Raimund viajaba junto a Marcus en su auto rumbo a la empresa. La noche estaba tranquila, pero de pronto, un estremecimiento recorrió su cuerpo. El vínculo ardió con fuerza, y su lobo gruñó por primera vez con un sonido tan profundo que Marcus lo miró alarmado.
—¿Qué ocurre? —preguntó el beta, apretando el volante.
—Detén el auto —ordenó Raimund con voz grave.
Marcus frenó de inmediato. Raimund cerró los ojos y respiró hondo: podía sentirla. Natalia estaba cerca, su presencia lo llamaba como un imán imposible de ignorar. El lobo rugía dentro de él, reclamando lo que le pertenecía.
Natalia, mientras tanto, había cambiado de ropa y se dirigía al lago de Valle Sereno. El aire fresco la envolvía, y aunque intentaba convencerse de que era solo un paseo, su corazón latía con fuerza inexplicable.
De pronto, lo vio. Un hombre grande, de cuerpo atlético, se acercaba desde la orilla. Sus ojos grises brillaban bajo la luz de la luna, llamándola con una intensidad que la paralizó. Era Raimund, y por primera vez no permitió que nadie se acercara a ella.
El alfa se plantó frente a Natalia, su presencia imponente, su mirada fija en la mujer que había intentado rechazar. El lobo dentro de él rugía, y Raimund comprendió que ya no podía escapar: la luna lo había guiado hasta su mate.
Marcus, desde la distancia, observaba con preocupación. Sabía que aquel momento marcaría un antes y un después, y que el destino estaba comenzando a cumplirse.