y la confusión apoderándose de ella. Sus pasos resonaban en la calle desierta, mientras la luna iluminaba su rostro pálido. El vínculo la quemaba por dentro, y cada respiración era más difícil que la anterior.
Raimund, transformado en lobo, la siguió con la furia ardiendo en sus venas. Su rabia se intensificaba al verla huir, al sentir que Brandon había estado demasiado cerca de ella. El alfa estaba al borde de perderse por completo en el instinto.
De pronto, Natalia se detuvo. El dolor en su pecho fue tan fuerte que sus piernas cedieron, y cayó desmayada en medio de la calle. Raimund se frenó de golpe, su lobo rugiendo con desesperación. En ese instante, la transformación retrocedió, y volvió a su forma humana, jadeando, con los ojos aún brillando de plata.
—¡Natalia! —susurró, corriendo hacia ella.
La levantó con cuidado, cargándola en sus brazos como si fuera lo más frágil del mundo. La llevó adentro de la casa, la acostó en su cama y, por primera vez, permitió que la ternura venciera al orgullo. Su mano acarició suavemente el rostro de ella, y el lobo dentro de él se calmó al sentir el contacto.
—Eres mía… —murmuró, con voz quebrada, aunque aún luchaba contra la verdad que no quería aceptar.
En ese momento, Marcus, su beta y amigo más cercano, apareció en la puerta. Su mirada era seria, consciente del peligro de aquella situación.
—Raimund… —dijo con firmeza—. Es hora de salir. No puedes quedarte aquí.
El alfa lo miró con los ojos encendidos, dividido entre el instinto que lo ataba a Natalia y la razón que Marcus intentaba imponer. La batalla apenas comenzaba, y el destino no iba a esperar.