Natalia aún estaba confundida por lo ocurrido, pero la visita inesperada de Elena, su amiga más cercana, le devolvió un poco de calma. Elena entró con una sonrisa radiante y la abrazó con fuerza.
—¡Vamos, Nata! —dijo con entusiasmo—. Necesitas distraerte, conocer cosas nuevas. Quiero llevarte a un pueblo que está a menos de una hora de aquí. Se llama Valle Sereno.
Natalia arqueó una ceja, sorprendida.
—¿Un pueblo? ¿Y qué hay allí?
—Un lago hermoso donde podemos acampar. Es mágico, te lo prometo. Además, el lugar recibe visitantes todo el tiempo, y siempre hay historias que contar.
El plan sonaba tentador, y Natalia, aunque dudaba, aceptó. Quizás un cambio de aire le ayudaría a entender lo que estaba sintiendo.
Al llegar a Valle Sereno, un hombre mayor se acercó a ellas. Su voz era grave, pero amable.
—Bienvenidas a Valle Sereno —dijo, señalando el lago que brillaba bajo la luz de la luna—. Pueden disfrutar del lugar, pero les recomiendo no pasar los límites. Más allá es propiedad privada, y no todos los visitantes regresan si se aventuran demasiado.
Natalia sintió un escalofrío recorrerle la espalda. El lago era hermoso, pero había algo en esas palabras que la inquietaba. Elena, en cambio, sonrió con emoción, lista para la aventura.
La luna reflejaba su luz sobre el agua, y Natalia no podía evitar pensar que, de alguna manera, todo estaba conectado con el vínculo que la atormentaba.