Natalia despertó con un dolor extraño en el pecho, como si algo invisible la estuviera atando. Apenas recordaba lo ocurrido la noche anterior: correr, el desmayo, unos brazos fuertes que la levantaban… y una voz que susurraba su nombre.
Confundida, decidió buscar respuestas. Pasó la mañana revisando libros antiguos en la biblioteca y páginas en su computadora. Entre mitos y leyendas, encontró referencias a la diosa luna y a los vínculos entre humanos y alfas. Cada palabra parecía escrita para ella.
—¿Será esto lo que me está pasando? —murmuró, con el corazón acelerado.
Mientras tanto, Raimund discutía con Marcus en el bosque. El beta lo enfrentaba con firmeza, consciente de que el alfa estaba al borde de perder el control.
—No puedes seguir negándolo, Raimund. La manada ya siente tu inestabilidad. Si no aceptas a tu mate, tu lobo terminará destruyéndote.
Raimund apretó los puños, su mirada encendida.
—No aceptaré a una humana. ¡Jamás!
Marcus lo observó en silencio, pero sus palabras fueron más duras que nunca:
—Entonces prepárate para perderlo todo. Porque la luna no se equivoca, y tu destino ya está marcado.
En ese instante, Raimund sintió el vínculo arder con más fuerza. Natalia, a kilómetros de distancia, estaba pensando en él, buscándolo en las páginas de la historia. El lazo los unía, aunque ambos intentaban resistirse.
La luna brillaba sobre la ciudad, como si quisiera recordarles que el destino no se puede escapa